Ignacio de Loyola, la película

Padre Eduardo Hayen.- Hace unos días estuve en una sala de cine donde disfruté la película “Ignacio de Loyola”. Desde hace muchos años me ha impresionado la conversión y la maravillosa obra de San Ignacio; y quise ver en lenguaje cinematográfico lo que ahora estoy leyendo en el libro “Solo y a pie” de José Ignacio Tellechea Idígoras, una de las mejores biografías del santo navarro.

La película me tocó el corazón porque, con escenas sugestivas y bellísimas –como la del encuentro del santo con la prostituta–, y otras de gran tensión e impacto –como las de su combate espiritual con el diablo–, el director Paolo Dy logra comunicar los rasgos esenciales de la espiritualidad ignaciana.

A través del encuentro entre Dios y el caballero de Loyola, la película narra también la gestación y el desarrollo de los Ejercicios Espirituales, el famoso libro de teología espiritual práctica de San Ignacio, una de las obras de espiritualidad más influyentes en la historia de la Iglesia.

De vez en cuando el cielo envía sus toques a través del cine para esos católicos de costumbre o para aquellos que solo vamos a bodas y funerales, o para los que nos gustan las azucaradas quinceañeras y las presentaciones de niños.

Dios sacude el espíritu para desinstalarnos de la mediocridad y de la tibieza espiritual en la que vivimos muchos cristianos de pantalla. La historia de Ignacio nos dice que solo merece el nombre de “cristiano” aquel que tiene un encuentro serio con Jesús, y que ser su discípulo es ponerse en camino para purificar el alma del pecado y emprender la senda de las virtudes.

Confrontarse con la conversión y la vida de Íñigo de Loyola es, para muchos, regresar a los orígenes de nuestra vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. La película logra evocar el momento en que el infinito de Dios irrumpió en las pobres vidas de muchos de nosotros para sacarlas de caminos tortuosos o de sinsentido, y encenderlas en el fuego de un altísimo ideal. “Ignacio de Loyola” nos conecta con las más altas metas que un día Dios encendió en nuestras almas para impedir que mueran o evitar que se apaguen.

El caballero perfecto de aquella España del siglo XVI tenía para su vida, como anhelo supremo, a Dios a quien debía de amar y reverenciar; a un rey a quien obedecer; a una doncella a quien tenía que defender, y a una tierra de infieles que debía conquistar. Aunque los tiempos han cambiado y aquel lenguaje caballeresco no es el del siglo XXI, las añoranzas espirituales siguen siendo las mismas.

Así el cristiano –y con mayor razón el sacerdote y el religioso– ha de tener la gloria de Dios como el propósito de sus acciones, es decir, que Dios se manifieste en todo lo que haga; la obediencia a la voluntad de Jesús; el amor y la defensa de la Iglesia con la Virgen María por delante, y el propósito de llevar almas a Cristo. Las metas más altas de los santos de todos los tiempos no pueden dejar de ser las del cristiano de hoy.

Me parece grave que alguien que se prepara para recibir las órdenes sagradas, en cualquier lugar del mundo, avance en sus estudios de teología sin una verdadera pasión por Dios y por la santidad.

Hay que pedir a Dios que los equipos formadores en los Seminarios formen candidatos al sacerdocio apasionados por Dios y por los asuntos de Dios; y para que los obispos solo impongan sus manos sobre aquellos seminaristas llenos de celo por el Señor. Ningún tibio o pusilánime merece el don excelso del sacerdocio.

También hay que rogar a Dios para que los sacerdotes nunca dejemos morir nuestros ideales más grandes, y jamás nos desviemos del camino hacia oscuros derroteros.

“Ignacio de Loyola” es, pues, una película que debe ser disfrutada, meditada y llevada a la oración. Es una de esas gracias actuales que concede el Señor, a través de la pantalla grande, para conducirnos al encuentro vivo con Él.