LA INVITACIÓN REHUSADA

Antonio Fernández.-  Los Salmos de David, inspirados en él por el Espíritu Santo, manifiestan a los tiempos el amor paternal que el Hijo de Dios hecho hombre, habrá de sembrar en el corazón de los seres humanos el atributo divino por el que perdona los pecados, su misericordia, caridad, bondad, generosidad y nobleza de espíritu, comprensión e indulgencia, generosidad y las demás virtudes infinitas en Dios para bien y salvación de las almas. 

La profecía en su contenido es una constante invitación que viene de las alturas, conmueve en las almas los sentimientos sublimes de su divinidad. 

Nunca imaginó Israel que la magnanimidad del Padre fuera desprenderse de su propio Hijo amado, Nuestro Señor Jesucristo, el Mesías prometido a Israel, con la misión de atraer el pueblo al redil del Señor, que para cumplirla encontró una oposición cada vez más infame, que Jesús jamás cedió. 

Por el contrario, fue un paciente esfuerzo cada vez más continuo de buscar formas y maneras para ser reconocida su Divinidad como condición primordial para su salvación, pero en nada fue reconocida y menos aceptada. 

Desde la Ascensión del Señor a los cielos hasta la fecha, continúa latente en todo cristiano la esperanza que vivió en su momento el pueblo de Israel a la venida de Jesús, pero al escuchar su doctrina y mandamiento de amor y perdón al prójimo, se trastocaron los planes de los dirigentes del sanedrín que incluso habían difundido en los demás pueblos, tratando de crear temor por ese Mesías que los sometería, les daría el poder sobre el mundo y expulsara a los romanos de la Palestina. 

Pero cuando Jesús predica de venir a salvarlos del pecado, ven que Jesús no es el camino esperado, no obstante sabiendo que es su verdadero Mesías, lo rechazaron y no reconocen su divinidad, pero sí lo persiguieron, engañando al pueblo al que hizo el sanedrín su cómplice, fueron contra Él hasta darle muerte ignominiosa. 

El beneficio de la salvación prometida llegó al límite de tolerancia divina, basándose en estos hechos, se dio paso y entrada en la doctrina de Jesús y sus mandamientos a los pueblos gentiles, los que reciben la invitación a las bodas celestiales. 

A través de los siglos cada alma viene al mundo a probar su fidelidad al Señor, recibiendo de Él los medios para hacerse merecedor y grabar en lo profundo del corazón, la necesidad de cumplir su santo y veraz mandamiento, como requisito necesario para ser invitado a las Bodas del Señor. 

El profeta David, siendo instrumento de Dios, es la voz y la palabra del Padre que busca anhelante que su deseo sea comprendido, aceptado y reconocido al decir: “Escucha pueblo mío, mi enseñanza; presta oído a las palabras de mis labios”… 

Pide nuestro Creador la aceptación limpia y generosa, habla el Padre amoroso que va al encuentro del hijo que estaba perdido, a ese momento en el pueblo de Israel, al que enseña que los bienes de salvación están en la fe, creer en su divinidad, en su promesa y su palabra consoladora que dispone el alma a la reconciliación, pues la invitación de Jesús es comunicada a todos, porque todos están invitados a las Bodas celestiales. 

La profecía revela el indulgente perdón que concede por la gracia el paternal llamado de Dios, quien no va a pedir ni ordenar cosas arduas o fatigosas, imposibles o penosas, quiere una sola exigencia interior, viva y verdadera del cristiano: la atención de su corazón para que comprenda y perciba, hasta donde Él lo ha amado. 

El deseo del Padre es que siendo las almas buenas, santas y justas, pecadoras, incrédulas y alejadas, todas tienen el derecho de ser invitados a asistir a las Bodas celestiales, invitación que no tiene excepciones, el llamado de Dios es gratuito a estar presente, no hay distingo de posición económica, social, raza o color. 

Queda más que claro: el llamado del Altísimo es para quien desee de corazón ganar el ingreso al Reino de los Cielos, sabiendo de antemano que no será de palabra o con la sola intención, se requiere del esfuerzo diario, de sobreponerse a las tentaciones y vencerlas, dominar las atracciones del mundo, no dejándose seducir por las incitaciones, sino cumplir las obligaciones que como hijo de Dios adquirió desde el Bautizo. 

Nadie está excluido de asistir al festín nupcial, donde Dios celebrará las Bodas de su Hijo con la humanidad rescatada por su Pasión. 

¿Dónde encontrar la felicidad el cristiano? Las cosas del mundo tienen su principio y su fin, pero las cosas del cielo siendo eternas, tienen un principio que no termina, así el principio de nuestra vida y de la creación están en Dios, el final de cada alma es llegar ante Él, y la del término del mundo será cuando Dios así lo disponga. 

Por eso, el principio de la felicidad de la salvación está en la Eucaristía, en ella encontrará el cristiano una anticipación del Banquete celestial, la unión espiritual y sobrenatural con que Cristo mediante la gracia santificante glorifica. 

Su caridad es fuente inagotable de compasión, su conmiseración es la compasión que vive y siente por los males del mundo que rodean a las almas, por eso su comprensión sublime nos hace participar en el Banquete Celestial su excelencia divina, cuando dijo: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día”… 

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