Carlos Villalobos.- A veces es completamente necesario bajarle al volumen al ruido del entorno para entender qué es lo que realmente estamos escuchando o viviendo, porque contemplar, también es una postura política
El jazz no nació para el encaje milimétrico ni para la repetición robótica a la que nos están tratando de habituar y mucho menos para darnos el confort de las certezas. Hoy parecemos vivir bajo el dictado de lo calibrado, esos algoritmos que nos dicen qué ver, qué comprar y, de forma más cínica, qué pensar; el jazz opera bajo una lógica que hoy se siente casi subversiva: la del riesgo.
En medio de esta realidad optimizada hasta el hartazgo por la inteligencia artificial, donde la hiperconexión nos tiene atrapados en un flujo que no descansa y la postverdad diluye cualquier borde verificable, el jazz emerge como un antídoto necesario. No es que se oponga a la tecnología con el puño en alto; simplemente la descoloca porque no busca la perfección, basta recordar que hace no mucho desde este mismo espacio, con poemas lograron saltar todas las defensas de ciertos agentes de inteligencia artificial analistas de ciberseguridad.
A veces nos metemos en la madriguera de conejo de la inmediatez y olvidamos que el jazz conserva algo que hoy es un lujo de pocos: el margen. Margen para el error, para la improvisación, para lo que es profundamente humano.
Mientras la cultura actual premia la exactitud del click, el jazz se toma su tiempo, no tiene prisa por responder y no sigue una ruta trazada en un mapa digital. Se construye en el acto de pisar el pasto, en la escucha real, en esa conversación invisible que igual y no se repetirá nunca más. En el Jazz, hay una tensión viva, un hilo que se tensa y se afloja en tiempo real, algo que ninguna IA puede predecir porque la tecnología optimiza, reduce la fricción y nos entrega versiones pulidas de nuestros propios sesgos.
El jazz no necesita viralizarse ni ser políticamente correcto, solo necesita ser y en ese gesto hay una potencia distinta que nos obliga a detenernos. Hoy que se nos empuja hacia la técnica impecable, el jazz nos recuerda que la belleza suele esconderse en lo imperfecto: en la nota que llega tarde, en el silencio que incomoda, en la decisión que se toma en el segundo exacto antes de que todo colapse.
El Jazz es la invitación a salirnos del scroll infinito, dejar de lado por un momento la hiperconexión que nos agota y simplemente poner un disco, dejar que corra, no hacer nada más que escuchar y quizás ahí, en ese espacio entre un ritmo que se acelera y una armonía que se disuelve, logremos encontrar un lugar que no le pertenece a los algoritmos.
Un espacio donde todavía, a pesar de todo el caos, cabe la contemplación y eso, en los tiempos que corren, es una victoria absoluta.
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