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El feminismo y el colesterol

Alejandro Cortés González-Báez.- Frecuentemente atiendo casos de matrimonios con problemas en los que muchas mujeres manifiestan su desilusión al ser maltratadas por sus esposos. Claro que esos tratos malos pueden ser diversos, entre ellos, la indiferencia.

Esto me recuerda un chiste en el que la chica le dice a su novio: “Dime algo con amor” y él le dice: “amortiguador”. Una vez más aparecen, esas formas distintas de pensar de los dos sexos.

Para mí existen dos tipos de feminismo, como existen dos tipos de colesterol: el bueno y el malo. El bueno defiende una concepción femenina de la mujer y el malo consiste en una equiparación de ella con el hombre, y cuando se pretende hacerlos iguales se está atentando contra la naturaleza.

Francisco dijo que cuando falta la mujer, falta la armonía. “Esta es una sociedad con una marcada actitud masculina… Muchas veces escuchamos: ‘Es necesario que en esta institución haya una mujer para hacer tal cosa… La mujer, dicen algunos, está para lavar los platos’. No. La funcionalidad no es el propósito de la mujer. Es verdad que la mujer debe hacer cosas, y hace cosas como todos debemos hacerlas. El verdadero propósito de la mujer es meter la armonía en el mundo. Sin la mujer no hay armonía.

“El hombre y la mujer no son iguales, tampoco son uno superior al otro… Sólo que el hombre no trae la armonía. Es ella la que trae la armonía. Es ella la que nos enseña a acariciar, a amar con ternura, y que hace del mundo una cosa bella… Y esto es lo que trae la mujer. La capacidad de enamorarse. Es verdad que la mujer tiene que hacer cosas, y hace, como todos hacemos cosas. El objetivo de la mujer es brindar la armonía, y sin la mujer no hay armonía en el mundo.

“La explotación de las personas es un crimen de lesa humanidad, es verdad. Pero la explotación de la mujer es un crimen mayor, porque destruye la armonía que Dios ha querido dar al mundo; es destruir a la mujer que es la poesía, es la belleza; sin ella el mundo no sería tan bello, no sería armónico. Me gusta pensar que Dios creó a la mujer para que todos nosotros tuviéramos una madre”.

Personalmente me atrevo a afirmar que si todos —incluyéndolas también a ellas— tratáramos a las mujeres de acuerdo a su forma femenina de ser… todo en este mundo sería distinto, sería mejor, sería como debe ser.

Para que los hombres aprendamos a respetar a las mujeres como tales, es indispensable que ellas se respeten a sí mismas, que respeten a las demás mujeres y, sobre todo, que se sientan orgullosas de ser mujeres, femeninamente mujeres, y no se rebajen a la altura de los hombres sin educación en sus modales, actividades, lenguaje y forma de pensar.

Sólo si la mujer recupera su auténtica identidad —femenina— podremos salvar a las futuras generaciones.

www.padrealejandro.com

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