Dos escalones resbalosos: el T-MEC y el FMI

Jorge Faljo.- El T-MEC es el nuevo tratado comercial en vía de sustituir al TLC. Y por Fondo Monetario Internacional me refiero en particular a la Línea de Crédito Flexible. Son dos negociaciones importantes en proceso, de las que esperamos buenos resultados, pero podrían darnos algunas sorpresas.

México se apresuró a ratificar el T-MEC en el sexenio anterior. Ahora esperamos con optimismo su ratificación por los Estados Unidos y Canadá. Un buen deseo que tiene mucho que ver con la importancia que tiene para México dar una señal fuerte de certeza a los inversionistas nacionales y extranjeros.

Para Graciela Márquez, secretaria de Economía, algunas empresas han detenido sus inversiones porque requieren la seguridad de un tratado internacional. Arturo Herrera, secretario de Hacienda, dice que el nuevo tratado será un “estímulo increíble”, para mejorar el clima empresarial y la inversión, particularmente en un mundo que enfrenta incertidumbres.

Aparte de que la ratificación es importante, es viable sobre todo porque el T-MEC no es motivo de disputa entre los partidos demócrata y republicano en los Estados Unidos. Las cúpulas de ambos partidos en las dos cámaras del Congreso favorecen su firma.

Sin embargo, los demócratas no quieren ponerlo a votación sin antes contar con el visto bueno de la AFL-CIO que es la principal agrupación de sindicatos dentro de los Estados Unidos. Este organismo representa a alrededor de 12.5 millones de trabajadores. Su presidente, Richard Trumka, acaba de declarar que los sindicatos no están convencidos de la disposición y capacidad de México para cumplir con los acuerdos laborales y ambientales que son parte del nuevo Tratado.

Es por eso que los negociadores mexicanos han centrado su atención en los demócratas y, en particular, en los temas laborales. A mediados de octubre pasado el presidente López Obrador envió una carta a Richard Neal, del partido demócrata y presidente del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, asegurando que destinaría más de 900 millones de dólares para impulsar la reforma laboral en México.

Tal reforma está en marcha. Son modificaciones que obedecen a la convicción presidencial respecto a mejorar la situación de los trabajadores. Pero también es innegable que es fuertemente impulsada desde los Estados Unidos con exigencias tales como que en México haya democracia sindical, que se acaben los contratos de protección y se fortalezca la capacidad de negociación de los trabajadores.

La exigencia inicial expresada por Trump era elevar directamente los salarios en México. Pronto se dieron cuenta que eso no podría ocurrir sin fortalecer de raíz las capacidades de negociación de los trabajadores. Su objetivo permanece: que aquí se eleven los salarios de los trabajadores de manera tal que disminuya lo que consideran competencia desleal. Sobre todo les interesa no perder empleos en Estados Unidos porque las empresas se trasladen a nuestro país.

A Richard Trumka, el gran líder sindical, no le bastan las promesas mexicanas. Así que pide mayor seguridad no en cuanto a cambiar la letra de la ley, sino en su adecuada instrumentación. Eso es lo que cabildea con los legisladores demócratas y lo que puede desembocar en cambios al Tratado.

En caso de modificaciones México tendría que renegociar o aceptar los cambios y volver a ratificarlo en el Senado. Pero la situación ya no es la que existía cuando lo ratificó un Senado dominado por el PRI. Ahora podrían surgir críticas internas a un tratado que es básicamente similar al anterior TLC.

Al igual que el anterior, el nuevo tratado no le otorga a México un lugar de socio privilegiado; no es favorable a que aquí pueda definirse una política industrial medianamente independiente; y no protege a la agricultura mexicana y al desarrollo rural. Una nueva discusión del tratado podría dar pie a desacuerdos como los que ha generado la discusión del presupuesto para el campo.

¿Qué tan importante es el tratado? Paradójicamente durante la vigencia del TLC el grueso del intercambio comercial y las inversiones externas norteamericanas se inclinaron a favor de China.

Lo que ocurrió es que China hizo algo mucho más importante que contar con un tratado. Mantuvo una paridad cambiaria competitiva asociada a la exportación de capitales y sin permitir la entrada de capitales especulativos. Pese a ser pobre, se convirtió en prestamista de Washington. Desarrolló una estrategia industrial independiente y un crecimiento basado en la sustitución de importaciones. Esa estrategia fue mucho más efectiva que cualquier tratado.

En contraparte la continuidad del modelo mexicano de crecimiento basado en la inversión privada interna y externa, con un gobierno austero y reducido, demanda crear certezas de estabilidad. Tal es el argumento para esperar que el nuevo tratado se ratifique lo antes posible.

Hay otro asunto de importancia coyuntural. Acaba de vencer, a fines de octubre, la línea de crédito flexible entre México y el Fondo Monetario Internacional. Esa línea funciona como un crédito pre-aprobado que se puede solicitar en caso de que ocurriera una contingencia cambiaria, digamos fuga de capitales.

Desde el FMI se dice que México solicitó reducir el monto de esa línea de crédito de los actuales 88 mil millones de dólares a algo así como 70 mil millones de dólares y eso es lo que se está renegociando. Puede sospecharse que esa solicitud de reducción es más bien la mejor alternativa ante la posible intención de la agencia financiera para simplemente eliminar la línea de crédito.

Esto puede asociarse a dos cosas. El Fondo otorgó un crédito desproporcionado a Argentina y ahora está en riesgo de no poder cobrarlo. Lo segundo es que en México se ha incrementado la incertidumbre financiera por varias razones: retraso en la firma del T-MEC; riesgo de caída del grado de inversión; temas de inseguridad y otras. Una de ellas es precisamente que no se renueve la línea de crédito flexible.

Hace unos años, para renovar la línea de crédito el FMI exigió que el Banco de México dejara de subastar grandes cantidades de dólares en una defensa a ultranza de la paridad cambiaria que resultaba peligrosa. Al reducir las reservas internacionales alentaba la volatilidad cambiaria y se acercaba a tener que emplear la línea de crédito.

Ahora más que antes el Fondo no quiere que México recurra a ese crédito. Pero es importante para el país porque otorga certidumbre a los capitales especulativos de que incluso en una circunstancia difícil podrán reconvertirse en dólares.

Lo mejor será que el Fondo renueve la línea de crédito para desalentar la volatilidad financiera; pero el compromiso implícito de México debe ser que no se recurrirá a ese crédito. Es decir, que no habrá una defensa del peso a costa de agotar las reservas. No repetir lo que pasó en 1994.

 

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