Omar Bazán Flores.- En la actualidad discutimos sobre qué hacer con los residuos; ambientalistas brasileños proponen ir a otro nivel: el de la inversión, la tecnología y la economía circular como política pública.
Y es que el país latinoamericano busca que, en agosto de 2027, esté lista una planta diseñada y construida por una firma alemana para una empresa operadora local, con la promesa de convertirse en la instalación de tratamiento de residuos sólidos urbanos más avanzada de América Latina.
El tamaño del proyecto explica la atención que ha generado. La planta tendrá capacidad para procesar unas 550 mil toneladas al año. De ese volumen, se plantea recuperar 48 mil toneladas de materiales reciclables, producir 260 mil toneladas de combustible derivado de residuos y generar 170 mil toneladas de materia orgánica para biogás. El objetivo central es evitar que más de 300 mil toneladas terminen cada año en arroyos, ríos y vertederos.
Esto nos indica que Brasil es ejemplo nacional y estatal, en la ruta para reducir la dependencia de rellenos sanitarios.
Su planeación implica costos menores a largo plazo, menos presión ambiental y la posibilidad de convertir la basura en insumo productivo.
Plásticos, metales, papel y energía alternativa forman parte de una ecuación que busca cerrar ciclos y disminuir la extracción de recursos naturales.
Uno de los puntos clave del proyecto es la adaptación tecnológica. Los residuos que se generan en Brasil no tienen la misma composición que los europeos: contienen más materia orgánica, mayor humedad y una proporción más alta de materiales no reciclables.
Se sabe, entonces, que el diseño de la planta parte de esa realidad, con ajustes en procesos, equipos y balance de costos para asegurar una operación estable.
El uso de sistemas digitales e inteligencia artificial se presenta como un elemento diferenciador. A través de plataformas de monitoreo y mantenimiento predictivo, la planta busca reducir fallas, anticipar bloqueos y optimizar procesos en tiempo real.
Es decir, un modelo circular apegado a la continuidad operativa.
Lo planteado por Brasil, es de otro nivel; por ejemplo, la línea de secado de fracciones orgánicas. Este proceso permite transformar residuos que tradicionalmente no se valorizan en combustible con mayor poder calorífico. Se estima que alrededor de 132 mil toneladas de residuos al año se destinen a la generación de energía alternativa, reduciendo emisiones y ampliando las opciones frente a los combustibles fósiles.
La planta formará parte de un ecoparque que integrará distintas tecnologías para reutilización y valorización energética, alineado con el Plan Nacional de Residuos Sólidos de Brasil.
Tenemos como ventaja que la modernización del tratamiento de residuos supone generación de empleos directos e indirectos, mejores condiciones laborales y la creación de un mercado local basado en materias primas secundarias y energías renovables. La basura, en este enfoque, deja de ser un problema marginal y se convierte en un impulso económico.
El verdadero reto empezará cuando la planta entre en operación. Si cumple lo que promete, pues no solo se reducirá la carga ambiental, sino que marcará un precedente para América Latina.
La economía circular dejaría de ser un concepto aspiracional y pasaría a ser infraestructura concreta, medible y replicable. Ese es el estándar que este proyecto pone sobre la mesa, un ideal para las y los mexicanos.

