Soc. Omar Jesús Gómez Graterol.- Dentro de las múltiples maravillas que ofrece el suelo chihuahuense existe un recurso que, por su belleza y rareza, pareciera sacado de fantasías, mitos o tomado de la Divinidad. Se trata de curiosas formaciones pétreas esculpidas íntegramente por el medio ambiente, en regiones áridas y desérticas, mediante la evaporación del agua. Esta particular combinación de cristales minerales, compuesta generalmente de yeso o barita, y también de granos de arena, es bastante codiciada por coleccionistas de piezas geológicas, profesionales de la decoración y amantes del arte natural.
Quienes han tenido la fortuna de observarlas indican que su constitución es similar a una rosa y de allí su denominación. De hecho, este producto se encuentra registrado como artesanía bajo la marca Xocharen, vocablo que significa precisamente “Rosa del Desierto”, lo que le otorga identidad, acervo cultural y reconocimiento como un símbolo auténtico de Samalayuca y del municipio de Juárez. Asimismo, posicionándola como uno de los objetos no fabricados industrialmente más emblemáticos del norte de México.
Individualmente o agrupadas dan la impresión de ser talladas por afamados escultores de todos los tiempos, debido al refinamiento y exquisitez de sus contornos. Por lo tanto, al contemplarlas en conjunto, generan la sensación de estar en presencia de una galería con exposiciones artísticas o frente a un jardín silvestre resguardado por una discreta capa de polvo.
De acuerdo a los proveedores minoristas, Martín Casimiro Rodríguez Cueto y Yazmín De la Torre Camacho, al ser obras forjadas por la propia naturaleza en el transcurso de miles de años, cada unidad es excepcional y no puede ser modificada o moldeada artificialmente. Su valor reside esencialmente en su diseño original intacto. En la actualidad, estas flores se logran obtener a diferentes precios, en variados volúmenes, dimensiones y peso; por internet, en ferias, pequeños establecimientos, además de casas especializadas en su venta.
Dicho elemento fue encontrado por casualidad, durante la década de los 30 del pasado siglo XX, a seis metros de profundidad en el subsuelo, específicamente en un ejido conocido por el nombre de “El Vergel”, en el sector samalayuquense. En efecto, en esta localidad caracterizada por la abundancia de los médanos, mientras destacados líderes comunitarios (los señores Leonardo Aguirre Almanza y Anastasio Gil) y otros vecinos buscaban yacimientos acuíferos, para abastecer del vital líquido al ya mencionado asentamiento humano, se toparon con este descubrimiento. Desde entonces, este material ha contribuido a dinamizar la economía de los pobladores de esa zona permitiendo su aprovechamiento de manera artesanal.
A la fecha, no es inusual la reticencia de innumerables personas (aun oriundos de Chihuahua) al ser informadas acerca del mítico ornamento. No obstante, su incredulidad es interrumpida en el instante cuando se percatan de que son testigos de una creación providencial, única e irrepetible, muy apreciada como artículo de adorno para el hogar u oficina (entre otros), o como recuerdo representativo de este estado mexicano.
Este bien continuará repercutiendo positivamente en su comunidad si la extracción, producción y comercialización del mismo se hace de modo racional, con moderación y en armonía con el entorno. Es decir, respetando el regalo de Dios, patrimonio y tradición de los lugareños.

