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Democracias, oposición, partidos políticos y OSC

Soc. Omar Jesús Gómez Graterol.- En toda democracia existe un recurso muy valioso, pero desdeñado e incomprendido en su función, así como en la relevancia que posee para la salud de la convivencia en sociedad. Se trata de la práctica de la oposición. Esta es un requerimiento esencial en los sistemas que intentan priorizar la voluntad de las mayorías sobre las minorías, pero sus ventajas suelen desaprovecharse por los actores políticos y sociales.

En Latinoamérica, donde en muchos países se tiende más a la emocionalidad que a la racionalidad al momento de manejarse los asuntos públicos, este menosprecio ocasiona con frecuencia equivocaciones costosas con secuelas que duran desde meses hasta años, e igual cantidad de tiempo para corregirse (cuando pueden enmendarse y no se producen daños permanentes). Se perjudica, así, tanto al Estado como a la población, pero es en esta en quien normalmente impactan con considerable dureza los estragos de las malas decisiones que aplican los agentes de poder.

Las naciones contemporáneas que francamente procuran la libertad, la justicia y buscan alejarse de las dictaduras o totalitarismos, posibilitan la participación de variados entes con diferentes posturas ideológicas, además de propuestas de gerencia divergentes en las contiendas electorales. Asimismo, mantienen espacios para la crítica, la denuncia y el disentimiento; lo que corresponde si se quiere conseguir amplitud de miras en relación con la realidad, para así atender los desafíos que esta presenta constantemente.

Por el contrario, en aquellas con tendencias autoritarias o autocráticas, la disidencia en cualquier forma es perseguida y penalizada. No obstante, esto no evita que un error siga siendo un error y así se observan acciones gubernamentales que exclusivamente complacen la egolatría de los mandatarios que las impulsan y que no benefician más que a unos cuantos sujetos ligados a los principales cargos en el gobierno, además de parte de sus seguidores.

Casi nunca es fácil aceptar los argumentos que provienen de adversarios o entidades con modos de pensar, creencias y opiniones ajenas a las propias. Esto resulta más incómodo si sus apreciaciones son acertadas y nos obligan a cuestionar lo que sostenemos con convicción y define nuestros puntos de vista. Sin embargo, por el interés individual y colectivo, conviene revisar los contenidos de las iniciativas que difieren en algún grado, o son completamente opuestas a lo que concebimos como certero.

Podríamos decir que este ejercicio evidencia dos virtudes: en el primer caso, si se está errado, ayuda a rectificar el curso de las disposiciones adoptadas para el provecho de la ciudadanía; en el segundo, si se está en lo correcto, contribuye a afianzar las gestiones que se vienen ejecutando y a tener fundamentos sólidos para respaldarlas y defenderlas. Por lo expuesto, aunque no se simpatice con ideas distintas, siempre es oportuno examinar las mismas. Si bien el otro no tiene por qué volverse un amigo, esto forzosamente no lo transforma en enemigo, sino solo en oponente.

Con anterioridad, y en lo que se conocía como “democracias representativas”, los partidos obtenían una suerte de rol de intérpretes de las necesidades y deseos de los ciudadanos, acordando brindar respuestas o soluciones a los mismos al lograr convertirse en la administración estatal de turno. Pese a ello, varios se alejaban de sus responsabilidades y pronto olvidaban los compromisos adquiridos con los votantes una vez que alcanzaban la posición a la que aspiraban, por lo que cayeron en desprestigio y con un alto rechazo popular, anhelándose incluso su desaparición. Pero no hay que confundir a las fuerzas políticas con los dirigentes.

En la actualidad, en el tablero democrático conservan su importancia, a pesar de que ya no tengan la antigua fortaleza de décadas atrás y no sean los únicos en este escenario. En efecto, otras figuras se han sumado al juego sociopolítico, como organizaciones no gubernamentales (ONG) u organizaciones de la sociedad civil (OSC), candidatos independientes sin maquinaria partidista que los acompañe, etc., lo que fomenta una pluralidad de fórmulas y alternativas para regir los destinos de los electores, por lo que la exhortación es a mantenerlos vigentes.

Quizás suene fantasioso, pero, en principio, se debe pretender el debate o la discusión persiguiendo lo mejor para las personas en un clima de reconocimiento y respeto mutuo (tomando en cuenta que esto último escasea hoy en día). Nadie ostenta la verdad absoluta y asumir las discrepancias como algo personal se torna, por lo general, en una falla.

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