Todos obreros en la viña del Señor

Antonio Fernández.- Profundizando en la conducta humana, donde pocos disponen su existencia a obrar bien y evitar el mal, otros hacen lo que es conocido y se ve y escucha, es la comidilla diaria en esas personas, su razón de su vivir, cuyo lema es: Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas.

San Pablo muestra el arrojo y el valor intrépido que le caracteriza al predicar el Evangelio por el que pide a quienes le escuchaban en su tiempo, mismo que extiende a los siglos en especial para el cristiano católico y es no avergonzarse por creer en la divinidad del Hijo de Dios.

No avergonzarse de dar testimonio, en profesar la fe y confianza en Cristo Nuestro Señor, por lo que alienta a tener constancia de esa fe para estar en condiciones de vencer toda acechanza que viene del diablo.

Pide dominar la tentación que impulsa a negar la palabra, doctrina y mandamiento de Jesucristo Nuestro Señor en palabra, obra y pensamiento borrando del corazón la fe en Él.

San Pablo desearía tener la oportunidad de prolongar su existencia -pero no fue posible- para que su intrepidez fuera comprendida por cada generación que pasa y pasará por el mundo de prueba.

Desearía haber sido más tesonero en lo que todas las almas de los siglos necesitan para su salvación, en su momento de vida apostólica se empleó a fondo en prevenir contra las deformaciones que muchos hacen hoy de la palabra de Cristo Nuestro Señor, la que convierten en falsaria doctrina del falso Cristo.

Y da la razón poderosa a ese engaño: “El cual nos salvó y nos llamó con vocación santa, no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su propio designio y de la gracia que nos dio en Cristo Jesús antes de los tiempos eternos”…

Su palabra es la claridad que taladra los sentimientos humanos a volver la vista a Nuestro Salvador cuando en su agonía pidió por todos los pecadores: “Señor perdónales, porque no saben lo que hacen”…

Ni el mejor abogado que ha existido en este mundo ha tenido la caridad limpia, pura y sincera de implorar y rogar suplicando comprensión a Dios como Él lo hizo a su amado Padre, por los reos pecadores de todas la épocas de la vida humana que injustamente lo llevaron a la Cruz de la ignominia.

Súplica que la llevó para todos aquellos que en su alrededor lo escarnecían con las más incomprensibles blasfemias.

Pues bien, por ellos igualmente desparramó su oración a todos los que a través de los tiempos han continuado sus exaltaciones contra su divinidad, lo hacen y continúan de igual forma en su vida terrenal. Jesucristo Nuestro Señor apeló para que su infidelidad y traición fuera perdonada, pero el mundo infiel cada siglo como el de hoy no escucha y se encoge de hombros.

A pesar de la indiferencia, indolencia y tibieza humana, la obra de salvación eterna es a todo cristiano católico -los obreros- en la viña del Señor, ir a su viña es llegar a su justicia, la viña es imagen del reino de los cielos. 

Es importante en nuestra fe tener presente que frente a Dios nuestras obras por sí solas carecen de méritos, florecen cuando en el alma surja la generosidad y el desprendimiento fruto de la gracia, la elevará a que esas obras sean a mayor gloria de Dios.

Imaginemos en este ejemplo la obra de la gracia, el Señor da los medios y éstos quedan guardados como si fueran cerillos que bien pueden estar años quietos en su caja hasta que alguien venga porque los ocupe, los talle y se enciendan dando la llama que iluminará o dará calor según la necesidad.

Así es la gracia, los bienes recibidos gratuitamente de Dios Nuestro Señor están retenidos por el propio pecador, bienes que esperan el momento en que obre para hacerlos suyos.

¿Y cuándo será? Cuando arrepentido el pecador sinceramente y de corazón por sí mismo active y encienda su corazón arrepentido a la imperiosa necesidad y que al despertar de su triste letargo busca los bienes, gracias y dones que Dios Nuestro Señor depositó en él, que por el temor de sus malas obras, la negligencia de sus omisiones o actitudes parecidas los abandonó.

Sacudido por el pesar que vive en su interior por haber hecho cosas que no debió haber realizado, hace suya la gracia santificante infundida por Dios en todas las almas; avivará y animará a amar y servir a Dios buscando que sus actos, obras y trabajos sean inspirados por la oración.

La frecuencia de sacramentos, obras de piedad, misericordia y caridad al prójimo la mantendrá en la viña del Señor; aunque se tardó por los años perdidos es fortalecido en la fe a ya no dejarse apartar del camino de salvación.

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