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La Madre Marcela (Capítulo I): Una vida entregada al amor y al servicio

Capítulo I. La niña que aprendió a leer entre agradecimientos

Marcos Barraza Urquidi.- En el corazón de Guadalajara, a unos pasos de la iglesia de La Merced, había una pequeña capilla donde una niña acostumbraba pasar las tardes en compañía del Niño Jesús de Praga.

Su padre la llevaba hasta allí, mientras él asistía a la bendición del Santísimo Sacramento. La niña permanecía sentada, rodeada de pequeños testimonios de gratitud: exvotos de mármol con letras doradas que cubrían buena parte de las paredes.

Aquellos mensajes, escritos por personas que agradecían favores recibidos, despertaron su curiosidad. Poco a poco, juntando las letras, comenzó a descubrir las palabras. Así aprendió a leer.

No fue entre las páginas de un libro escolar donde quedó grabado aquel recuerdo tan importante de su infancia, sino entre expresiones de agradecimiento, peticiones atendidas y testimonios de fe.

Muchos años después, la madre Marcela recordaría aquella capilla como uno de los lugares más significativos de su vida. No solamente porque allí aprendió a leer, sino porque nació en ella una devoción que la acompañaría siempre.

Pero su historia había comenzado algunos años antes.

Una familia en Guadalajara

Marcela nació el 21 de agosto de 1934, en la calle Cruz Verde número 17, en Guadalajara, Jalisco.

Sus padres fueron Celso Reynoso Alonso y Agripina López. Ambos habían enviudado antes de formar aquella familia.

Su madre no había tenido hijos en su matrimonio anterior, mientras que su padre tenía tres: Jesús, María y José.

Marcela fue la menor de las hijas de aquella unión. Su hermana mayor, Guadalupe Reynoso, a quien llamaban cariñosamente Lupe, le llevaba aproximadamente doce años. También estaba su hermana Estela y, entre los nacimientos de la familia, el recuerdo de dos pequeños, un niño y una niña, que murieron a temprana edad.

La diferencia de edades entre las hermanas dio a Lupe un lugar muy particular en la vida de Marcela.

Con la ternura y la espontaneidad de los recuerdos infantiles, llegó a considerarla su mamá chiquita.

Su madre tenía aproximadamente cuarenta y cinco años cuando Marcela nació, mientras que su padre era considerablemente mayor, quizá de sesenta y cinco o setenta años, según ella misma recordaba.

Eran tiempos en los que la vida familiar y religiosa se encontraban profundamente entrelazadas, especialmente en hogares como el suyo.

El ejemplo de su padre

Celso Reynoso Alonso había trabajado en asuntos jurídicos, ejerciendo funciones de abogado, aunque sin contar con el título profesional.

También había vivido de cerca los conflictos de su época. Marcela recordaba que estuvo involucrado en la Revolución y creía que había tenido alguna relación con los cristeros, aunque no conservaba certeza sobre las circunstancias.

Lo que sí permanecía perfectamente definido en su memoria era la fe de aquel hombre. Su padre era profundamente católico.

Cada mañana asistía a misa a las cinco y, por las noches, acudía a la bendición del Santísimo. La práctica religiosa no era para él una costumbre ocasional, sino una parte esencial de su existencia.

Y esa fe, expresada en actos cotidianos, fue también una de las primeras enseñanzas que recibió su hija.

Cuando la familia se trasladó a vivir cerca del centro de Guadalajara, a una cuadra de la Catedral, Celso comenzó a llevar a la pequeña Marcela a la capilla del Niño Jesús de Praga, junto a la iglesia de La Merced.

Mientras él asistía a la celebración religiosa, su hija permanecía en aquella pequeña capilla.

Había allí una vitrina con juguetes ofrecidos al Niño Jesús. Para una niña de corta edad, aquellos objetos constituían una fascinación natural. No podía tomarlos, por supuesto, pero sí contemplarlos.

Los juguetes atraían su mirada; las inscripciones de los exvotos, su curiosidad.

Así, entre las cosas propias de la infancia y los testimonios de fe de los adultos, fue descubriendo el mundo de las palabras. Aquella experiencia la acompañaría durante toda su vida.

Una devoción que permaneció

Al recordar su infancia, la madre Marcela todavía podía describir con precisión aquella capilla, sus paredes cubiertas de exvotos y la vitrina donde se encontraban los juguetes.

Recordaba también las palabras que iba descifrando: “Gracias porque me salvaste la vida”.

Eran expresiones sencillas, escritas por personas cuyos nombres desconocía, pero cuyas experiencias habían quedado allí como testimonios de gratitud.

Con el paso de los años, aquella devoción al Niño Jesús de Praga se convirtió en parte inseparable de su vida espiritual. Y no quedó solamente en su memoria personal.

La devoción encontró también un lugar en la congregación y en el albergue donde desarrollaría su labor. La imagen del Niño Jesús permaneció vinculada a aquella obra y a las personas que formaron parte de ella.

En su conversación con Marcos, la madre Marcela recordaba con particular cariño aquellos primeros años y no perdía oportunidad de introducir una broma.

Cuando le preguntó si recordaba al Niño Jesús de Praga, le advirtió, entre risas, que si respondía que no le jalaría las orejas.

Era una muestra de la personalidad que permanecía viva detrás de tantos años de experiencia: una mujer de convicciones profundas, pero también cercana, espontánea y afectuosa.

Las primeras semillas de una vocación

Cuando hablaba de su vocación, la madre Marcela no la describía como una revelación repentina.

Por el contrario, consideraba que las circunstancias de la vida y las influencias recibidas iban formando lentamente el espíritu de una persona.

Su padre había sembrado en ella una profunda devoción religiosa. Las oraciones compartidas durante las noches, las visitas a la iglesia y aquella pequeña capilla donde aprendió a leer fueron parte de su formación.

Años después, al mirar hacia atrás, Marcela encontraría en esos recuerdos una continuidad entre la niña que había sido y la mujer en que se convirtió.

No era posible adivinar entonces el camino que habría de recorrer ni las vidas con las que llegaría a encontrarse.

Pero aquella niña de Guadalajara había aprendido algo que conservaría siempre: a reconocer el valor del agradecimiento.

Y quizá no exista una imagen más apropiada para comenzar la historia de una mujer cuya vida terminaría siendo motivo de gratitud para tantas otras personas.

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