Rafael Espino.- Con continuas declaraciones contradictorias del presidente Donald J. Trump en las últimas semanas, relativas a la duración del conflicto bélico con Irán, lo cierto es que, al interior de los Estados Unidos, incluido el partido Republicano, cada vez se generaliza más el temor de que las hostilidades se alarguen y como consecuencia se desencadene una crisis energética de proporciones históricas.
Mojlaba Jamenei, nuevo líder supremo de Irán, consciente de la superioridad militar y tecnológica de sus enemigos, no lucha de frente ni con armas convencionales, sino que ataca la economía global, estrangulando las rutas del petróleo, bloqueando el estrecho de Ormuz, sobre el que Irán ha sostenido históricamente que tiene derecho a restringir el tránsito naval, en respuesta a amenazas a su seguridad nacional.
El pasado 12 de marzo, reivindicando ese derecho, atacó dos petroleros atracados en el puerto iraquí de Basora y un buque de contenedores de los Emiratos Árabes Unidos. Por el estrecho de Ormuz transita normalmente el 20% del petróleo mundial, lo equivalente a 17 millones de barriles diarios.
Como efecto inmediato del bloqueo, el precio de la gasolina escaló casi un 29% en una semana en el mercado estadounidense. Para el 15 de marzo los futuros del Brent y del WTI se dispararon más del 40%, alcanzando su nivel más alto desde 2022. A tal grado que, ante el temor de una inminente afectación electoral en el próximo noviembre por los efectos inflacionarios consecuentes, el presidente Trump, con la intención de bajar el precio, levantó temporalmente las sanciones anteriormente impuestas a la compra de petróleo ruso por la guerra de Ucrania.
Esta medida provocó la condena unánime de sus aliados europeos, ya que representa paradójicamente oxígeno puro para el presidente Putin en la guerra con Ucrania, del orden de 10,000 millones de dólares mensuales.
El citado bloqueo también obligó a los países miembros de la Agencia Internacional de Energía (AIE), a liberar reservas por 400 millones de barriles, lo que sin embargo no impidió que el precio del crudo superara los 100 dólares por barril.
Según estimaciones de la propia AIE, el suministro mundial de crudo podría haber caído hasta en 8 millones de barriles diarios en este marzo, ya que, por las interrupciones y riesgos del transporte marítimo, los países productores de petróleo de Oriente Medio ya recortaron su producción en al menos 10 millones de barriles diarios.
Para atenuar el efecto inflacionario generalizado que provocará el aumento en los combustibles fósiles, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público implementó en forma emergente, el estímulo fiscal consistente en la reducción del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) al diésel y, en alianza con los distribuidores, determinó fijar un tope máximo al precio de la gasolina magna en $24 pesos por litro, sugiriendo de ser necesario también, aplicar el estímulo fiscal descrito.
La mala noticia consiste en la severa afectación a los ingresos tributarios del gobierno federal, en el que la recaudación por el IEPS para 2026 se había estimado en un 1.1% del Producto Interno Bruto y ahora habrá que ajustarla a la baja.

