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Nuevos liderazgos y modelos de acción para la potencia del norte

Soc. Omar Jesús Gómez Graterol.- Es de esperarse que con el transcurso de los años y los acontecimientos pretéritos, las personas y autoridades vayan comprendiendo lo que significa la violencia, su alcance, sus diversas manifestaciones y sus secuelas. Los efectos que trae el empleo de la fuerza bruta o el abuso del poder para conseguir ciertas metas u objetivos aun en detrimento de terceros. Se supone que las experiencias de vida van iluminando a los individuos y sociedades, además de dotarlos de virtudes como la reflexión, la paciencia, el respeto o la empatía para llevar existencias más saludables y felices orientando a las generaciones que los preceden.

Sin embargo, han ido surgiendo personajes contemporáneos (y seguidores de estos) de gran trascendencia que parecen desdecir estas tesis. Sus inclinaciones, además de prácticas belicistas, no estiman otras soluciones ajenas a la confrontación en los problemas que en el presente se advierten mundialmente. El juego suma cero positivo o la teoría de la posibilidad de que diferentes actores participen en una interacción donde todos salgan ganando, simplemente es invalidada por ellos o se torna imposible.

Esta situación es lamentable en un contexto global donde nos estamos aproximando peligrosamente a una tercera guerra mundial. En efecto, la mayoría (y si acaso no la totalidad) de los países del mundo están incrementando sus inversiones en armamento ante probables ofensivas, lo que pone en riesgo a cualquier ser vivo. Evidentemente, se trata de armas cuyas repercusiones son mucho más amplias y letales que en el pasado, por lo que los resultados de estas contiendas se vuelven cada vez más impredecibles, si bien apuntan siempre a la destrucción, miseria y muerte.

El presidente Joe Biden será recordado, entre otras cosas, por su política exterior guerrerista.  Aunque no ha sido el único (prácticamente ninguno de los dirigentes de su nación se ha eximido de aplicar ésta, sin embargo, se ha acentuado con el actual ocupante de la Casa Blanca). En los principales conflictos o tensiones que se están dando en todo el planeta: Rusia y Ucrania, Israel y Palestina, China y Taiwán, Venezuela y Guyana, entre otros, hay un elemento constante: la intervención directa o indirecta de los Estados Unidos de América.

Sus acciones se extienden desde el control del dólar para estabilizar o desestabilizar economías, la asignación de recursos para la batalla a algunas poblaciones o agrupaciones afines a sus intereses, el manejo de los medios de comunicación con discursos a favor de los que son sus aliados y en contra de aquellos que presumen como sus enemigos, hasta otras tácticas para mantener su hegemonía y aumentarla.

A pesar de esta postura, los frutos de dichas iniciativas se están tornando contraproducentes para la potencia del norte. La influencia de su moneda busca ser neutralizada con la emergencia de nuevos grupos económicos (como el BRICS) y otras divisas empleadas en el comercio internacional. Se multiplican los canales de noticias, opinión e investigación alternativos u opuestos a su ideología además de que son más numerosos los gobiernos que se incorporan a la carrera armamentista y están dispuestos a recurrir a procedimientos militares para independizarse del dominio norteamericano. 

Por lo expuesto, y ante la posibilidad cierta del retorno de Donald Trump a la presidencia, los estadounidenses deberían comenzar a considerar seriamente otros tipos de liderazgo para la conducción de su patria. Queda demostrado que la longevidad de un gobernante no implica necesariamente prudencia o la suficiente apertura a otras opciones distintas al combate para convivir en tolerancia y armonía con las demás naciones. Se requieren lideres visionarios capaces de proponer fórmulas creativas y no tradicionales (modelos económicos innovadores) para hacerle frente a los novedosos desafíos que se están planteando intercontinentalmente. Medidas que realmente fomenten las negociaciones, el diálogo y el bienestar general, procurando beneficios para todos los involucrados sin utilizar la coerción como una vía para alcanzar beneficios particulares.

De seguir con la selección de individuos incapaces de aprender lecciones históricas, el más afectado, tarde o temprano, será el pueblo norteamericano. El resentimiento exógeno suscitado por gestiones erróneas de sus mandatarios lastimosamente no distingue entre Estado y ciudadanía. Esta confusión, impulsada por la rabia, genera que se tienda a catalogar y juzgar de una misma manera a todos, pagando así justos por pecadores. Por lo tanto, las respuestas antagónicas de los habitantes de otras latitudes mundiales se dirigirán indistintamente a gobernantes y gobernados, aunque estos últimos no entiendan claramente las causas de las hostilidades hacia ellos.

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