Soc. Omar Jesús Gómez Graterol.- A finales de los años noventa del siglo pasado comenzó a generarse el boom de las editoriales independientes y en la primera década del s. XXI ya se encuentran múltiples opciones para los escritores, orientadas a dar a conocer sus creaciones literarias bajo estas figuras. Todo ello, debido a los avances de la tecnología y de los recursos informáticos, además del abaratamiento de los costos de reproducción.
Esto significó romper con largos períodos de monopolio de las principales y tradicionales organizaciones encargadas de la elaboración, así como la distribución de libros, revistas o periódicos. Anteriormente, quienes tenían algo que compartir con el mundo contaban con muy pocas oportunidades de que sus novelas, cuentos, ensayos, poemas, etc., vieran la luz y, por consiguiente, se divulgaran. A veces, la única alternativa era recurrir a concursos dentro de estos géneros, pero diversos eventos fueron acusados de estar viciados, no premiándose a aquellos con más méritos, sino a los que estaban respaldados por “amigos”.
De este modo y por una compensación económica, estas entidades ofrecen posicionar ventajosamente dichas producciones en el mercado. Sus servicios incluyen: la corrección de ortografía, gramática, semántica, redacción y estilo; la revisión y edición de contenidos; el diseño de portadas e interiores de los ejemplares, así como la gestión de registros nacionales e internacionales. A esto se le suma las impresiones en físico o en formatos digitales de los originales; la participación en exposiciones en variados medios de comunicación y el desarrollo de campañas de publicidad y mercadotecnia, entre otros.
Si bien, esto fue un logro transcendental de “democratización” para las expresiones artísticas e intelectuales vinculadas a la escritura, el aumento de ofertas en este sector hizo del mencionado campo un espacio competitivo. Por lo tanto, las alianzas establecidas entre la persona que escribe y la empresa que escoge siempre deben apostar a la ganancia de ambos asociados.
Un mal desempeño de la editorial compromete de forma nociva el éxito del texto. Sin embargo, un argumento deficiente, presentado por el redactor o el poeta, puede también perjudicar la reputación de la casa editora por más que esta última haya cumplido a cabalidad con el convenio y aportado más.
Por lo expuesto, para asegurarse el triunfo en el universo de la literatura, las partes involucradas necesitan actuar de manera articulada y persiguiendo la excelencia. El contratante, sobre todo si es novel, aunque no está obligado a modificar su manuscrito, le conviene prestar atención a las recomendaciones que le efectúen sus asesores. Por su lado, al contratado, para promoverse como un referente confiable y prestigioso, le corresponde evitar difundir temáticas con inconsistencias, defectos o yerros, es decir, carentes de sentido; por muy tentadora que sea la recompensa financiera a recibir (pues culminarían convirtiéndose en meras imprentas).
Un error frecuente deriva de pensar que, cuando la obra finaliza y se entrega al editor, ya podemos desentendernos de la misma. Por experiencia, lo adecuado es lo inverso, para que el tema tratado en las páginas no pierda su esencia o se extravíe en el proceso por el cual transitará.
Directa o indirectamente, publicar un trabajo escrito implica acciones en equipo, y obtendremos mejores resultados si elegimos colaboradores con quienes exista una considerable compatibilidad. Lo importante es acompañar el mayor tiempo posible el fruto de nuestro esfuerzo, ya que viene a constituir una especie de hijo para nosotros como autores. Así, serán muchos los sinsabores que nos ahorraremos.
Este camino solo se termina cuando se termina… sin otras probabilidades.

