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Los errores

Dr. Fernando A. Herrera M.- Dicen los que caminan por los pasillos del poder que el silencio que se vive en Palenque no es de paz, sino de un profundo nerviosismo y aislamiento. La música de las mañaneras se apagó y en su lugar quedó el eco de las preocupaciones.

El hombre que alguna vez movió a las masas hoy se encuentra, según cuentan las lenguas bien informadas, sumido en una profunda crisis de miedo que le provoca una depresión terrible. El retiro dorado se convirtió en una jaula donde espera el rumbo que podría tomar su vida, atento al sonido del teléfono que podría comunicarle malas noticias desde el norte.

¿Cómo llegó el mesías a este punto de quiebre? No fue por culpa de la oposición ni de los medios, sino el resultado de tres errores monumentales que lo tienen esperando, con el alma en un hilo, un potencial zarpazo de la justicia de los Estados Unidos.

La manzana: los hijos

El primer error, y quizás el más doloroso por la sangre que conlleva, fue la soberbia de permitir que sus hijos procrearan una red de complicidades y negocios al amparo del poder. El dinero fácil de los contratos asignados a los amigos de “el Clan”, los lujos inexplicables y el tráfico de influencias dejaron una huella imborrable en los expedientes de las agencias de inteligencia norteamericanas.

Al abrirles la puerta del presupuesto público, el líder dinamitó su discurso de austeridad franciscana y firmó el acta de entrada para que la justicia vecina comenzara a cercar a su círculo más íntimo. Pensó que el manto presidencial los protegería para siempre, pero en Washington tienen paciencia y, ahora que ya no es el presidente, los nombres de su descendencia están bajo la lupa.

El reparto de aduanas

El segundo error es un pecado mortal: dejarle manos libres a Mario Delgado, expresidente de Morena, para usar dinero de la venta de las aduanas y de los grupos del crimen organizado para financiar campañas, a sabiendas de que esos grupos de interés habían sido declarados terroristas por usar armas de destrucción masiva como el fentanilo; allá dejó de ser política y se convirtió en una crisis de seguridad nacional con medio millón de muertos por sobredosis.

Ahora que un par de colaboradores de uno de sus grandes operadores de esta alianza maligna, como lo es Rocha Moya, cruzaron la frontera —uno de ellos haciendo acuerdos en Irlanda para entregarse y develar secretos ante el FBI—, el expresidente sabe que su nombre está escrito en los testimonios. Sabía el riesgo y prefirió pensar que era intocable.

La ley RICO

El tercer error, el definitivo, fue creer que el dinero y los apoyos de Cuba, Venezuela y Nicaragua eran solo acuerdos ideológicos. Esos lazos fraternos con los enemigos de EU, aunados a la protección de su política de “abrazos no balazos” y el trasiego del huachicol fiscal desde ese país, fueron como hacer trampa sacando cartas de la manga en pleno juego.

En el tablero político de Washington, cuando mezclas el apoyo al terrorismo —así declarado por el tráfico de fentanilo—, migas con regímenes enemigos y corrupción fronteras adentro, entras directo al terreno de la ley RICO (Racketeer Influenced and Corrupt Organizations Act).

Con esa ley no se necesita demostrar que él cargó las maletas de dinero; basta con probar que bajo su mando se toleraron esas acciones criminales. Los testimonios más recientes de capos de alto perfil, expulsados de México violentando la ley y hoy procesados en las cortes de Nueva York, son las cartas que terminarán el juego.

Aquella mística del mesías que presumía de “honestidad valiente” no basta para calmar los ánimos caídos y la decepción social por la inseguridad, la desaparición de personas y la corrupción que ya es del conocimiento público. La historia no perdona: los presidentes en Latinoamérica se vuelven ciudadanos comunes al entregar la banda y las agencias policiacas del norte, repito, tienen toda la paciencia del mundo.

El expresidente juega sus últimas cartas rezando o pidiendo a la presidenta que interceda para que no vengan por él, por sus hijos y por muchos otros. Pero la historia —y sobre todo la geopolítica de Washington— no se conmueve con plegarias ni con pactos de impunidad caseros. Cuando las agencias del norte ponen la mira, el tiempo deja de ser un aliado para convertirse en un verdugo silencioso.

Al final, el retiro en Palenque no será recordado como el santuario de una transformación, sino como la fortaleza de la incertidumbre; el lugar donde el hombre que lo tuvo todo descubrió que la soberbia es el peor de los consejeros cuando se gobierna. La moneda está en el aire y el teléfono sigue sin sonar.

Al buen entendedor, pocas palabras.

La trampa del cinismo: Por qué México sí tiene remedio

La última publicación de la periodista Anabel Hernández, basada en las confesiones de Sergio Villarreal Barragán, “El Grande”, nos deja frente a un panorama desolador. Al recorrer sus páginas y ver la interminable pasarela de funcionarios, militares y políticos que se arrastraron a los pies de la delincuencia organizada, resuena la conclusión del capo: no hay remedio, todos son iguales.

Quienes observan la terca realidad nacional podrían darle la razón. La historia reciente parece confirmar su cinismo. La caída de Arturo Beltrán Leyva no fue un triunfo de la justicia, sino la administración de una traición interna: el Estado no eligió la ley, eligió un bando. Si eso es lo único que existe —el intercambio de favores entre facciones—, el escepticismo está justificado.

Y, sin embargo, la conclusión de “El Grande” padece de una ceguera particular: la falta de perspectiva histórica. Es la mirada de quien opera en el fango inmediato del poder y confunde una noche oscura con un destino permanente. Ni la historia de México desde la Independencia, ni su accidentado devenir posrevolucionario, autorizan el nihilismo de que un país está condenado para siempre.

Para entender lo que de verdad nos ocurre vale la pena acudir a un hombre que vio de cerca el colapso moral de una de las sociedades más cultas de la Tierra. Desde su encierro, al inicio del régimen nazi, el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer reflexionó sobre lo que más lo perturbaba: la sumisión de millones de personas preparadas y de buena voluntad que aplaudían la barbarie mientras el poder extremo se apoderaba de la sociedad alemana.

Bonhoeffer lo llamó “teoría de la estupidez”: no es un defecto de inteligencia, sino un fallo moral. El ascenso de un poder avasallador privaba a los individuos de su independencia interna; no es que de pronto se volvieran ignorantes, sino que abdicaban de su juicio crítico a cambio de recuperar el orden, la certeza, el sentimiento de pertenencia o, simplemente, por miedo. Dejaron de razonar, repetían consignas del régimen y se volvieron incapaces de registrar el mal que veían hacer y dejaban pasar.

La comparación tiene un límite que conviene reconocer: Bonhoeffer describía la sumisión de una sociedad a un Estado totalitario que controlaba todo. En México no es el Estado el que somete a la sociedad de esa manera, sino una red de programas sociales que distribuyen dinero sin intermediarios. Al inscribirse, las familias reciben cantidades mensuales sin supervisión ni controles.

Es un sistema pensado para que la sociedad voltee los ojos a otro lado, para que deje hacer y deje pasar. Mientras tanto, las complicidades entre autoridades y crimen organizado ya no se limitan al acuerdo tácito: ahora trabajan juntos para ganar elecciones, a cambio de que nadie los moleste al delinquir y comparten las ganancias con esos gobiernos.

El dinero actúa como una droga que erosiona, poco a poco, la voluntad social. El mecanismo moral —la renuncia cómoda al juicio propio— es el mismo, aunque el objeto de sumisión sea distinto. Eso, y no una maldad genética del mexicano, es lo que “El Grande” confundió con destino.

Los sistemas basados en la complicidad y la sumisión voluntaria tienen fecha de caducidad. No porque exista una ley de la historia que garantice el final feliz —no la hay—: ahí están Haití, Nicaragua, Cuba y Venezuela, que llevan décadas sin encontrar salida.

Tienen fecha de caducidad porque ningún arreglo sostenido en la dádiva para ocultar la traición a la sociedad resiste indefinidamente el peso de sus propias fracturas internas y su creciente inviabilidad económica. Alemania y Japón tocaron fondo por derrotas militares y ocupaciones que impusieron desde fuera una reconstrucción institucional; la URSS colapsó por agotamiento económico interno. Los caminos de salida fueron distintos entre sí, y México tendrá que encontrar el suyo propio: no hay atajo garantizado, pero tampoco hay condena eterna.

México sí tiene remedio, aunque no venga de la política electoral inmediata ni de la aparición de un redentor. Bonhoeffer sostenía que a la estupidez colectiva no se le vence con más argumentos, sino con la liberación interior del individuo: alguien que decide, uno por uno, dejar de repetir consignas y volver a pensar por sí mismo. Ahí empieza —lento, disperso, sin garantías— cualquier salida real.

El cambio profundo toma tiempo y suele estar precedido por las horas más amargas; eso sí parece repetirse en la historia, aunque no como ley, sino como advertencia.

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Dr. Fernando A Herrera. Periodista y politólogo, es Doctor en Administración por la UACH. Presidente del IEE Chihuahua (2006-2015); presidente de Instituciones Electorales de las entidades federativas en México (2014). Es autor de la trilogía “Secretos” filosofía para la vida cotidiana. Presidente y director general de chihuahuaexpres.com.mx

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