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La prevención que abandonamos como sociedad

Lic. Héctor Ramón Molinar Apodaca (Facilitador Privado).- México atraviesa una crisis profunda que no puede seguir analizándose únicamente desde la óptica policiaca, militar o política. El crecimiento del crimen organizado no surgió de la nada ni apareció de un día para otro. Avanzó lentamente frente a nuestros ojos, mientras como sociedad aprendimos a normalizar lo que antes nos indignaba.

Todos sabemos lo que ocurre. Sabemos dónde se vende droga. Sabemos cómo se recluta a jóvenes y menores de edad. Sabemos que el alcohol y las sustancias tóxicas destruyen hogares completos. Sabemos que muchos adolescentes crecen admirando figuras criminales convertidas en falsos símbolos de éxito, poder y riqueza. Y, aun así, hacemos muy poco para detenerlo.

La verdadera lucha debe comenzar mucho antes de que aparezcan las patrullas, las cárceles o los funerales. La solución auténtica está en la prevención, y la prevención inicia en la niñez.

Es indispensable educar a nuestros hijos desde temprana edad sobre el enorme peligro del consumo de bebidas alcohólicas y todo tipo de drogas. No basta con campañas temporales ni discursos oficiales. Se requiere una política nacional seria, permanente y coordinada entre los tres niveles de gobierno. Una estrategia auténtica de protección de la infancia y la juventud.

No se trata solamente de prohibir. Se trata de formar conciencia. La escuela, la familia, los medios de comunicación, las iglesias, las universidades y la comunidad entera deben asumir su responsabilidad. Durante años se dejó crecer una cultura donde consumir alcohol o drogas comenzó a verse como algo “normal”, “divertido” o incluso “admirable”. El entretenimiento también tiene responsabilidad social.

Hoy vemos series, películas, música y programas que presentan al narcotráfico, la violencia, el exceso y las adicciones como formas aceptables de vida. Se glorifica al criminal, se ridiculiza al hombre honesto y se presenta la ilegalidad como camino rápido al reconocimiento social. El daño cultural que eso provoca es enorme.

La libertad artística y de expresión debe existir, pero también debemos reflexionar seriamente sobre el impacto psicológico y moral que ciertos contenidos generan en niñas, niños y adolescentes que todavía están formando su personalidad y sus valores.

Por ello, resulta indispensable recuperar principios fundamentales que durante décadas fueron debilitándose: la educación moral, el respeto a la familia, el valor de la honestidad, la responsabilidad social y también la dimensión espiritual del ser humano.

Hablar de valores religiosos no significa imponer creencias. Significa reconocer que la humanidad necesita principios éticos que le den sentido a la vida, límites al egoísmo y fortaleza interior frente a la destrucción. Cuando una sociedad pierde totalmente el sentido del bien y del mal, termina justificando cualquier conducta.

También hemos abandonado el civismo. Las nuevas generaciones crecieron alejadas del amor a la patria, del respeto a los símbolos nacionales y de la idea de pertenecer a una comunidad que merece ser protegida. El individualismo extremo nos está costando demasiado caro.

A ello se suma el deterioro de la política nacional. La ciudadanía observa diariamente confrontaciones, mentiras, corrupción, simulación y oportunismo. Muchos actores políticos han contribuido al desencanto social mediante discursos vacíos, farsas ideológicas y conductas que dañan profundamente la imagen pública de las instituciones. Cuando los jóvenes dejan de creer en sus autoridades, buscan referentes en otros espacios, incluso en los más peligrosos.

La violencia que hoy vivimos no nació únicamente de las armas. Nació también del abandono moral, educativo, familiar y social.

Todavía estamos a tiempo de reaccionar, pero debemos hacerlo unidos. No basta señalar culpables ni esperar que el gobierno resuelva todo. La reconstrucción de México requiere participación ciudadana, educación firme, familias presentes, autoridades honestas y una sociedad que vuelva a comprender que la libertad también implica responsabilidad.

Si no prevenimos hoy, mañana seguiremos lamentando lo que pudimos evitar.

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