Dr. Omar Bazán Flores.- La Unión Europea ya puso día y hora a uno de los cambios más visibles en la vida cotidiana de bares y restaurantes: a partir del 12 de agosto de este año, quedará prohibido ofrecer sobres monodosis de salsas y condimentos como kétchup, mayonesa, mostaza, azúcar o sal en el servicio dentro de los locales.
Se trata de una decisión que me parece lógica y necesaria. Son productos de un solo uso, difíciles de reciclar y generadores de una cantidad de residuos desproporcionada frente a su utilidad real.
La medida forma parte del nuevo reglamento europeo sobre envases y residuos de envases, cuyo objetivo es reducir de manera significativa el uso de plásticos desechables y avanzar hacia una economía más sostenible. Durante años hemos asumido estos envases como parte normal del servicio, sin cuestionar su impacto. Sin embargo, su presencia en millones de mesas cada día los convierte en un problema que pocas veces se ha visibilizado.
Es cierto que esta decisión no resolverá por sí sola el problema del plástico, pero sí actúa sobre una fuente constante y evitable de contaminación. En ese sentido, es una medida concreta y efectiva.
El anuncio ha sido recibido con reservas por parte del sector de la comida rápida. Esta resistencia recuerda a la que existió cuando se prohibió fumar en espacios cerrados, una medida que en su momento generó rechazo y hoy es reconocida como una política clave de prevención de enfermedades. Todo indica que aquí ocurrirá algo similar.
Vendrá, sin duda, un proceso de adaptación. Existen alternativas viables como dispensadores o envases reutilizables que ya funcionan en muchos establecimientos sin afectar el servicio ni la higiene. Las organizaciones ecologistas ven en esta prohibición un paso coherente contra uno de los símbolos más claros del plástico innecesario, y no les falta razón: los sobres monodosis están diseñados para durar segundos y contaminar durante décadas.
Del otro lado, algunos hoteleros y restauranteros advirtieron sobre problemas de higiene, inversión inicial y ajustes operativos. Son preocupaciones comprensibles, pero no descubren el hilo negro. Muchos negocios ya han demostrado que el cambio es posible sin generar conflictos sanitarios ni rechazo de los clientes. Más que una imposición debe ser vista como una adaptación que hemos aplazado.
También han surgido críticas que acusan a la Unión Europea de exceso de regulación. Sin embargo, la norma contempla excepciones claras, como el servicio a domicilio y los entornos sanitarios, además de un amplio periodo de transición, que será de 2 años.
Quiero aclarar que este cambio no transformará por completo el problema del plástico, pero avanza en la dirección correcta de menos residuos, menos desperdicio y una mayor responsabilidad en los hábitos de consumo cotidianos.
La eliminación de las monodosis no es solo una medida ambiental. Es una revisión de un modelo de conveniencia basado en el uso desechable, que traslada nuevas responsabilidades a la comunidad.
Esta decisión europea vuelve a mostrar un entendimiento claro de la crisis ecológica global.
Lo veo dentro de un enfoque de protección que merece reconocimiento y que puede servir de ejemplo para nuestro país, donde millones de plásticos terminan contaminando fuentes de agua, obstruyendo drenajes y saturando basureros, con tiempos de degradación que duran décadas.

