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Cuando el fútbol lo ocupa todo

Mario Álvarez.- No me gusta el fútbol. Lo digo con respeto y sin ánimo de provocar. Entiendo la pasión que despierta en millones de personas y reconozco su importancia cultural, económica y social. Sin embargo, precisamente por su enorme influencia, vale la pena preguntarnos qué ocurre cuando un solo tema concentra tanta atención pública.

Cada torneo importante transforma la conversación nacional. Los medios dedican horas de transmisión, las redes sociales giran alrededor de resultados y figuras deportivas, y gran parte de la discusión pública parece reducirse a lo que sucede dentro de una cancha. No es un fenómeno exclusivo de México; ocurre en buena parte del mundo, pero eso no significa que no deba analizarse.

Desde una perspectiva educativa, el fútbol es un extraordinario generador de identidad colectiva. Une generaciones, regiones y clases sociales alrededor de símbolos compartidos. Sin embargo, también puede convertirse en una forma de entretenimiento tan dominante que desplaza otros debates igualmente importantes: la calidad educativa, la ciencia, la cultura, el medio ambiente, la participación ciudadana o las desigualdades sociales.

No se trata de culpar al deporte. El problema no es el fútbol, sino la desproporción. Cuando un resultado deportivo genera más conversación que una reforma educativa, una crisis ambiental o un descubrimiento científico, quizás deberíamos preguntarnos qué tipo de prioridades estamos construyendo como sociedad.

Como docente, observo con interés cómo miles de estudiantes pueden memorizar alineaciones, estadísticas y trayectorias de jugadores, mientras muestran poco interés por temas históricos, científicos o culturales. Esto no demuestra que el fútbol sea negativo; demuestra que somos capaces de aprender profundamente aquello que nos apasiona. El reto educativo consiste en generar ese mismo nivel de interés por otros conocimientos que también son fundamentales para el desarrollo humano.

El fútbol mueve emociones, y las emociones son necesarias. Pero una sociedad no puede sostenerse únicamente sobre emociones. También necesita reflexión, pensamiento crítico y participación informada. Necesita ciudadanos que celebren un gol, si así lo desean, pero que también se interesen por los asuntos que definirán el futuro de sus comunidades.

Por eso, quienes no somos aficionados al fútbol no estamos necesariamente rechazando el deporte. Más bien, estamos recordando que existe un mundo mucho más amplio que una cancha. Un mundo donde también se juega el futuro del país, aunque no haya árbitros, uniformes ni trofeos.

Y quizá esa sea la pregunta más importante: ¿dedicamos la misma energía a construir una mejor sociedad que la que dedicamos a seguir un campeonato? Porque ahí también se disputa un partido decisivo.

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