JESÚS FUE A ELLA

ANTONIO FERNÁNDEZ.-  Desde el principio de los tiempos, Dios ha mostrado al hombre la delicadeza, afecto y compasión de su misericordia en favor de todas las almas, siendo el mayor bien de su magnanimidad, generosidad y nobleza, haber enviado al mundo a su Hijo Amado, objeto de sus complacencias. 

Dice el Evangelista: “Porque así amó Dios al mundo; hasta dar su Hijo único para que todo aquel que cree en Él no se pierda”… Así como cualquiera sabe que uno más uno da por resultado dos, así de comprensible es la obra de Dios. 

Por todos es conocido que el mundo y el universo han sido creados para salvarnos, no para divertirnos en él o destruirlo, a éste fue enviado Jesús para enseñar a los siglos los caminos de salvación y en vez de que la humanidad agradezca y ahonde en el acto de la bondad de Dios, pase de lado. 

Como dice Jesús en la parábola del Buen Samaritano, cuando el sacerdote del sanedrín y el levita del templo, al ver a su hermano judío agónico en el desierto, ambos pasan de frente, uno sin voltear y el otro lo hace por curiosidad. 

Así estimula el tentador que incita: “¡Tú sigue! ¡No te detengas! ¡Nada que pase a los demás te importa!” porque bien comprende, que si deja que el pecador se detenga, puede escuchar la palabra de Jesús y ordenará su vida, dejará de lado el grillete de la comodidad y el placer al que está acostumbrado, puede su alma ser atraída por el corazón de Cristo, por eso dice el pecador incitado: ¡no me interesa escuchar nada! 

La Cátedra de Jesús es que seamos caritativos con el prójimo, pero la frialdad humana hacia éste es no hacerle el bien, sino el mal, mostrando falta de caridad y amor, pero eso sí, cuando se trata de que necesito sean caritativos conmigo, no pide ayuda, la exige. 

Estas negativas son contrarrestadas por la santidad de almas que sí escucharon e hicieron suya la palabra de Cristo y la convirtieron en norma de su vida. Dice San Bernardo de Claraval: “Hasta dar su Hijo único en quien tiene todo su amor que es el Espíritu Santo, es para que vivamos por Él”… 

Por eso, la venida de Jesús al mundo que inicia en el río Jordán, hasta su muerte en el Patíbulo de la Cruz, culmina la razón del suplicio, tormentos y sufrimientos, ofensas a su Divinidad de Hijo de Dios, acusarlo falsamente de una incongruencia: estar en secreto contubernio con los demonios. 

Viene de nuestra conciencia preguntar: ¿Podíamos resistir como Jesús en su agonía, las afrentas y escarnios, ultrajes descarnados y expresiones de odio? 

Jesús siendo inocente de la sentencia de muerte, nos conmueve su silencio, tolera, no responde quien con una palabra hubiera bastado para contradecirlos, quiso continuaran los agravios y ofensas, porque Él iba a lo suyo, la tortura de los clavos en sus manos y pies queman en un dolor que va en aumento. 

Es una situación anímica que nada lo detiene. ¿Qué haríamos? Nos daría un infarto o estallaría el cerebro al tratar de contener la desesperación o estallaría la ira e impaciencia. 

Pero Cristo, siendo Dios y hombre, sufre y se domina por amor al hombre; sufre los clavos y la corona de espinas, por amor al hombre; lo hostigan con crueldad y mofa de una plebe contagiada por el desprecio de sus dirigentes religiosos, paciente perdonó al buen ladrón, paciente nos heredó su maternidad, paciente solicita a su Padre el perdón de los pecados de la humanidad. 

En su angustia y congoja da un paso y se pone delante de todos los pecadores y aboga ante Dios su Padre por ellos, cuando dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”… 

No es que no se dé cuenta de lo que hacemos, conoce cómo lo hacemos y porqué lo hacemos, pero quiere tiempo en dar a esas almas pecadoras los medios de atraerlos a la salvación. La obra de Cristo revestida del valor espiritual que abarca grandes magnitudes, por el que todo hijo de Dios debe luchar para incluirse por sus propios méritos en ella. La obra del Hijo de Dios es compadecer al que sufre, como consolar al que está afligido: compasión y bondad del Señor perdurará hasta el fin de los tiempos. 

Refiriéndose San Agustín al amor de Dios por las almas, horada en sus corazones y potencias del alma, la generosidad benevolente del Señor: “La medida del amor es el amar sin medida, nada conquista excepto la verdad y la victoria de la verdad es el amor”… 

El amor a Dios tiene infinidad de caminos, con uno que se tome, conduce a más y más, porque la verdad del Señor atrae, cautiva y enaltece, tiene por fin llegar a la cúspide de la espiritualidad amorosa de Dios: la eternidad. 

El amor es la llama interior que inflama el corazón hacia el ser que se ama, conforme se conoce, ese corazón aviva en el pensamiento la pasión ardiente, es el encendido amor, de tal forma que entre más se relacionan los sentimientos amados, más se alegra el convivir y el amor será más intenso. 

Así es en los humanos, pero muchos caen en celo incontenible, otros en el desgano y muchos en el costumbrismo. En Dios, todo esto es nada comparado con su amor a las almas, el hombre y la mujer se encuentran, Dios va en busca de todas, son almas amadas por Él, las busca porque en Dios el amor que profesa a ellas es un ímpetu fogoso y predilecto, que hay celo en el Señor. 

¡Sí! Es celo divino, porque siempre está atento a que no se pierdan, pues todas son de su propiedad; jamás en el amor de Dios hay desgano como en el humano, pues siendo como somos débiles, dominados por la flaqueza, apatía y fragilidad humana, en el Señor todo está presente y latente, aviva el corazón a superar sus miserias, infunde su amor con amor. 

No deja solas a las almas o abandonadas por sus pecados, va a lo profundo de ellas, sabe dónde está su pena y dolor, tiende los lazos de su infinito amor para atraer con sutil cariño la oveja perdida a su redil. 

Esto, que no pasa en los humanos por orgullo y soberbia, Dios lo hace por amor, bondad y caridad. Analicemos nuestro proceder con realidad y veremos que estamos muy lejos de corresponder a Dios su amor con amor. 

 

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