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La otra normalidad

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Jorge Quintana.- Si entendemos por normalidad, lo que se ajusta a las normas de convivencia, a la forma de convivencia en la regularidad; esto es, lo que regularmente hacemos y podemos hacer, la nueva normalidad es entonces, ajustarnos a las nuevas formas de convivencia que ha establecido la política nacional de salud, como la forma de comportarnos ante el embate del virus llamado Covid-19 y la pandemia resultado de la proliferación mundial de contagios de este virus.

Pero después de estar inmersos permanentemente en ésta, la nueva normalidad con todo lo que trae consigo en la vida cotidiana, más las crisis económica y social que arrastra consigo, olvidamos qué repercusiones trae para los diferentes estratos sociales en su vida diaria.

En pleno crecimiento de la brecha digital, en la creciente depauperación de nuestra sociedad, en otros términos, en el crecimiento de la pobreza urbana, en el escenario evidente de la pérdida de los derechos a la ciudad de mayor número de habitantes de las regiones urbanas, ¿cómo enfrentaremos esta nueva normalidad?

En el aspecto de la educación básica, media y superior del sistema educativo nacional, son muchas las diferencias que se acentúan con el impacto de la pandemia y sus consecuencias, lo mismo pasa en la salud, en la economía, en la satisfacción de las necesidades fundamentales de sobrevivencia, aunado al crecimiento de la violencia. La impunidad es un ejemplo fundamental de la incapacidad del sistema para enfrentar la realidad que vive el común de los mexicanos.

Esta es la otra normalidad que no atinamos a comprender, menos a resolver. Porque lo que es claro, es la ausencia de una política de estado que atienda de manera eficiente, los fines últimos del orden jurídico: Justicia social, seguridad jurídica y bien público. A fin de cuentas, fines que todo régimen de gobierno debe tratar de cumplir en su tarea de gobernar.

Mientras la gobernanza no se satisface por la administración pública, al improvisar en las diferentes esferas de responsabilidad a funcionarios y funcionarias incapaces desprovistos de la capacitación fundamental para responder a su encargo, la administración pública carece de orden, capacidad y eficiencia; entonces, no existe la gobernanza y por lo tanto no podemos proveer a la gobernabilidad.

Esta es la otra normalidad, la que no podemos soslayar, pues es la base fundamental que da congruencia a la tarea de gobernar, habremos de preguntarnos para qué queremos a los gobernantes, si elegimos a quienes ni siquiera pueden armar un equipo de trabajo que al menos se dedique a conocer su área de responsabilidad, los reglamentos y normas que le regulan.

En resumen, pues, mientras no tengamos la certeza de que los que elegimos están plenamente capacitados para cumplir su responsabilidad, la otra normalidad seguirá imperando.