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El voto joven: el derecho de elegir, la espera para ser elegido

Mario Álvarez Porras.- La democracia mexicana convive con una paradoja que pocas veces ocupa el centro del debate público.

A los 18 años, el Estado mexicano reconoce que una persona posee la madurez suficiente para decidir quién gobernará su municipio, su estado y el país. Ese mismo ciudadano puede definir la integración de un Cabildo, un congreso local, el Congreso de la Unión e incluso la Presidencia de la República. Su voto vale exactamente lo mismo que el de cualquier otro mexicano.

Sin embargo, cuando decide ofrecerse a la ciudadanía para representarla, la respuesta institucional es distinta: todavía debe esperar. La contradicción no es jurídica. Es política y cultural.

El artículo 34 de la Constitución reconoce la ciudadanía desde los 18 años. No obstante, para ejercer plenamente el derecho a ser votado, la legislación establece requisitos de edad distintos, según el cargo.

En Chihuahua, un ciudadano puede votar desde los 18 años, pero debe esperar hasta los 21 para aspirar a una regiduría o una diputación local; hasta los 25 para una presidencia municipal y hasta los 30 para la gubernatura.

La pregunta merece una reflexión serena: Si el Estado considera que una persona de 18 años tiene la capacidad para decidir quién administrará recursos públicos, aprobará reglamentos y tomará decisiones que afectarán a toda una comunidad, ¿por qué presume que esa misma persona aún no está preparada para solicitar la confianza de los ciudadanos?

La respuesta más frecuente es la experiencia. Y es una respuesta razonable. Gobernar exige preparación, conocimiento técnico, capacidad de diálogo y una profunda comprensión de la realidad social, pero la experiencia nunca debería convertirse en un argumento para cerrar el paso al relevo generacional.

La experiencia también se construye fuera del gobierno. Se adquiere enseñando en un aula, formando jóvenes, trabajando en una empresa, escuchando a la ciudadanía, impulsando proyectos comunitarios, estudiando los problemas públicos y participando activamente en la vida de una ciudad.

Las comunidades necesitan representantes que conozcan la realidad desde diferentes perspectivas. Personas que entiendan el valor de la educación porque han dedicado parte de su vida a ella; que comprendan las inquietudes de los jóvenes porque han trabajado con ellos; que conozcan el esfuerzo cotidiano de quienes viven de un salario porque también han compartido esa realidad; y que hayan demostrado interés por construir soluciones antes de buscar un cargo público.

Ese tipo de experiencia rara vez aparece en un currículum político, pero suele ser la que más acerca a un representante con la ciudadanía.

Durante las campañas electorales, miles de jóvenes organizan brigadas, recorren colonias, coordinan equipos, escuchan necesidades y sostienen buena parte del trabajo territorial de los partidos. Son indispensables para ganar elecciones.

Después, cuando llega el momento de integrar los equipos de gobierno, el discurso suele cambiar. Entonces aparecen los argumentos de siempre: todavía falta experiencia, todavía no es el momento, todavía hay que esperar. La renovación generacional avanza con mayor rapidez en los discursos que en las decisiones.

La paradoja resulta especialmente evidente en los municipios. El Cabildo es el órgano de gobierno más cercano a la ciudadanía. Ahí se aprueban reglamentos, presupuestos, programas y decisiones que impactan directamente la vida cotidiana de las personas. Es el espacio donde la política deja de ser un discurso para convertirse en resultados.

Precisamente por ello, conviene preguntarse si los requisitos actuales responden únicamente a una necesidad institucional o si también reflejan una cultura política que continúa asociando la capacidad para gobernar con la edad, antes que con el mérito, la preparación y la vocación de servicio.

Las políticas públicas dirigidas a la juventud seguirán siendo indispensables, pero existe una diferencia entre gobernar para los jóvenes y permitir que los jóvenes también formen parte de los gobiernos.

Una democracia madura no sólo crea oportunidades para las nuevas generaciones. También confía en ellas.

Los partidos políticos tienen una responsabilidad ineludible. Hablan de renovación, forman cuadros y convocan a nuevos liderazgos. Sin embargo, esa renovación sólo cobra sentido cuando se refleja en la integración de sus planillas y equipos de gobierno.

Las próximas elecciones municipales serán mucho más que una competencia por la Presidencia Municipal. También serán una oportunidad para conocer la visión de liderazgo de quienes aspiren a encabezar los ayuntamientos.

Los proyectos que dejan huella entienden que gobernar no consiste únicamente en ganar una elección, sino en saber construir equipos. La integración de una planilla es la primera decisión de gobierno. Mucho antes de aprobar un presupuesto o iniciar una obra pública, un candidato ya ha definido el tipo de administración que desea construir a partir de las personas en quienes decide confiar.

Los mejores gobiernos no se distinguen únicamente por reunir a quienes ya ocuparon un cargo público. Se distinguen por reconocer talento, sumar perfiles preparados y abrir espacio a quienes han demostrado compromiso desde la educación, el sector productivo, la participación ciudadana, la academia y el trabajo cotidiano con su comunidad.

La calidad de un gobierno comienza antes del primer día de administración. Empieza cuando se privilegia el mérito sobre la inercia, la capacidad sobre la conveniencia y la vocación de servicio sobre las cuotas políticas.

La historia mexicana demuestra que cumplir un requisito de edad nunca ha garantizado buenos gobiernos.

Lo que sí ha distinguido a los mejores liderazgos es su capacidad para identificar personas preparadas, con sensibilidad social, disposición para escuchar y voluntad para construir acuerdos.

Quizá la discusión ya no sea si los jóvenes están preparados para gobernar. La verdadera pregunta es otra:

¿Quienes integren los próximos gobiernos municipales tendrán la visión para convocar a las personas mejor preparadas, sin importar si provienen de la política tradicional o de una trayectoria construida en las aulas, en las empresas, en las organizaciones sociales o en el servicio a su comunidad?

Porque, al final, los ciudadanos no sólo elegirán a un presidente municipal. También juzgarán la calidad del liderazgo por las personas que decida sentar a su lado para gobernar.

Y las administraciones que trascienden no son las que reparten espacios; son las que saben reconocer talento antes de que éste ocupe su primer cargo público.

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