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Dos años de continuidad, identidad propia y los pendientes de México

Lic. Héctor Ramón Molinar Apodaca (Facilitador Privado).- El primero de octubre se cumplieron dos años desde que Claudia Sheinbaum Pardo asumió la Presidencia de la República. Es un momento oportuno para hacer una reflexión alejada tanto del aplauso automático como de la descalificación permanente. México necesita aprender a evaluar a sus gobernantes con serenidad y reconocer lo que funciona, señalar lo que falta y exigir resultados.

Claudia Sheinbaum llegó al poder con una definición política muy clara, que consiste en dar continuidad al proyecto de la Cuarta Transformación iniciado por Andrés Manuel López Obrador. Ella misma ha reiterado que no existe ruptura con ese movimiento.

Sin embargo, dos años de ejercicio presidencial también permiten advertir que ha ido construyendo una forma propia de gobernar. Continuidad no significa necesariamente identidad absoluta. Cada presidente enfrenta circunstancias distintas y termina imprimiendo su carácter a las decisiones del Estado.

El Segundo Informe de Gobierno ofrece cifras que merecen ser consideradas. El Gobierno Federal sostiene que los Programas para el Bienestar alcanzan a 42.8 millones de personas. Las pensiones, becas y nuevos apoyos, como la Pensión Mujeres Bienestar, confirman que la política social continúa siendo uno de los ejes centrales del gobierno. También se han reportado avances en infraestructura hospitalaria, vivienda, educación e inversión pública.

Pero gobernar un país no puede medirse solamente por los programas sociales. México necesita producir riqueza para poder distribuirla. Y ahí aparece uno de los principales desafíos. La economía ha conservado estabilidad, pero el crecimiento continúa siendo modesto. El Fondo Monetario Internacional proyecta para 2026 un crecimiento cercano al 1.5 por ciento y ha señalado la necesidad de continuar fortaleciendo las finanzas públicas y reducir la deuda. No se trata de negar los avances ni de anunciar catástrofes, sino de reconocer que sin crecimiento sostenido será difícil atender las enormes necesidades de una nación de más de 130 millones de habitantes.

Otro tema inevitable es la seguridad. El gobierno informa una disminución importante de los homicidios dolosos durante estos dos años. Es una noticia que debe valorarse, pero que no permite declarar resuelto el problema. La extorsión, las desapariciones, el control territorial de organizaciones criminales y la inseguridad que todavía sienten muchas familias obligan a mantener una estrategia firme, profesional y, sobre todo, sujeta a resultados verificables.

Existe además un desafío que para quienes vivimos en la frontera resulta especialmente visible, como la relación con Estados Unidos. México comparte con su vecino comercio, migración, seguridad, agua, inversiones y millones de historias familiares. La relación exige cooperación, pero también respeto. La presidenta ha insistido en una fórmula que considero fundamental para cualquier gobierno mexicano, en colaborar sin subordinación y defender la soberanía sin convertirla en aislamiento. La soberanía no debe utilizarse como discurso vacío; debe expresarse en una relación internacional seria, inteligente y digna.

También debemos hablar de las instituciones. Una transformación verdadera no puede depender exclusivamente de la popularidad de una persona o de un partido. Las instituciones deben sobrevivir a los gobernantes. La justicia, la transparencia, la división de poderes, la rendición de cuentas y el respeto a las libertades son indispensables, cualquiera que sea el proyecto político que gobierne.

Dos años son suficientes para evaluar tendencias, pero no para escribir la historia definitiva de un sexenio. Faltan cuatro años y seguramente vendrán circunstancias que hoy ni siquiera imaginamos. Lo que sí podemos exigir desde ahora es congruencia entre el discurso y los resultados.

México tampoco puede seguir dividido entre quienes creen que todo lo realizado por la Cuarta Transformación es perfecto y quienes sostienen que absolutamente todo está mal. Ninguna de esas posiciones ayuda a construir un país.

Reconocer un acierto no significa renunciar a la crítica. Señalar un error tampoco convierte a nadie en enemigo del gobierno. La crítica responsable fortalece al poder cuando éste sabe escucharla.

Claudia Sheinbaum tiene todavía cuatro años para consolidar su propio legado. El resultado no deberá medirse solamente por encuestas o discursos, sino por algo mucho más sencillo y profundo que son los resultados. Si al terminar su mandato los mexicanos vivimos con mayor seguridad, justicia, oportunidades y esperanza, tendremos la respuesta del significado de la democracia. Porque finalmente los gobiernos pasan. México permanece.

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