Feligreses y aficionados (apuntes para una espiritualidad taurina)

Padre Eduardo Hayen.- Hay personas que disfrutan la corrida de toros con una devoción parecida a la de algunos fieles que celebran la Eucaristía. En Misa he visto a feligreses con una gran religiosidad, unidos a Dios muy profundamente, sumergidos en la oración y en una gran conexión con Jesucristo. Viven la Misa en toda la dimensión vertical del madero de la Cruz. Me alegro por ello.

Así también vemos en los cosos taurinos a algunos aficionados que están muy sumergidos en el misterio del toreo. Son aficionados muy avezados que saben estudiar al toro y describir sus cualidades, sus pelajes y cornamentas, así como su comportamiento en el ruedo. Observan también la labor del matador y saben describir todos los lances con el capote y las suertes con la muleta.

Hay otro tipo de feligreses, y son los que viven la Misa en su dimensión horizontal, la del pueblo de Dios que se reúne en torno al altar. Quizá la oración no les atrae tanto porque no saben cómo hacerlo. Muchas veces son como pájaros distraídos. No se sienten tan conectados con Dios pero les gusta sentirse “pueblo”, comunidad, solidarios unos con otros.

Se podrían comparar con ese público villamelón que, sin saber mucho de la fiesta brava, acude a ocupar sus lugares en las plazas de toros. Gritan “olés” a todos los muletazos, sacan el pañuelo después de cualquier faena desdibujada pidiendo las orejas del toro y están más atentos a lo que ocurre en los tendidos que a lo que acontece en la arena.

Para conocerse, vivirse y disfrutarse, tanto la Eucaristía como la corrida de toros precisan de una educación, de una catequesis o de un conocimiento básico. No todo el mundo logra penetrar en el misterio de ambas acciones. Sin embargo, cuando se tienen el conocimiento y el espíritu, los dos eventos suelen ser muy emocionantes, uno en el orden estético-espiritual, el otro en el terreno estético-emocional.

La Eucaristía es acción sagrada y divina que nos pone en contacto con Dios, mientras que la corrida de toros es un bello espectáculo humano que es metáfora de la vida. Ambas tienen dos dimensiones profundas que se aprenden a vivir.

La Eucaristía debe vivirse con toda la devoción y la piedad de un místico y, al mismo tiempo, con todo el sentido de fraternidad y solidaridad que hay en la asamblea. Es el amor a Dios y el amor al prójimo el que nos une en torno al altar de Dios. La Eucaristía es misterio de comunión con el Cuerpo de Cristo y de comunión con los hermanos.

Por otra parte, la corrida de toros ha de disfrutarse tratando de crecer en el conocimiento de la tauromaquia y con espíritu de fiesta para el pueblo. La corrida se desarrolla en medio de los tendidos, en una estructura arquitectónica circular que indica la unidad de un pueblo contemplando un mismo espectáculo.

Dice Francis Wolff: “¿Hay alguna imagen más bella de la comunidad que el mismo ruedo, redondo, circular, donde todo el mundo ve todo, donde todo es visto desde todos los lados y donde, sobre todo, toda la comunidad se ve a sí misma, comulgando de un mismo espectáculo, de una misma ceremonia y siguiendo un mismo ritmo de olés, con el sentimiento de vivir juntos un acontecimiento único?”

La corrida tiene, pues, esas dos dimensiones, vertical y horizontal: conocer el arte del toreo, su belleza y sus reglas y, al mismo tiempo disfrutarlo como una fiesta del pueblo, en comunión con los hermanos.

Me emociona ver a los toreros rezar en las capillas de las plazas de toros antes de pisar el ruedo, y más me emociona si participan de la Eucaristía. En ella obtienen la comunión con Dios y con sus hermanos para después hacer que se vuelva comunión, vida y emoción en los tendidos.