Lic. Héctor Molinar (Facilitador Privado).- En México –y en buena parte del mundo– hay una práctica cada vez más frecuente y más peligrosa: utilizar el nombre de Jesucristo como herramienta política.
Se le invoca en discursos, se le cita en campañas, se le menciona en decisiones públicas… pero rara vez se le honra en los hechos.
Jesucristo no es un recurso retórico, no es una frase conveniente ni un símbolo utilitario. Para millones de personas es Dios. Y cuando su nombre se usa para justificar intereses personales o decisiones alejadas de la verdad y la justicia, no solo se comete un exceso: se traiciona lo que se dice representar.
Lo preocupante no es que un político crea. Eso, en sí mismo, es respetable. Lo grave es cuando dice creer… y actúa exactamente en sentido contrario.
Porque no se puede hablar de Cristo y gobernar con mentira.
No se puede invocar a Dios y tolerar la corrupción.
No se puede citar el Evangelio y dividir deliberadamente a la sociedad.
Jesucristo fue claro: el que quiera ser el primero, que sirva. El que tenga poder, que lo ejerza con humildad. El que hable, que diga la verdad. Nada de eso se parece al espectáculo político que vemos con frecuencia.
Hoy, el nombre de Dios se pronuncia en tribunas donde al mismo tiempo se manipulan cifras, se descalifica al que piensa distinto y se toman decisiones que afectan a los más vulnerables. Se habla de fe mientras se practica la simulación. Se habla de valores mientras se normaliza la incongruencia. Se habla de justicia, pero se gobierna con selectividad. Se habla de pueblo, pero se escucha solo a los afines.
Se habla de moral, pero se negocia en lo oscuro.
Eso no es religión. Es conveniencia.
Y la conveniencia disfrazada de fe es una de las formas más peligrosas de engaño, porque desarma a la sociedad, confunde, divide y normaliza lo que no debería ser normal.
No hace falta ver muy lejos para entenderlo, pues cuando lo sagrado se convierte en herramienta, pierde su sentido y cuando se pierde el sentido de lo sagrado, también se pierde el límite. Porque entonces todo se vale. Se vale mentir “por una causa mayor”, se vale justificar decisiones cuestionables “en nombre del pueblo”, se vale invocar a Dios mientras se actúa sin ética.
Y no. No todo se vale.
La historia –no la religiosa, la humana–, ha demostrado que la incongruencia tiene consecuencias. No siempre inmediatas, pero inevitables. Quien construye desde la simulación termina atrapado en ella. Quien usa lo sagrado como escudo, tarde o temprano queda expuesto.
No se trata de exigir perfección a quienes gobiernan. Se trata de exigir coherencia.
Si alguien decide mencionar a Jesucristo, que entienda lo que eso implica. No es una frase ligera. Es una referencia moral profunda. Es asumir un estándar de la verdad, la justicia, el amor al prójimo, la responsabilidad.
No es compatible invocar su nombre y actuar desde la mentira. No es compatible hablar de fe y fomentar el odio. No es compatible citar a Dios y despreciar la dignidad humana, sino todo lo contrario, lo más honesto sería no nombrarlo. Porque Jesucristo no necesita voceros políticos.
Y la fe no es un instrumento de poder. Es una convicción que, cuando es auténtica, se nota. Y cuando no lo es… también.
A Dios no se le usa. Se le respeta.

