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Matrimonio: la batalla por las palabras

Daniel Valles.- La civilización moderna tiene una curiosa habilidad para desmontar instituciones que tardaron siglos en construirse, mientras celebra el proceso como si fuera una conquista del progreso. Eso sucede hoy con el matrimonio.

La discusión suele presentarse como un asunto de derechos, inclusión y reconocimiento legal. Sin embargo, debajo de ese debate existe una cuestión mucho más profunda: ¿el matrimonio es una institución histórica con un significado propio o simplemente un concepto que cada generación puede redefinir según sus preferencias?

Durante miles de años, el matrimonio fue mucho más que una relación afectiva. Surgió como una institución civilizatoria diseñada para organizar una realidad elemental: la unión entre hombre y mujer, la crianza de los hijos, la transmisión del patrimonio y la continuidad de la sociedad. No nació en los congresos modernos ni en los tribunales; existía mucho antes que ellos.

Por eso resulta interesante observar cómo ha cambiado nuestra manera de entenderlo.

Durante siglos, el matrimonio fue considerado un compromiso que daba origen al amor maduro. Hoy suele afirmarse lo contrario: que el amor produce el compromiso. La diferencia parece pequeña, pero no lo es. Cuando la emoción se convierte en el fundamento principal de una relación, la permanencia queda subordinada a los sentimientos del momento. Cuando el compromiso ocupa el primer lugar, las personas construyen sobre algo más sólido que las emociones cambiantes.

El propio término latino matrimonium estaba relacionado con la maternidad y con la posibilidad de la procreación. Evidentemente, no todos los matrimonios tienen hijos, pero la institución nació alrededor de esa potencialidad biológica y social. Su diseño original no respondía únicamente a la felicidad de los adultos, sino también a la protección de las generaciones futuras.

Sin embargo, desde hace varias décadas Occidente vive una transformación cultural que cuestiona esas bases.

La sexualidad se separó del matrimonio. Después se separó de la reproducción. Más tarde aparecieron debates sobre género e identidad desligados de la biología. El resultado es una discusión mucho más amplia que la mera definición legal de una institución. Lo que está en juego es la idea misma de naturaleza humana.

Porque si no existen principios permanentes, todo puede redefinirse: la familia, la maternidad, la paternidad. la sexualidad, incluso el significado de palabras que durante siglos parecían claras.

Ahora bien, también es importante distinguir dos debates que con frecuencia se mezclan. Una cosa es el matrimonio como institución histórica y antropológica, que se rige por un contrato civil que demanda que una de las personas que lo celebran posea una matriz, para propagar la especie. Y otra muy distinta es la necesidad legítima de que personas homosexuales cuenten con protección jurídica, patrimonial, médica y sucesoria.

Esas garantías pertenecen al ámbito de los derechos civiles y corresponden al Estado. Negarlo sería desconocer una realidad social que existe y que requiere soluciones legales.

El problema aparece cuando la discusión deja de centrarse en derechos y se convierte en una disputa por el significado de las palabras. Por lo que, de nueva cuenta, propongo que no se llame, “Matrimonio Igualitario”, sino simplemente, “Matrihomonio”. Al contrato civil que celebren dos personas del mismo sexo, porque buena parte del conflicto actual no es jurídico: es cultural.

Los grupos religiosos suelen olvidar que el Estado tiene la facultad de redefinir instituciones civiles. Pero también muchos activistas olvidan que una modificación legal no cambia automáticamente las convicciones filosóficas, religiosas o antropológicas de millones de personas.

Por eso el choque persiste y persistirá.

Debajo de las manifestaciones, los discursos y las votaciones existen dos visiones completamente distintas sobre qué es el ser humano, qué es la familia y qué papel debe desempeñar el Estado en la transformación de instituciones históricas. Quizá por eso la discusión nunca termina de resolverse.

No estamos hablando únicamente de contratos. Estamos hablando de símbolos, de lenguaje, de cultura. Y de la capacidad de una sociedad para conservar aquello que considera valioso.

Porque cambiar una definición legal puede tomar una sesión legislativa. Construir una institución capaz de sostener una civilización tomó siglos. Y eso es, El Meollo del Asunto.

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