La música y el arte llegando a mi vida

Paola Hernández González.- Desde que nací, traigo raíces musicales por el seno de mi familia, mi abuelo pertenecía a un trío de boleros conformado por dos personas y él.

Ellos tocaban prácticamente música romántica y relajante, de esa que suelen escuchar los viejitos, pero la verdad eran muy solicitados en restaurantes, casinos y fiestas en El Paso, Texas. En algunas ocasiones no lograba asistir a mis fiestas de cumpleaños por el trabajo que tenía, pero aún así me daba mi regalo.

Conforme fui creciendo me di cuenta que estaba rodeada de talento en mi familia. La danza, instrumentos, florería y manualidades abundaban en ella, pero yo me fui más por el lado de la música, en especial por el canto.

Llegaba a darle conciertos a mis peluches a eso de los 7-8 años; prendía la televisión, ponía un disco de karaoke y cantaba a todo pulmón para ellos. Mucho después, mi familia me impulsaba para cantar en eventos familiares, incluso si alguien se casaba no me daba vergüenza hacerlo.

Cuando llegué a mi época de la primaria, canté frente a toda la escuela, estaba un poco nerviosa, pero después los nervios pasaron desapercibidos convirtiéndose en todo un show y hasta le pedí al público que alzara las manos al ritmo de la parte instrumental de la canción. Todos me siguieron.

Antes de concentrarme en el canto, practicaba algunas artes plásticas como la pintura en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, donde pinté 3 cuadros, uno de ellos era un plato de frutas y sinceramente el mango no se veía muy bien que digamos, pero al menos lo intenté.

Cuando llegué a la época de la secundaria, me di cuenta de otros géneros diferentes como el rock clásico y el metal alternativo, entre otros. Todo gracias a una amiga que tenía en el grupo, pero ella sí era emo. No entendía porqué siempre vestía de negro y usaba pantalones rotos, si solo era un simple género musical.

Poco después, empecé a optar por su look rockero, lo cual a mis padres no les agradaba mucho, pues no querían que fuera una rockera desquiciada, aunque a mí me gustaba.

Gracias a esta influencia, decidí entrar a la banda electrónica de la escuela. Éramos cinco chicas “tocando” una de tantas canciones difíciles del grupo estadounidense Black Veil Brides, “Rebel Love Song”, pese a que no teníamos ni idea de qué acordes o qué tonos teníamos que seguir, nada. Pero igual audicionamos.

El profesor encargado disfrutó de mi pronunciación en inglés para el canto y por eso me quedé en el grupo. Sin embargo, mis amigas no lo lograron, lo que no impidió que siguieran siendo mis amigas, pues iban a verme cada vez que había ensayo.

La música llegó a mí desde mis retoños (no sin antes pasar por otras artes) y con el tiempo, fui aprendiendo que no es fácil ser músico y que tienes que aprender muchas cosas como la manera de respirar, los tonos, la actuación de la canción, entre otras cosas, para ser un buen cantante, pero sobre todo, tener talento y toda la actitud.