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El poder

Dr. Fernando A. Herrera M.- El poder debió ser un instrumento para la sana convivencia. Hoy es un cáncer con metástasis que devora a nuestra sociedad.

En nuestro país, la legalidad es una vacilada; convivimos en un entorno donde los conflictos entre ciudadanos, empresas y gobierno se resuelven por cualquier vía, menos por la de la ley.

Los partidos políticos, con toda intención, secuestraron el acceso al poder y blindaron el sistema para volverse indispensables. Cuando finalmente abrieron la puerta a las candidaturas independientes, las redujeron a un chiste de mal gusto. Hoy, para gobernar, la única opción real es pactar con las cúpulas partidistas.

Bajo esa lógica operaron todos los partidos que han gobernado. El resultado siempre ha sido el mismo: fracaso, corrupción y pérdida de credibilidad. Morena logró capitalizar ese desencanto y el enojo social acumulado por décadas; ganó las elecciones en 2018 y, desde el primer día, ha hecho lo mismo que sus antecesores. El sello de la casa ha sido la cooptación de las instituciones bajo cualquier método, rompiendo el equilibrio de pesos y contrapesos de la república para asumir el control total, imitándose a otros regímenes de carácter autoritario.

En esas condiciones era predecible que el mesías tropical, fundador del movimiento, impusiera a su sucesora. Lo inadmisible es que pretenda gobernar desde su rancho, repitiendo la historia con los mismos errores, de tal modo que nos enfrentamos a un nuevo intento de Maximato, encabezado por un personaje que parece haber perdido la razón.

La sumisión institucional quedó marcada desde el primer día, porque el lenguaje no miente: llamar “presidente” a quien ya dejó el cargo no fue un gesto de cortesía; fue una claudicación. En México no existe esa costumbre, y el uso se vuelve ley. En este país los que se van son “ex”, solo expresidentes, nada más.

Sin embargo, la realidad siempre pasa factura. La crisis con el gobernador Rocha, las expulsiones ilegales de reos, las rupturas internas, el tema de las visas, el caso Farías Laguna y la creciente tensión en la relación bilateral con Estados Unidos reflejan un gobierno que hace agua.

El control se escapa. O la presidenta asume su rol de mando hoy mismo o el país se encamina a un caos incontrolable. Lo primero en derrumbarse será la figura presidencial, lo que propiciaría una desbandada interna en Morena y una parálisis al interior del gobierno, porque nadie sabrá a quién obedecer y, peor aún, a quién mandar.

Plutarco Elías Calles se fue en pijamas, con el libro “Mi lucha entre las manos”, a vivir exiliado a los Estados Unidos cuando el presidente Lázaro Cárdenas se cansó de leer en los periódicos las instrucciones que su antecesor le mandaba. Cárdenas tomó la decisión y, directo de su cama, sacaron a Calles a volandas hasta subirlo a un avión militar. Y adiós.

La disputa de estos días nos muestra una lucha frontal por continuar al mando por encima de la presidenta Sheinbaum, desde donde sea que se encuentre el mesías. El respeto que ella le tiene a su mentor debe encontrar su límite ante este burdo intento de medirla, probarla y retarla con la intentona de Rocha Moya.

El hecho de que la definición de los candidatos a gobernador de Morena se difiera hasta diciembre es una señal inequívoca del choque de trenes que se vive al interior del partido oficial.

La presidenta tiene dos caminos urgentes: primero, limpiar su gabinete de personajes radicalmente lopistas; y segundo, amarrar acuerdos con ambas cámaras y con el partido para lograr un verdadero entendimiento entre los poderes y las corrientes de su movimiento. De lo contrario, el destino final del proyecto de la 4T no será la transformación, sino irnos todos, directo y sin escalas, al rancho de Palenque.

La maldición

Cuando un partido político nace, uno pensaría que se organiza una fiesta de inauguración, dado que, en principio, contarán con sus primeras prerrogativas —escasas en comparación con las que reciben los partidos ya consolidados—, pero mucho mayores de lo que cualquier organización social pudiera soñar.

Es entendible que cuando empiezan el proselitismo, las promesas no sean diferentes; como nada se ha cumplido, hay que ofrecer lo mismo, añadiendo que “esta vez las cosas serán diferentes”. La gente que se acerca les cree porque conserva la esperanza de un cambio en sus condiciones de vida.

La tristeza llegará después. Todas las organizaciones políticas, cuando llegan al poder, repiten los mismos errores de quienes hayan sido gobernantes y sufrirán la misma condena que los anteriores. Conforme pasa el tiempo, comienza la inevitable autodestrucción desde sus mismísimas entrañas, repitiendo el oscuro ciclo de todos los tiempos en todos los países parecidos o en peores condiciones que el nuestro.

Los partidos caen del poder porque se pudren por dentro. Desde el comienzo de este siglo hemos constatado que este fenómeno se ha repetido, y hemos visto dónde están sus protagonistas, que terminan alejándose de todo y de todos.

En su afán de crecer demasiado rápido para alcanzar el poder, después de los fracasos, los dirigentes de un partido decidieron afiliar a todo tipo de personas con interés en acompañarlos. El tipo de interés era lo de menos; si se alcanzaba el poder, habría oportunidad de cumplir con todos.

El deseo de lograr esa hegemonía no midió las consecuencias de sumar todo tipo de perfiles y de personas que no se dedican a la política, pero que tienen vínculos de conveniencia con quienes ocupan los puestos que se derivan de su práctica.

Ese cóctel explosivo carcomió por dentro al gobierno que surgió, despertando las más profundas esperanzas de millones de mexicanos que volvieron a creer en las mismas promesas. Aunque ahora le habían agregado un aditivo: los programas sociales.

La fortaleza inicial del número se volvió un bumerán destructivo. La pelea por los puestos de poder ha sido encarnizada y plena de traiciones. Más ahora que el mesías tropical ya no está en los controles de semejante ejército de políticos y personas de interés que visten de tantos colores que han perdido identidad y lealtad.

El ideal que se pregonaba nunca existió; incluso fue leído en el Zócalo en la toma de posesión, pero a partir de ahí comenzó todo al revés. Lo que se hizo fue destruir las instituciones, colonizar otras y comprar las más reacias, logrando el control total y absoluto de todo.

Ahora que ha cambiado la persona que lleva los controles, la resistencia al cambio se ha manifestado de diversa manera. Políticos que exigen posiciones, o regresar a ellas; otros que pretenden seguir dependiendo del anterior y los que opinan sin pedir permiso y sin respeto a la presidente —al menos no como al anterior—. Hoy, un gobernador con licencia regresa y se vuelve a ir en medio de una humillación pública porque se equivocó de teléfono para pedir permiso.

La caída llegará porque la ambición de las tribus los dividirá, pulverizará y terminará por destruirlos. La razón es sencilla, pero a la vez demoledora: el poder es como una lente de aumento que les enseña los peores defectos humanos: soberbia, egoísmo y desconexión con la realidad. Al final, la historia termina por demostrar que el peor enemigo es el espejo.

Como prueba de este ciclo, basta ver el destino de los exmandatarios: solo dos viven aquí, uno escondido y otro a la vista; uno más viene de cuando en cuando y los demás viven exiliados por decisión propia.

¿Y el trabajo?

A veces me pregunto: ¿quién hace el trabajo en este país?

México es una nación imponente. No solo por su territorio o su población, sino por su geografía privilegiada: dos océanos, dos mares, lagos infinitos y un litoral inmenso. Tenemos una riqueza colosal que brota en cada rincón, tanto por encima como por debajo del suelo, junto con sus enormes riquezas turísticas y culturales. Con todo ese potencial en las manos, la lógica dictaría un rumbo próspero.

Entonces, ¿por qué sentimos que la autoridad nos da el avión todas las mañanas?

La conferencia matutina se ha convertido en un escenario para negar la realidad, defender a los afines como si fueran familia, culpar a inocentes con juicios sumarios como a Ruffo o celebrar mentiras flagrantes. Mientras el país exige rumbo, la tribuna pública se usa para dar atole con el dedo. Ante este espectáculo diario, la pregunta es inevitable: ¿A qué se dedica realmente la señora presidente?

¿Su agenda es defender a Rocha Moya, a Enrique Insunza o a Andy? ¿Se reduce a minimizar “oficinitas” en Nueva York o a poner en la cuerda floja el T-MEC? ¿El trabajo consiste en placearse los fines de semana por los pueblos para inflar los supuestos éxitos de la llamada cuarta transformación?

La realidad económica es terca. El día a día se le va en buscar cómo reponer las pérdidas millonarias de las megaobras que heredó de su prócer y que todas, absolutamente todas, están en quiebra.

Pero, además, a endeudar al país para sostener programas sociales que, salvo el de adultos mayores, operan sin supervisión alguna que garantice que la gente progrese. Eso no es bienestar, es dependencia que empobrece.

Presidir una nación tan compleja requiere conocimientos básicos de administración y los sentidos bien despiertos. El más importante de ellos: el sentido común. Gobernar es diseñar un plan, elegir a los más capacitados para ejecutarlo y mantener una supervisión integral y permanente. Las urgencias se resuelven sobre la marcha, pero no deben sustituir al proyecto.

Lo que hoy vemos es una presidencia convertida en un bombero político. La mandataria se dedica exclusivamente a apagar fuegos, devorada por una urgencia nueva cada día. Sean temas vitales o distractores, ella prefiere usar la mañanera para entretenernos, darnos el avión y administrar las crisis con la retórica de la soberanía.

Por eso, la duda sigue flotando en el aire: Con el país en vilo, vuelvo a preguntar: ¿Y el trabajo?

Todo el mundo debe

Hay dos cosas que le ponen los pelos de punta a cualquiera: ya no hay dinero en efectivo. Los billetes escasean cada vez más y parece que van a desaparecer. La otra es oír en las noticias que el país está muy endeudado y que si reparten para que la paguen los mexicanos a cada uno nos tocaría pagar 140 mil dólares.

Estos miedos son normales, pero no hay por qué preocuparse. Lo cierto es que todos los países deben muchos billones de dólares y que en algún momento podrían caer en bancarrota. La realidad es que no. Acomodemos las cartas sobre la mesa:

Un país: El error es pensar que la deuda de un país es igual que la de tu tarjeta de crédito o la de tu vecino. Por ejemplo: Si tu vecino gasta cinco veces más de lo que gana, acaba en la calle, y si tú la usas, como debe ser, te resultará muy útil.

Con los países la regla es diferente: las personas tenemos pocos años para trabajar y pagar, mientras que el país es permanente y podría refinanciar su deuda por décadas, incluso, por generaciones.

A los bancos, a las empresas que manejan fondos en bolsa y a sus inversionistas, no les interesa que los gobiernos paguen su deuda. Lo que buscan es recibir el pago puntual de los intereses. Mientras el país endeudado tenga capacidad de pago el sistema marcha sin ningún drama. Es como un acuerdo no escrito o no hablado (tácito), que significa: tú me pagas la renta del dinero y yo no te molestaré nunca con el total.

El motor: Entonces, las deudas de los países no son un lastre; en realidad esa deuda es parte del motor económico. Para entenderlo, piensa en el futuro, después de años de trabajo esperas una pensión. Lo que aportas y lo que aporta el patrón o tu negocio entran en esos fondos que generan rendimientos o intereses y es así como se financian las pensiones y jubilaciones en casi todo el mundo. Los fondos de pensiones y los bancos guardan los ahorros de tu vida en bonos de deuda a cargo de los países más estables, como Estados Unidos.

¿Por qué? Porque necesitan un lugar seguro que pague intereses constantes para que tu dinero crezca con los años y puedas retirarte. Si los gobiernos no se endeudaran, esos fondos no tendrían dónde invertirse de forma segura y tus ahorros para el retiro solo se juntan sin ganar nada en el tiempo. La deuda de los países es la que hace que el dinero de los fondos de pensiones crezca.

El colapso: El secreto mejor guardado de la economía es que la deuda nunca se va a pagar porque a nadie le conviene. De hecho, si por un milagro todos los países, las empresas y los ciudadanos del mundo pudieran y decidieran pagar sus deudas mañana mismo, la economía colapsaría de inmediato.

¿Por qué? Porque en el sistema actual, el dinero se crea a partir de la deuda. Cuando un banco otorga un crédito usa el dinero de los que ahorran y parte de los intereses que pagarás se reparten entre el mismo banco y los ahorradores. Si todos pagan lo que deben, ese dinero regresaría a los bancos y de los bancos a las personas y quedaría sin movimiento. El sistema no existiría.

Digital: Mucha gente le tiene miedo al dinero electrónico porque “no se puede tocar”. Sienten que no es de verdad, así que vamos a desmontar ese miedo:

En 1971, el presidente Nixon desapareció el patrón oro, que obligaba a los países a tener oro, plata, bonos, etc., en respaldo de los billetes en circulación. Ahora ya no existe aquel sistema. Un billete de papel vale solo porque el gobierno y la sociedad confían en él. El dinero en tu aplicación del banco tiene ese mismo respaldo.

El efectivo se pierde, se puede malgastar o te lo pueden robar en la esquina. Pero el dinero digital tiene una clave, un registro y, lo más importante, tiene un seguro. Si tu banco quiebra, el Estado te protege hasta cierto límite, de acuerdo a la ley. En México son dos millones.

Conclusión: La deuda de todos los países sumada, supera los 315 billones de dólares, más de tres veces lo que produce todo el mundo en un año. Es una cifra impagable, pero es que el sistema no está diseñado para eso, sino para administrarla.

El sistema financiero no es perfecto y tiene riesgos, pero no va a explotar mañana por el peso de las deudas. El dinero solo está cambiando de forma —del papel a los códigos de tu pantalla— y el endeudamiento constante es el motor real con el que opera casi todo el mundo. Puedes dormir tranquilo.

“Quita, Pon”

En los mentideros de la política, el chisme y la especulación rara vez son equivocados. La fugaz, torpe e inédita intentona de Rocha Moya por retomar la gubernatura de Sinaloa, que no duró ni veinticuatro horas, antes de salir con la cola entre los pies con otra licencia. Lo raro es que ningún político medianamente inteligente intentaría semejante despropósito sin una red de protección o, al menos, sin hablar con alguien para consultar o pedir línea.

Por esto, voces bajas en pasillos y reuniones de cafés apuntan a Palenque: una llamada, un recado o señal que compartió con su jefe y aliado, Andrés Manuel López Obrador, para decidir si se atrevía a “medirle el agua a los camotes”.

La intentona se desmoronó con la rapidez de un bloque de hielo en volcán. El bloque morenista —desde los tres órdenes de gobierno, legisladores federales y estatales, dirigentes de partido— les aplicó un lanzallamas abrasador que los achicharró desde las entrañas. La presidente Sheinbaum reaccionó con dureza y contundencia al etiquetar el regreso de Rocha Moya como una decisión “estrictamente personal”, frase que en el manual de la 4T equivale a un inesperado rechazo al asalto que intentó, y, en consecuencia, se le retiró todo el apoyo que había recibido.

El gobierno federal no podía darse el lujo de echarse a cuestas el costo político de tal felonía. De por sí, en las primeras horas, cuando apenas anunciaba su idea de regresar, el asombro mediático fue intenso, tanto que, al regresar al gobierno, detonó dentro del sistema político. Era una bomba política como nunca se había visto en sus ocho años en el poder, salvo el baño de sangre que sufre Sinaloa y algunas entidades.

Por ello, sostener a Rocha era una bofetada al pueblo de Sinaloa y de México, además de una afrenta y desafío para los Estados Unidos.

La caída: La onda expansiva obligará al Congreso de Sinaloa a nombrar un gobernador sustituto, aunque atiendan el protocolo de interinato, pero algo debe ser objeto de análisis: la exgobernadora interina ya no puede ser la elegida, su enfrentamiento abierto con las fuerzas armadas la descalifican, porque en el estado necesitan que el ejército los ayude a detener ese baño de sangre que sufren.

El desenlace se apegará a las reglas del pragmatismo político. El expresidente no acusará recibo del error de cálculo para no abollar su imagen o lo que cree su legado, por lo que Rocha Moya “apechugará” la culpa como único responsable.

El repliegue con otra licencia no será gratuito, Rocha Moya ahora recibirá trato diferente y no el que le había brindado la presidente. La Fiscalía General de la República (FGR) reactivará las carpetas de investigación en su contra y saldrán a la luz una u otra omisión administrativa o el estúpido montaje de la fiscalía local en el caso de Melesio Cuén o, si van más lejos, las inconsistencias patrimoniales de sus hijos, pero, por seguro algo le hallarán.

Al final, cualquier expediente servirá para montar un teatro de castigo que parezca ejemplar.

Por primera vez, un duelo de “quita, pon”, entre la presidente y AMLO.

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