Dr. Omar Bazán Flores.- Cuando hablamos de inteligencia artificial solemos imaginar programadores, científicos de datos, robots y sistemas capaces de realizar tareas que hasta hace poco parecían exclusivas de las personas. Sin embargo, detrás de esta transformación tecnológica existe una realidad material que frecuentemente pasamos por alto: la inteligencia artificial también necesita edificios, energía, sistemas de enfriamiento, redes eléctricas, mantenimiento e infraestructura construida por manos humanas.
Jensen Huang, fundador y director ejecutivo de Nvidia, una de las empresas más importantes en el desarrollo de procesadores para inteligencia artificial, ha señalado que el crecimiento de esta tecnología generará una enorme demanda de electricistas, albañiles, plomeros, soldadores, técnicos en refrigeración y otros trabajadores especializados.
Su reflexión rompe con la idea de que el futuro laboral pertenecerá solamente a quienes estudien programación, ciencia de datos o carreras universitarias relacionadas con la tecnología.
Los centros de datos que permiten operar los sistemas de inteligencia artificial requieren instalaciones eléctricas de gran capacidad, estructuras especiales, redes hidráulicas, sistemas de ventilación y enfriamiento, equipos de seguridad y mantenimiento permanente. Lo mismo ocurre con las fábricas de semiconductores y las nuevas plantas automatizadas. Nada de eso puede construirse exclusivamente con algoritmos.
La inteligencia artificial podrá diseñar, calcular, anticipar fallas y optimizar procesos, pero continuará necesitando personas capacitadas para instalar, reparar, supervisar y operar la infraestructura física que sostiene al mundo digital.
Huang considera que la demanda creciente y la escasez de personal especializado podrían llevar a que algunos de estos trabajadores alcancen salarios de seis cifras en Estados Unidos. Esto no significa que todos los albañiles o electricistas recibirán automáticamente esas remuneraciones, pero sí revela una tendencia que debemos observar: los oficios técnicos adquirirán un nuevo valor estratégico en la economía mundial.
Esta transformación representa una gran oportunidad para México. Nuestro país cuenta con una población joven, experiencia industrial y una ubicación privilegiada frente al proceso de relocalización de empresas. Sin embargo, para aprovechar esas condiciones necesitamos fortalecer la educación técnica y vincularla con las nuevas necesidades productivas.
Ya no basta con enseñar un oficio como se hacía hace veinte años. El electricista del futuro deberá comprender sistemas automatizados, eficiencia energética, sensores y mantenimiento inteligente. El técnico en refrigeración tendrá que conocer los requerimientos de los centros de datos. El especialista en construcción trabajará con nuevos materiales, herramientas digitales y sistemas sustentables. El soldador convivirá con robots colaborativos y procesos de manufactura avanzada.
Los oficios no desaparecerán: evolucionarán.
El desafío consiste en formar jóvenes que sepan utilizar herramientas digitales, pero que también dominen las habilidades prácticas requeridas por la industria. Personas capaces de programar una máquina y, al mismo tiempo, comprender su funcionamiento físico; técnicos que puedan interpretar la información generada por la inteligencia artificial y convertirla en decisiones concretas dentro de un taller, una fábrica, una mina o una obra.
La educación técnica no debe considerarse una alternativa de menor importancia frente a la universidad. Es una vía directa hacia el empleo, la movilidad social, el emprendimiento y la innovación. En las economías industrializadas, los técnicos especializados son fundamentales para el crecimiento y reciben remuneraciones acordes con su preparación y responsabilidad.
México debe avanzar en esa misma dirección: dignificar los oficios, ampliar las certificaciones y reconocer el conocimiento práctico como una forma esencial de inteligencia.
También debemos transformar la percepción de las familias. Durante años se promovió la idea de que el éxito solamente podía alcanzarse mediante determinadas profesiones universitarias. Hoy, un joven especializado en automatización, electricidad industrial, mantenimiento de centros de datos, semiconductores o sistemas de refrigeración puede construir una trayectoria laboral altamente competitiva.
Para conseguirlo será necesaria una coordinación efectiva entre instituciones educativas, empresas y gobiernos. Las carreras técnicas deberán actualizarse permanentemente, incorporar nuevas tecnologías y responder a las vocaciones económicas de cada región.
La revolución tecnológica no elimina el valor del trabajo humano. Lo transforma y exige nuevas capacidades.
Por eso debemos preparar a las nuevas generaciones, no solamente para utilizar la inteligencia artificial, sino también para construir, mantener y mejorar el mundo físico que hace posible su funcionamiento.
El futuro no será únicamente de quienes desarrollen algoritmos. También pertenecerá a quienes sepan levantar la infraestructura, conectar los sistemas y mantener la tecnología en operación.
La inteligencia artificial necesita talento digital, pero también manos capacitadas. En esa combinación entre conocimiento, técnica y trabajo humano se encuentra una de las mayores oportunidades para el desarrollo económico y social de México.

