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El parricidio político

Dr. Fernando A. Herrera M.- El Mito del Legado. Durante seis años, la política mexicana se rigió bajo un ingenioso repertorio de frases populares que transformaron el argot del barrio tabasqueño en doctrina de Estado. Sin embargo, al abrirse el balance de la historia, aquellas expresiones que al principio causaban gracia, hoy demandan una lectura implacable.

El contraste entre la narrativa de la “pobreza franciscana” y la cruda realidad de los hechos ha dejado de ser un chiste para convertirse en un severo cuestionamiento ético y financiero.

El mito de 200 pesos y un par de zapatos

La narrativa del gobernante que viaja con 200 pesos en la cartera y posee un solo par de zapatos chocó drásticamente con el estilo de vida de su descendencia, documentado viviendo, comiendo y tomando en zonas exclusivas, cenas de miles de pesos y viajes internacionales.

El caso de la llamada “Casa Gris” en Houston —habitada por su hijo mayor y propiedad de un alto ejecutivo de una firma contratista de Pemex— marcó un punto de inflexión. La explicación oficial de que “al parecer la señora tiene dinero” debilitó irremediablemente el discurso de pureza moral que el propio gobierno exigía al resto de la población.

A esto se suman las investigaciones periodísticas que documentaron redes de asignación de contratos en las megaobras de infraestructura —como el balasto del Tren Maya—, donde nombres del entorno familiar directo e íntimos amigos resultaron señalados en grabaciones y auditorías ciudadanas. Ante contratos de más de 100 millones de pesos, la respuesta siempre fue la misma: mis hijos no son corruptos.

Es aquí donde se siembra la hipótesis más destructiva para el movimiento: Andrés Manuel López Obrador añora fervientemente dejar un legado inmaculado y pasar a la historia como el gran transformador de México, pero las acciones, la opacidad y los escándalos de sus propios hijos se lo van a impedir de forma contundente.

El padre que los dejó hacer, que no los detuvo ni les prohibió hacer negocios dentro de su gobierno, procreó a quienes terminarán por sepultar la autoridad moral de su memoria. Es un parricidio político; mataron al político amado ante los ojos de la historia.

La sangría económica diaria

Si el golpe ético es devastador, el saldo financiero es indefendible. El discurso oficial pretendía justificar el gasto bajo una supuesta lógica de desarrollo regional y soberanía, pero los datos duros de los estados financieros oficiales demuestran que las megaobras del sexenio no son inversiones, sino cargas financieras permanentes para la sociedad.

El ejemplo más dramático es el Tren Maya. Lejos de ser un motor económico, el proyecto opera con números rojos severos, registrando pérdidas operativas que superan los 5,000 millones de pesos por semestre. Esto se traduce en una sangría de aproximadamente 27.6 millones de pesos diarios que el erario debe inyectar para que las vías no se queden vacías. Lo mismo ocurre con la refinería de Dos Bocas, cuyo sobrecosto masivo superó los 21,000 millones de dólares, devorándose recursos que debieron destinarse a clínicas, medicinas, seguridad o escuelas.

Defender que estas obras darán frutos a “largo plazo” es un insulto a la matemática básica. Al ritmo actual de pérdidas y subsidios eternos, el plazo de recuperación de la inversión no es de décadas: estamos hablando de una amortización que tardará 200 años en el caso del tren Maya. Ninguna economía sana puede resistir un boquete fiscal de esa magnitud sin condenar el futuro de las siguientes generaciones.

El saldo de la ironía

La paradoja final del sexenio es que la frase “no somos iguales” terminó con un significado trágico. Si bien el movimiento político retuvo el poder en las urnas gracias a una maquinaria eficaz de programas sociales, el mito de la infalibilidad moral del líder quedó fracturado. Bajo el amparo del poder, las viejas inercias de la política mexicana nunca se marcharon.

El desdén por las reglas de transparencia, los conflictos de interés del círculo familiar y la terca resistencia a aceptar el fracaso financiero de las megaobras terminaron por demostrar que, al final del día, el legado no se decreta en las mañaneras; porque lo sepultarán los números y sus apellidos.

El divorcio generacional. La quiebra del futuro

Nací en 1956. En 1992, y a mis 36 años, la realidad me obligó a aprender a usar el software para redactar correspondencia particular y en serie; a dominar las hojas de cálculo de Excel. Para mi generación, la transición fue muy violenta porque veníamos de una era donde la tecnología se limitaba a tarjetas perforadas que quedaron obsoletas pocos años después de mi graduación.

Me tocó trabajar en la microfilmación de los archivos en el Registro Público de la Propiedad del estado con un esfuerzo monumental que, apenas un par de años después, fue devorado por la digitalización completa. Trabajábamos con terminales y pantallas tontas, esclavizados a un software hechizo por el que pagábamos renta.

Seguirle el ritmo a la tecnología no fue un proceso natural; nos costó años de frustración y rezago.

Mi primer hijo nació tres días antes de los ochenta, inaugurando la generación que hoy conocemos como millennials. Cuando ellos entraron a la educación superior, nos alcanzó el tsunami tecnológico, y durante sus posgrados se consolidaron las redes sociales masivas. Con ellas llegó la disonancia cognitiva global: la sobreinformación digital que destruyó el consenso de la verdad. Hoy, los Millennials y la generación Z operan bajo una velocidad incomprensible para nosotros.

Tienen a la mano herramientas y modelos de inteligencia artificial que agilizan procesos enteros en segundos, resolviendo de forma inmediata lo que a nosotros nos tomaba semanas, meses o años de burocracia.

Esta diferencia de velocidades provocó lo inevitable: un divorcio absoluto de las generaciones. Hay que aceptarlo con honestidad: el lazo se rompió y los culpables somos nosotros, la generación X o los baby blumers. Fracasamos rotundamente en el modelo de país que debíamos heredar.

Les estamos entregando un sistema que concentra el poder de manera autoritaria y un entorno económico de miedo. Dejamos deudas estructurales que van a pagar ellos y un presupuesto asfixiado: según los análisis de la OCDE y del CIEP, para este año, el gasto en pensiones ya devora más del 6% del PIB de México, absorbiendo más de 20 de cada 100 pesos del presupuesto federal. No estamos entregando buenas cuentas en gobernanza, y lo peor es que ellos lo saben. Por eso, el sistema político tradicional les genera un rechazo profundo.

Este colapso no es un fenómeno exclusivo de México. De Washington a Tokio, de Budapest a Ottawa, las cúpulas del poder no supieron conectar con quienes venían detrás. Donald Trump nació en 1946 y Andrés Manuel López Obrador en 1953: ambos son hijos de la posguerra, uno de derecha y el otro de izquierda. Son el ejemplo vivo de nuestra falla de origen: erramos al elegirlos porque representan visiones anacrónicas que ya no le hacen sentido a la juventud, y con justa razón.

La realidad que les heredamos es caótica y este divorcio tiene un trasfondo demográfico letal. Las nuevas generaciones ya no tienen el menor ánimo de seguir nuestros patrones reproductivos ni de consumo. Como consecuencia, somos cada vez menos jóvenes y más viejos. Ya existen naciones en crisis donde la población adulta supera por mucho a la fuerza laboral, lo que hará matemáticamente imposible sostener los sistemas de pensiones a menos que abran sus fronteras a la migración.

Si no se inyecta juventud activa a la economía, el colapso del sistema nos arrastrará a nosotros y, eventualmente, también a ellos.

Los de mi edad estamos de salida, y contra el tiempo no se puede pelear. Pero el barco no puede quedarse a la deriva. Los millennials y la generación Z deben asumir el control y llevar al país a su siguiente etapa histórica, en donde las etiquetas ideológicas de “izquierda” o “derecha” son conceptos obsoletos del siglo pasado que ya no funcionan para resolver problemas tangibles.

México transita por una ruta tan peligrosa que solo la juventud podría rescatarlo. Les toca tomar el timón, corregir nuestros desaciertos y orientar la nación hacia el rumbo que ellos consideren viable.

No tienen que pedir permiso ni esperar a que les entreguen la llave; deben arrebatar el control por las vías que descubran, porque nuestra generación, salvo unos pocos, no se va a retirar convencida ni va a reconocer sus errores de forma voluntaria.

A nosotros nos toca dar una última batalla: pelear para cambiar el país que les dejaremos a través de la única herramienta democrática disponible: el voto.

El Instituto Nacional Electoral (INE) revela una realidad incómoda en sus estudios censales de participación: los adultos mayores de 60 años registran los índices de votación más altos (superando el 60%), mientras que el sector juvenil históricamente le da la espalda a las urnas, porque no cree en los políticos ni en los partidos, por eso concentran tales niveles de abstencionismo.

Somos pocos los mayores, y si la juventud no sale a votar en masa, las decisiones las seguiremos tomando los que ya nos vamos. Ojalá decidan entrar y arrebatar con sus votos todo aquello que les pertenece.

Y cuando lo hagan, no voten por el “menos malo”. Ejerzan su derecho pleno y rompan el molde y voten por el mejor desde su propia óptica, convicción y decisión personal.

El timón es suyo.

Dr. Fernando A Herrera. Periodista y politólogo, es Doctor en Administración por la UACH. Presidente del IEE Chihuahua (2006-2015); presidente de Instituciones Electorales de las entidades federativas en México (2014). Es autor de la trilogía “Secretos” filosofía para la vida cotidiana. Presidente y director general de chihuahuaexpres.com.mx

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