Soc. Omar Jesús Gómez Graterol.- Para los autores y seguidores de los discursos de la izquierda, el colapso del capitalismo en su etapa superior y como lógica que rige a la mayoría de las sociedades contemporáneas, su sustitución por el socialismo y posteriormente por el comunismo, constituyen una especie de verdad absoluta. Aparentemente, no esperan otras posibilidades de organización social, económica, cultural y política para los pueblos del mundo, en la circunstancia de que el orden predominante vigente, implosione o cese –por sus contradicciones intrínsecas– según el enfoque teórico. Aseverar lo contrario, es casi una blasfemia o una herejía.
Sin embargo, una cosa es lo que afirman los intelectuales y otra es la que indica la realidad (ya que no siempre coinciden). Y, desde tiempo atrás, en las ciencias sociales, se sabe que esta última se resiste a ser categorizada y, por lo tanto, a dejarse predecir. Por lo que, es factible señalar que de pasar del deseo a la materialización del paradigma utópico hay un camino incierto qué recorrer y no garantiza que se llegue a una fase de convivencia tal cual como la enunciaron los artificies originales de esta representación marxista.
La historia (que los afines de Marx, Engels y Lenin invocan como una suerte de entidad divina, con vida propia y capacidad para juzgar), los ha desilusionado frecuentemente. Por lo que tal vez, sea momento oportuno para evaluar el contenido de esta propuesta e intentar separar lo que es utopía de lo que es real. Asimismo, despojarla de ese barniz de sacralidad que se le ha otorgado.
Para los partidarios de esta revolución mundial se trata de períodos inevitables, que se pueden retrasar o acelerar, pero no detener. Por ello, buscan implementar estrategias para que su concreción se produzca con celeridad, señalando a quienes dudan de esta predestinación, simplemente, como carentes de conciencia o con dificultades para percibir lo que es inexorable. No obstante, este argumento en sí no alcanza a sostenerse.
Se acusa al sistema actual de provocar explotación, desigualdad, exclusión y muerte (lo que nadie pone en tela de juicio), pero al realizarse la aplicación del marxismo, los resultados no distan significativamente del primero. Solo que en la segunda ocasión se justifican estas situaciones como daños colaterales convenientes para acercarse a escenarios en los que la gente gozará de justicia –aunque probablemente no de paz, pues en su esencia el planteamiento es confrontativo–. Correspondiendo el precio a pagarse. Observamos así, múltiples tiranos, imponiendo sus versiones para defender sus abusos.
La necesidad de contar con un adversario permanente para movilizar lo histórico, solamente consigue despertar miedos y odios hacia ese otro u otros que hay que neutralizar o aniquilar, manteniendo un aparataje que se lubrica de la rabia o del temor.
De modo similar, el ideal de esta iniciativa parece tener problemas para: lidiar con la individualidad, autonomía y libertad de las personas, el ámbito privado, las opiniones y explicaciones que se apartan de sus marcos conceptuales, perspectivas diferentes del comportamiento colectivo, soluciones que discrepan con este razonamiento o que aportan visiones nuevas a los desafíos vivenciados cotidianamente e, incluso, con lo científico. Aquellos eventos que no se acoplan o sintonizan con sus interpretaciones y/o filosofía, de alguna manera, son sancionados, rechazados, omitidos o ignorados.
De acuerdo a lo expuesto y si este conjunto de ideas quiere exponerse como una opción adecuada para un destino mejor para todos, la invitación a los simpatizantes de este proyecto es a examinar qué lo vacía y qué lo llena de humanidad. No convertirlo en dogma y tomar de éste lo que empíricamente es viable y descartar lo inviable del mismo. Ya que, en su nombre y donde se ha experimentado, se han cometido atrocidades tras el anhelo de promesas bastante esquivas, en un futuro indeterminado que se ha prolongado exageradamente en el transcurso de los años para el provecho de unos pocos en detrimento de muchos.
Es así que, también cabe la reflexión sobre la ruina o eclosión de la prédica izquierdista dando espacio a una transformación orgánica necesaria y un resurgimiento de movimientos progresistas que procuren ofrecer alternativas innovadoras al modelo capitalista.
En efecto, si para preservar su estabilidad –una vez que asumen el poder– requieren emplear recurrentemente las fuerzas represivas del Estado contra la población, algo no está funcionando correctamente y tiene que ser revisado.

