Padre Eduardo Hayen.- Fue condenado a cadena perpetua “el Mayo” Zambada, líder del cártel de Sinaloa, en una corte de New York. Después de tres décadas dedicado al crimen organizado en el cártel más poderoso del mundo, Zambada escuchó su sentencia, y luego pronunció las palabras más sensatas de su vida:
“Pido perdón por el daño causado… Si hay algo que puedo decir hoy que tenga valor, es esto: la violencia debe terminar. En México y en otros lugares afectados por este tipo de crimen, se pierden demasiadas vidas, de destruyen demasiadas familias y demasiados jóvenes quedan atrapados en un ciclo que sólo lleva a la cárcel o a la muerte”.
Con su sed de poder, codicia y violencia, “el Mayo” provocó un infierno en la tierra para muchas personas. Finalmente, no pudo escapar de la justicia humana, pero ¿podrá huir de la misericordia divina? Esperemos que no. Para eso tendrá suficiente tiempo cuando contemple, durante el resto de su vida, sólo el techo y las paredes de una pequeña celda, aislado de los demás y con escaso contacto humano.
En los largos silencios de esa prisión Dios estará llamando a su corazón para que en Ismael “el Mayo” Zambada, cobre vida la parábola del hijo pródigo y vuelva a la casa paterna. Oremos siempre por la conversión de los pecadores, empezando por la nuestra.
Tío Sam contra el narco
El gobierno de Estados Unidos va muy en serio contra los cárteles del narco –clasificados algunos como organizaciones terroristas– y contra los políticos que se beneficien de ellos. Todos ellos son considerados enemigos de Estados Unidos.
Dos grupos criminales han entrado recientemente en la lista de organizaciones terroristas internacionales, entre ellos el cártel de Juárez o La Línea, que opera en Chihuahua. Esto debe de preocupar a los políticos que tengan nexos con el narco: las piezas del tablero electoral para 2027 podrían cambiar en cualquier momento y ellos podrían terminar en la cárcel.
El narco es un mal grave que corrompe la política y destruye la sociedad. Combatirlo con instrumentos legales internacionales es moralmente defendible si se hace con proporcionalidad, respeto a los derechos humanos y la búsqueda del bien común. Sin embargo, la verdadera solución no es por presiones externas de Washington o cuestiones geopolíticas, sino por la construcción del tejido moral de la sociedad: educación, trabajo digno y oportunidades, fortalecimiento de las familias y libertad religiosa que se traduzca en una presencia más viva de la Iglesia, sobre todo en las zonas de violencia.
La delicada situación que vive hoy en la política mexicana y el temor a las consecuencias electorales debe invitar a todo político a rechazar cualquier pacto con el mal y servir al pueblo con honestidad. Nuestra esperanza más profunda no está en Washington ni en los gobiernos, sino en el reinado de Jesucristo y en una sociedad libre de drogas, construida sobre la verdad y el bien.

