La misericordiosa caridad de Cristo sin límite

Antonio Fernández.- Así es, Dios Nuestro Señor nos presenta a su divino Hijo Jesucristo como el modelo de misericordiosa caridad, afirmemos nuestra fe y confianza en la palabra de Dios que en los Santos Evangelios significa ganar a pulso la buena nueva de la salvación predicada por Cristo Nuestro Señor en su peregrinación por el mundo cumpliendo el mandato de su Amado Padre.

Fue en el Sermón de la Montaña donde dio a conocer a la posteridad de los siglos la obra de su misericordiosa caridad que redimirá las almas pecadoras al impartir su enseñanza en las Bienaventuranzas, de la que tomamos para esta ocasión la que reza: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque a ellos pertenece el reino de los cielos”…

Los Santos Evangelios son la oración perfecta que viene de la mano de Dios a todos los siglos, en cada pasaje Cristo Nuestro Señor manifiesta la plenitud de su divina Majestad la caridad incansable de sembrador que no cesó en depositar la semilla de la fe y confianza a los corazones del pueblo de Israel al que vino a salvar del pecado.

A pesar de que este pueblo, cerrando alma, corazón y sus sentidos a su Cátedra de amar y servir a Dios y al prójimo, Él continúa la enseñanza que redime las almas. Entrega su promesa de salvación eterna donde la esperanza en todo siglo es ganar el Reino de los Cielos.

En Cristo Nuestro Señor su palabra revela ser Él la verdad eterna, por lo que ha sido, es y continuará depositándose la fe y confianza de su promesa.

Será en el cristiano católico aspiración sublime el empeño por obtenerla en su breve paso por el mundo, adhiriéndose con limpieza de miras y pureza de corazón a su promesa, despojarse el velo de la duda que acostumbran las personas en el mundo al poner en duda toda promesa de Dios, lo que es una lamentable actitud que se ha hecho costumbre equivocada juzgar la palabra de Dios.

Sus comentarios confundidos falsean la verdad, errores que no saben ni se atreven a enmendar, entonces toman la ridícula postura de jugar al “sí o no” con la palabra misericordiosa de Jesucristo Nuestro Señor, pero ésta se repite en el corazón cerrado como un eco que en muchas almas, como en la de esos incrédulos se anida en su corazón cada vez que se critica la palabra del Señor.

Luchan contra ella, pero más se arraiga porque tiene una razón y un valor espiritual para nuestro confort, siempre dispuesta traspasará al corazón que lo desee y avivará el deseo de que brotará al conocer más la palabra y obra de su Señor como cuando sus discípulos lo escucharon: “Soy Yo el camino, y la verdad y la vida; nadie va al Padre, sino por Mí”…

¿Qué ha enseñado? Apreciemos de su divina Cátedra la misericordiosa caridad, advertimos que seremos juzgados en el último día por las obras de misericordia y de caridad sean espirituales como corporales, temporales y banales a través de la existencia terrena que el cristiano católico practicó.

Cristo Nuestro Señor posee la potestad de obrar su misericordia, siendo la caridad la mayor dignidad del Señor en favor del cristiano católico porque ambas vienen de Él y por lo tanto son infinitas. Igual es su compasión y generosidad para el pecador, la que resulta incomprensible en la mente humana que no tiene los alcances que da la fe para valorar su divina misericordia.

Cuando se pierde la fe se ponen trabas y razones sin sentido al caudal de bienes, gracias y dones que como Hijo de Dios recibe continuamente ese pecador al que le es complicado entender la necesaria disposición de ahondar en la palabra de Jesucristo Nuestro Señor y poder profundizar en ella.

De otra manera será imposible que por sí mismo entienda el empeño de Dios en mostrar al cristiano católico el camino que anima y motiva a su Divina Majestad avivar la fe en Él, solamente así dispondrá alma y cuerpo a las obras de caridad que el Señor espera de nosotros.

Dios Nuestro Señor es la sabiduría increada, porque la humana Él la ha creado para ser utilizada libremente por cada persona en su paso por la vida terrena para vencer las acechanzas del demonio.

Claro que es de reconocer que ésta tiene un límite, el necesario para que la persona se ayude y salve su alma, pero la realidad es otra, esa sabiduría no es utilizada al fin por el que Dios la ha puesto en el interior del ser humano, a éste no le interesa utilizarla.

En ello lo que le interesa no es discernir con acierto para obtener los bienes espirituales de salvación, sino que le interesa cómo obtener por su inteligencia negocios lícitos o si los productivos son ilícitos.

 

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