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Ley del aborto. ¿Ganamos?

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Padre Mario Manríquez.- Este domingo les comparto una reflexión muy interesante que me hace llegar Alberto González. Espero nos ayude a tener una perspectiva más amplia que construya puentes y no se siga este camino de polarización que hasta hoy pareciera la única manera de vivir en nuestro país:

El pasado 29 de julio los ministros de la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia han votado en contra del proyecto que pedía la despenalización del aborto en Veracruz. A partir de esto la noticia en el ámbito religioso, católico, bautista y demás asociaciones religiosas inundaron las redes sociales con mensajes de alegría ante el fallo emitido.

¿Es en verdad una victoria? La sesión remota trató el tema tan solo durante veinte minutos y los votos en contra no nacieron de una convicción de cultura de la vida según el pensamiento cristiano, sino por un “problema de técnica jurídica” como indicó la ministro Margarita Ríos-Farjat.

Hicieron énfasis que su negativa al proyecto es por ser inconsistente jurídicamente: “Mi voto significa que no emito ninguna consideración ni a favor ni en contra en relación de los temas que se mencionan de fondo” expresó el juez Jorge Mario Pardo Rebolledo.

No los detuvo la “presión social” ejercida por quienes sostenemos una concepción de la vida desde el vientre materno, sencillamente se esforzaron en acentuar que ese no es el camino para lograrlo, pero que si existe uno y a partir de ahora parece ser solo cuestión de tiempo.

Personalmente el revés del proyecto no lo considero una victoria, es anacrónico incluso hablar de victoria-derrota en donde existen buenos y malos, que lejos de aportar una real solución crea bandos ficticios con pseudo-posturas que hacen más difícil la comprensión del tema del aborto.

Lo que sucedió la tarde del pasado miércoles es un llamado a la Iglesia Católica para evitar mostrarse reaccionaria. Antes de esa sesión no es perceptible un movimiento “pro-vida” que permanezca como tema de prioridad permanente en las diferentes diócesis, más aún, en los hogares de cada católico que consideramos como “iglesia doméstica”.

¿Qué piensa tu hijo, hija, hermano, hermana, tío o tía acerca del aborto?

Es fundamental iniciar en la familia, todo camino duradero de evangelización que nos lleve a una concientización y valoración objetiva y cristiana de la vida: ¿de qué le sirve al padre de familia salir a marchar con un pañuelo de determinado color si no ha transmitido a los de su casa esta convicción?

Al final, siguen muchas personas con la certeza que el aborto es algo necesario y a ellas son a quienes menos llegamos. No olvidemos esta máxima: “la ley es la expresión mínima del amor”. Creo que antes de buscar vías jurídicas que nos hagan sentirnos cómodos y dignos militantes católicos, debemos salir a las “periferias existenciales” a las que tanto nos invita el Papa Francisco.

La tarea impostergable es salir al encuentro de quienes han perdido a un hijo, antes que un juicio, nos obliga y nos llama la misericordia entrañable de Dios. Estar a un lado de quienes se enfrentan a situaciones de violación y abuso para escucharlas, acompañarlas y juntos levantar puentes solidarios que sumen al Reino de Dios y no que dividan.

Es necesario despertar de este sueño triunfal en el que mostramos carácter y enojo ante propuestas legislativas y despertar a tiempo para unir a una sociedad de por sí segregada por la violencia, crisis económica y crisis migratoria que tanto aquejan a nuestra nación y que en esos ámbitos también estamos obligados como cristianos a pronunciarnos.

Será pues decisivo el curso que le demos a nuestro accionar como Iglesia, permanecer en luchas efímeras e infértiles que solo abonan al descrédito y desconfianza ante quienes manifiestan su aprobación al aborto; o una “conversión pastoral” que edifique lazos fraternos y redirija la misión verdadera de la Iglesia: “ir a todo el mundo…”. ¡Dios bendijo a Ciudad Juárez!