Dr. Fernando A. Herrera M.- En el análisis de fondo de las relaciones internacionales existe una máxima que la política nunca ha podido derrotar: los datos duros y la realidad estructural de los mercados siempre se imponen sobre los discursos. México no es un vecino prescindible; es uno de los motores de la competitividad de los Estados Unidos.
¿Cómo llegamos a este punto de fortaleza? La semilla de esta integración progresiva se plantó en 1992, aunque germinó hasta 1994, con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
Nuestra economía era una fracción de la que es o somos ahora: el Producto Interno Bruto (PIB), al inicio del tratado apenas era de unos 380 mil millones de dólares anuales. Luego de tres décadas y media de interacción, de negociación e instalaciones de plantas allá y acá, modernizaciones e intercambios de bienes y servicios, incluidas las necesarias modificaciones y transiciones, se llegó al actual T-MEC.
En este tiempo México multiplicó por cinco su economía y se ha convertido en el primer socio comercial de Estados Unidos.
Esta multiplicación de la economía mexicana no ocurrió de forma aislada ni a expensas de nuestro vecino del norte; porque se construyó mediante una progresiva fusión de procesos productivos entre los tres países, aunque mayormente entre Estados Unidos y México.
La idea de un presidente estadounidense o mexicano, incluso un primer ministro de Canadá —sin importar quién sea— de desmantelar esta relación chocará de frente con la realidad.
México, en su carácter de socio comercial número uno de Estados Unidos, con un intercambio bilateral que ya ronda los 870 mil millones de dólares anuales y que, de mantener el ritmo, podría rebasar el billón hacia el final de esta década, es un dato demoledor porque resulta que más de 20 estados de la Unión Americana dependen del comercio con nuestro país para mantener a flote sus economías locales, y en 12 de ellos esa relación es crítica, porque México también es su comprador número uno.
Cualquier bloqueo o imposición de tarifas arancelarias significaría la ruina automática para empresas gigantes de Texas, porque ese estado envía más de una cuarta parte de sus exportaciones industriales y energéticas a México.
También congelaría líneas de ensamblaje en Michigan, un estado en el que casi el 40% de sus ventas al exterior vienen a nuestro país.
Gobernadores y legisladores de esos estados y de otros como California, Arizona y Nuevo México, serían los primeros en oponerse a cualquier intento de aislamiento —no por simpatía, sino por la supervivencia de los empleos y de las empresas locales—. El comercio con México sostiene directamente a cerca de seis millones de trabajadores estadounidenses; destruir esa relación sería como dispararse en el pie.
La razón de este blindaje radica en lo que los expertos llaman: “integración de las cadenas de valor”. En Norteamérica hace tiempo que no se intercambian productos terminados; porque se fabrican en conjunto. Hay sectores de alta tecnología, electrónicos y automotriz en los que un componente o semiconductor cruza la frontera común hasta una docena de veces antes de ser ensamblado en el producto final.
Es un cuerpo único. De hecho, se calcula que entre el 60% y el 70% del contenido de las exportaciones que México envía a Estados Unidos está compuesto por insumos fabricados originalmente por obreros de Ohio, Indiana o Pensilvania. Imponer aranceles ciegos a México es, en realidad, poner impuestos a los propios productores y consumidores estadounidenses.
Dejando fuera a Canadá por una cuestión de proporciones, la realidad es que la geografía y la historia económica tomaron desde hace años una decisión irreversible, al menos para la política o más directamente para los políticos.
Mientras México acelere su transición hacia industrias del futuro como la electromovilidad y consolide su posición estratégica, la soberanía compartida de Norteamérica seguirá siendo el mejor escudo.
Los discursos de campaña van y vienen cada cuatro o seis años, pero los cientos de miles de millones de dólares que cruzan la frontera común no son solo una cifra: son un lazo de acero que la retórica jamás podría romper.
Alguien puede robar la mano en esta partida, pero no puede cambiar las cartas repartidas sobre la mesa. La revisión del tratado durará lo que tenga que durar; después vendrán otras negociaciones que volverán a encarrilar todo para seguir, con paso firme, hacia la integración económica y, tal vez, solo tal vez, algo más allá.
Dr. Fernando A Herrera. Periodista y politólogo, es Doctor en Administración por la UACH. Presidente del IEE Chihuahua (2006-2015); presidente de Instituciones Electorales de las entidades federativas en México (2014). Es autor de la trilogía “Secretos” filosofía para la vida cotidiana. Presidente y director general de chihuahuaexpres.com.mx
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