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El Mundial 2026 ante la prueba de la convivencia global

Aída María Holguín Baeza.- La Copa Mundial de la FIFA 2026 es mucho más que una competencia deportiva. Es un encuentro global donde millones de personas de distintas nacionalidades, culturas, lenguas, religiones e identidades comparten una misma pasión, convirtiendo al futbol en una prueba de su capacidad para sostener la diversidad, la inclusión y la convivencia.

En ese contexto, y en el marco del Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio, la advertencia de la ONU cobra especial relevancia: el odio no solo afecta a quienes lo reciben, también erosiona el tejido social. La respuesta, por ende, debe construirse desde los derechos humanos, la no discriminación y el respeto a la diversidad.

La propia ONU explica que el discurso de odio, entendido como expresiones o conductas que atacan o discriminan a personas o grupos por su identidad (origen étnico, nacionalidad, religión, género, etc.), es un fenómeno especialmente sensible en eventos globales como el Mundial, porque puede manifestarse dentro y fuera de los estadios, especialmente en redes sociales, donde la velocidad de difusión amplifica prejuicios y agresiones.

Por su parte, la UNESCO subraya que, así como el odio se aprende, también puede desaprenderse; una reflexión que coloca al futbol como herramienta para transformar la rivalidad en convivencia.

La historia del futbol demuestra que no ha estado exento de racismo, xenofobia y otras formas de discriminación. Por eso, la FIFA y la IFAB han reforzado sus reglamentos para sancionar conductas que vulneran la dignidad de las personas, incluyendo mecanismos para detectar y frenar actos encubiertos durante los partidos. Casos como el del futbolista Miguel Almirón reflejan el esfuerzo por cerrar espacios a comportamientos discriminatorios en el juego.

Por supuesto, el problema no se resuelve solo con sanciones. También exige revisar prácticas institucionales y asumir que la inclusión es un compromiso integral. Las discusiones sobre el uso del español en espacios oficiales durante la organización del Mundial 2026 evidencian que la diversidad lingüística no es un detalle, sino parte de la representación global del torneo.

Más allá de normas y protocolos, el Mundial también ha mostrado que la convivencia es posible: aficionados que comparten espacios con respeto, comunidades anfitrionas que reciben a visitantes y jugadores que promueven inclusión dentro y fuera de la cancha.

El reto del Mundial 2026 no solo es evitar el odio, sino convertir la convivencia en legado; lo cual implica educación de aficionados, responsabilidad en redes sociales, protocolos efectivos contra la discriminación y coherencia institucional.

La rivalidad pertenece a la cancha; el odio no. El legado del Mundial 2026 es, pues, demostrar que la diversidad se sostiene y se defiende.

Al final, como dijo Nelson Mandela: “el deporte tiene el poder de cambiar el mundo; tiene el poder de inspirar, de unir a las personas como pocas otras cosas lo hacen”.

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