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Cuando la familia se rompe

Héctor Ramón Molinar Apodaca (Facilitador Privado).- La familia ha experimentado profundas transformaciones durante las últimas décadas. Quienes hemos ejercido por muchos años el Derecho Familiar hemos sido testigos de esos cambios, no solamente en las leyes, sino principalmente en las personas que llegan a nuestros despachos buscando una solución a conflictos que generalmente comenzaron mucho antes de pensar en un divorcio.

Todo matrimonio o unión de pareja enfrenta dificultades. Dos personas tienen caracteres, historias, costumbres y maneras diferentes de entender la vida. Construir un proyecto común exige amor, respeto, comunicación, tolerancia y disposición para comprender que, a partir de esa unión, muchas decisiones dejan de ser exclusivamente individuales.

También ha cambiado nuestra concepción sobre la permanencia de las relaciones. Hoy existe la posibilidad jurídica de terminar un matrimonio cuando la vida en común se vuelve imposible. Considero que hay circunstancias en las cuales la separación no solamente resulta comprensible, sino necesaria, especialmente cuando se encuentran comprometidas la dignidad, integridad o seguridad de alguno de los integrantes de la familia.

Sin embargo, hay dos factores que aparecen reiteradamente en muchos conflictos familiares: la violencia y las adicciones.

En mi experiencia como abogado en materia familiar he conocido asuntos en los que niñas, niños y adolescentes crecen entre discusiones, amenazas, agresiones, indiferencia y abandono emocional. Escuchan y observan conductas que nunca deberían considerar normales y, en los casos más graves, terminan involucrados directamente en el conflicto de sus propios padres.

La violencia familiar no se limita a los golpes. Puede manifestarse de manera física, psicológica, sexual, económica o patrimonial. También existe la violencia vicaria, en la cual las hijas y los hijos pueden ser utilizados para causar daño a la madre, convirtiendo a quienes deberían ser protegidos en instrumentos del conflicto entre adultos.

Las adicciones pueden agravar dramáticamente esta realidad.

El consumo problemático de alcohol y otras sustancias puede provocar pérdida de control, incumplimiento de responsabilidades, deterioro económico, conflictos constantes y episodios de violencia. A ello debemos agregar otras conductas problemáticas, como el juego y las apuestas, que pueden destruir en poco tiempo el patrimonio y la confianza construidos durante años.

Existe además un obstáculo particularmente difícil: la negación.

Cuando una pareja llega a una asesoría jurídica generalmente habla de incompatibilidad, abandono, celos, infidelidad, dinero, alimentos, custodia de los hijos o falta de comunicación. Sin embargo, al conocer con mayor profundidad la historia familiar, no es extraño encontrar detrás del conflicto problemas relacionados con el alcohol, las drogas, el juego u otras conductas adictivas.

Y precisamente lo que más cuesta es reconocerlo.

Las adicciones no deben ser vistas simplemente como “vicios” o como una falta de voluntad. Existen trastornos relacionados con ellas que requieren atención y para los cuales hay profesionales, instituciones y grupos de ayuda. Reconocer que existe un problema no representa una derrota; puede constituir el primer paso para recuperar una vida y evitar mayores daños a la familia.

El derecho puede decretar un divorcio, establecer alimentos, determinar la guarda y custodia, dictar medidas de protección y regular las convivencias. Pero ninguna sentencia puede, por sí misma, sanar las heridas acumuladas durante años dentro de un hogar.

Por ello, debemos hablar también de prevención y responsabilidad. No esperemos hasta que exista una demanda judicial para reconocer que algo está sucediendo. Pedir ayuda oportunamente puede cambiar el rumbo de una familia. Una persona que reconoce su problema y acepta recibir ayuda comienza a trabajar por sí misma, pero también puede evitar que sus hijos continúen creciendo entre miedo, incertidumbre y violencia.

Y cuando existen niñas, niños y adolescentes debemos tener presente algo fundamental: ellos no pueden convertirse en instrumentos de revancha entre los adultos. Los conflictos de pareja corresponden a los padres; los hijos tienen derecho a crecer con dignidad, seguridad y estabilidad emocional.

La familia perfecta probablemente no existe. Existen familias con problemas, diferencias y errores. También existen el perdón, la reconciliación y la posibilidad de cambiar cuando todavía hay respeto, seguridad y voluntad verdadera de hacerlo. Pero hay algo que nunca debemos normalizar: la violencia.

Proteger a la familia no significa conservarla unida a cualquier precio. Significa proteger a cada una de las personas que la integran y, particularmente, a quienes tienen menos posibilidades de defenderse: nuestras niñas, niños y adolescentes.

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