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El rostro de la soberbia fulminada

Dr. Fernando A. Herrera M.- El rostro de Donald Trump dice más sobre lo que pasó el martes que cualquier cosa que haya dicho: es el retrato vivo de la soberbia fulminada.

Los números no dejan dudas. Los demócratas tendrán en la Cámara de Representantes su mayoría más amplia desde 1993. En el Senado le quitaron siete escaños al Partido Republicano, incluidos Texas y Kansas, estados donde Trump había ganado por dos dígitos. Y los republicanos no lograron arrebatarles uno solo.

Pocas veces en un siglo un presidente había recibido un rechazo tan claro y tan parejo.

Trump ya dio su explicación: la culpa es de la guerra con Irán, y lo volvería a hacer. Es una confesión a medias. La guerra pesa, pero pesa en el bolsillo: él mismo admitió que el precio del combustible fue lo que más le costó. Los electores no votaron sobre geopolítica, votaron sobre lo que cuesta vivir.

Aun así, el suyo no es el semblante de la sumisión. Es el rictus de un hombre poderoso, porque lo es, y él lo sabe. Sabemos lo que perdió. No sabemos lo que hará.

Trump tiene dos relojes. El primero marca dos meses. Hasta el 3 de enero, cuando juren los nuevos senadores y representantes, gobierna con un Congreso republicano que ya sabe que se va. Son dos meses de manos libres para un presidente que no puede reelegirse. Eso da miedo. Lo que asusta no es lo que pueda aprobar, sino lo que puede decidir sin pedirle permiso a nadie.

Primero, la guerra con Irán: prometió terminarla después de la elección, pero no dijo si negociando o a bombazos. Después, México. No por el tratado, que Estados Unidos necesita tanto como nosotros, sino por el fentanilo. Ahí Trump huele un legado: ser el presidente que dejó a su país libre de esa droga, la que más mata en su país.

Puede apretarnos como apretó a Zelensky para que le entregara a Rusia el Donbás y algo más: más exigencias, más amenazas de actuar por su cuenta contra los cárteles. O puede quedarse rumiando su coraje, que no es fácil de digerir. Con Trump, las dos cosas pueden pasar en la misma semana.

El segundo reloj marca dos años. A partir de enero, cada ley pasará por un Congreso demócrata, con investigaciones, presupuestos condicionados y la sombra de un juicio político. Trump ya dijo que está dispuesto a trabajar con los demócratas, pero recordó que conserva el veto. En lo interno tendrá que negociar. En lo externo seguirá decidiendo solo, porque la política exterior es donde un presidente estadounidense menos necesita al Congreso.

Y es en ese tablero exterior donde se juega el resto del mundo. El rostro de Trump en la cumbre de su poder solía dictar los tiempos; ahora, acorralado en casa, no tiene incentivos para gastar capital político en Ucrania por una paz que no le da votos.

La otra guerra, la de Irán, ya no dependerá tanto de Washington como de Jerusalén. Israel votó el pasado 27 de octubre y castigó a Benjamin Netanyahu, pero sin darle un sustituto claro. Su bloque cayó a 53 escaños, la oposición de Gadi Eisenkot sacó 48 y los partidos árabes, con un récord de 19, tienen la llave. Si Netanyahu sobrevive a las negociaciones, la guerra conserva a un socio que quiere seguir. Si cae, Trump se queda sin el aliado que la hizo posible, y quizá con la excusa que necesita para salir.

El rostro de Trump nos dice que entendió el mensaje. Lo que no nos dice es si piensa hacerle caso.

Los próximos dos meses serán la prueba.

Dr. Fernando A Herrera. Periodista y politólogo, es Doctor en Administración por la UACH. Presidente del IEE Chihuahua (2006-2015); presidente de Instituciones Electorales de las entidades federativas en México (2014). Es autor de la trilogía “Secretos” filosofía para la vida cotidiana. Presidente y director general de chihuahuaexpres.com.mx

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