Dr. Omar Bazán Flores.- Mucho antes de que se acuñara el término “economía circular”, en los hogares mexicanos se aplicaban varias de sus ideas más básicas: de hecho, se reparaba antes de comprar algo nuevo. Se guardaba lo que todavía podía utilizarse, se reutilizaban envases de vidrio y los alimentos se aprovechaban más. Estas acciones eran desarrolladas principalmente por mujeres.
Revisando las investigaciones y reflexiones de la doctora Cristina Cortinas Durán sobre la participación de las mujeres en el tránsito de México hacia una economía circular, me permito decir que nuestro país puede identificar prácticas y conocimientos que ya existen en nuestras comunidades y aprovecharlos para desarrollar su propio camino, en lugar de limitarse a copiar modelos desarrollados en otros países.
La experiencia de las mujeres merece especial atención. Durante generaciones fueron principalmente ellas quienes administraron buena parte de los recursos dentro de los hogares y aprendieron a conservar, reparar, reutilizar y evitar desperdicios.
Cabe decir que estas prácticas no ocurrían totalmente por conciencia ambiental; muchas veces fue simplemente por necesidad. Había que administrar el dinero, los alimentos, el agua, la ropa; en fin, todo lo que entraba a una casa.
Sin idealizar aquella realidad, durante mucho tiempo las mujeres asumieron prácticamente solas buena parte de las responsabilidades domésticas y tuvieron menos oportunidades educativas, laborales y económicas.
Pero reconocer esa desigualdad no significa ignorar los conocimientos que se desarrollaron durante esos años. Ahí encuentro uno de los puntos más interesantes de las reflexiones de Cristina Cortinas.
La economía circular no consiste únicamente en reciclar. Su alcance es mucho mayor y puede involucrar a comunidades, empresas, gobiernos, universidades y ciudadanos para aprovechar mejor los recursos y reducir aquello que desechamos. Actualmente encontramos mujeres al frente de pequeños negocios, proyectos comunitarios, empresas, investigaciones universitarias y actividades productivas relacionadas con el aprovechamiento de materiales, la reparación, el reciclaje y la transformación de productos. Existe una experiencia histórica, pero también una nueva generación con herramientas diferentes.
Aquí es donde ambas cosas pueden encontrarse, porque México está comenzando una transición que necesariamente tendrá características propias. Nuestra realidad económica, social y territorial es distinta a la de otros países, por lo que difícilmente podemos limitarnos a copiar modelos.
Podemos aprender de ellos, pero también mirar hacia adentro e identificar capacidades que ya existen.
Las investigaciones de Cristina Cortinas han insistido durante años en la importancia de las comunidades dentro de la economía circular y en la necesidad de involucrar a distintos sectores de la población. La participación de las mujeres forma parte de ese proceso, no solamente como consumidoras o responsables del hogar, sino como emprendedoras, investigadoras, profesionistas, productoras y tomadoras de decisiones.
México tiene frente a sí la posibilidad de construir un modelo con características propias, aprovechando experiencias que han estado presentes durante generaciones y sumando las nuevas capacidades de las mujeres que hoy participan en prácticamente todos los sectores de la economía.
Como plantea el trabajo de Cristina Cortinas, las mujeres tienen mucho que aportar.

