Nuestra unión con Dios también es física

Padre Eduardo Hayen.- Erick es una persona que vivió durante mucho tiempo una vida disoluta. Marcado por un odio de largos años contra su padre, perdió su capacidad de dormir. Padeció insomnio crónico durante más de diez años, llegando a descansar solamente un par de horas durante las noches. Hubo noches que nunca concilió el sueño y hasta llegó a permanecer en vela durante cuatro días seguidos, con sus noches.

Cuando Erick fue tocado por la gracia de Jesucristo e inició su conversión mediante un proceso de reconciliación e integración con la Iglesia, hizo una confesión general de su vida con el sacerdote, recibió la absolución y tras un camino de meses, logró perdonar a su padre ante quien se pudo desahogar y abrazar.

Hoy Erick duerme entre siete y ocho horas por las noches, y ha dejado las pastillas para dormir que antes tomaba. Además, participa en parroquia en un grupo de oración, formación y espiritualidad cristiana.

La unión del hombre con Dios es no solo espiritual sino también física. Cuando una persona se une al Señor Jesús resiente los efectos benéficos en su cuerpo. Los seres humanos somos una unidad física y espiritual donde un componente afecta positiva o negativamente al otro. La paz interior y la liberación de la conciencia del pecado nos hacen cambiar nuestro semblante y hasta enfermedades o trastornos desaparecen más fácilmente.

Esto ocurre porque somos morada de la Santísima Trinidad. Dios viene a habitar en nosotros. “Mira que estoy a la puerta y llamo –dice el Señor–; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré a cenar con él y él conmigo” (Ap 3,20).

Cuando abrimos el alma a Dios, los efectos físicos pronto se hacen sentir. Se trata de un fenómeno espiritual donde el corazón unido al Señor provoca una manifestación de alegría tranquila y serena, un dinamismo de amor que transforma a la persona, haciéndola transparencia de la luz divina.

En la vida de los santos han ocurrido fenómenos que evidencian físicamente la unión del alma con Dios. San Francisco de Sales, a semejanza de Moisés cuando bajaba del Sinaí, se presentó muchas veces a los ojos de los demás con la cara en una irradiación luminosa mientras celebraba la Misa.

Su sobrino Carlos Augusto de Sales escribió que durante los domingos que siguieron a la solemnidad de la Pascua, el santo obispo, desde el púlpito, fue visto por todos los fieles completamente resplandeciente y rodeado de una luz tan grande y viva que apenas podía ser distinguido de ella. Parecía todo él convertirse en luz.

Me decía una persona recién integrada en una comunidad de espiritualidad católica que, después de las reuniones con sus hermanos de fe, regresaba a su casa con ganas inmensas de llorar. Había encontrado a Dios en el grupo y ello le provocaba una emoción hasta llegar a las lágrimas. El llanto espiritual es una gracia divina.

Así también san Pablo se emocionaba cuando, en medio de sufrimientos y persecuciones, descubría esta transformación de las personas tocadas por Cristo. Por eso afirmaba: “Nosotros reflejamos como en un espejo la gloria del Señor y venimos transformados, de gloria en gloria, en su misma imagen” (2Cor 3,18).

Abrir la puerta del alma a Jesús no significa que las enfermedades desaparecerán o que la vida estará exenta de sufrimientos físicos. También Jesús comparte la cruz a sus discípulos. El apóstol de los gentiles decía que “Mientras estamos en esta tienda de campaña, gemimos angustiosamente, porque no queremos ser desvestidos, sino revestirnos, a fin de que lo que es mortal sea absorbido por la vida” (2Cor 5,4). Así muchos enfermos que llevan su cruz con amor unidos a Jesús reflejan una paz serena y una sonrisa en el rostro que tiene su origen en la unión por la gracia con Él.

Purificar la vida de rencores, odios, vicios y pecados es una liberación que Dios concede a quienes se abren a Él. Este desprendimiento hace al hombre libre y le trae la alegría por haber encontrado el tesoro del Reino de Dios escondido en el campo.

Si permanecemos apegados a los pactos con el mal no podremos estar radiantes. Si somos libres, hallaremos la auténtica alegría y los demás, quizá, podrán notar un resplandor diferente en nuestro rostro.