La ciencia del amor

Alejandro Cortés González-Báez.- Es de llamar la atención cómo los seres humanos somos al mismo tiempo, tremendamente fuertes pero, de igual manera, sumamente frágiles. Todos conocemos historias de quienes han sufrido enfermedades y accidentes que los han puesto al borde de la muerte y, por gracia de Dios, se han salvado en contra de los pronósticos de los médicos y peritos.

Nuestra naturaleza, tan rica en matices, está compuesta por dos realidades armónicamente unidas: Un alma espiritual y un cuerpo que es un prodigio de ingeniería biológica. Toda esta realidad se individualiza en cada uno con una personalidad irrepetible.

Por otra parte, somos seres sociales con la necesidad de convivir —enriqueciendo o destruyendo— a aquellos con los que convivimos. No somos capaces de asombrarnos justamente de las maravillas que la humanidad ha logrado a lo largo de su historia, ni de la capacidad destructiva que demostramos cuando nos proponemos hacer daño por maldad o inconsciencia.

Lo mejor y lo peor de cada uno están esperando que les demos salida partiendo de nuestro pensamiento, pasando por nuestras palabras y todo nuestro ser.

Siempre estamos ante el peligro de caer en tres tentaciones destructivas que son: El egoísmo, la comodidad y el orgullo —especialmente en la vida de familia— pues es ahí donde convivimos de manera continua y durante muchos años con personas que también son imperfectas y nos pueden resultar incómodas, ya que a veces la confianza se manifiesta en forma de reclamos que pueden ser muy amargos y ofensivos.

Todos requerimos del respeto, la comprensión y el cariño, pero solemos sentirnos más lastimados dentro del ambiente familiar donde se supondría que deberíamos encontrarlos siempre. A veces es más difícil demostrar cariño en el ambiente del hogar por miedo a que se burlen de nosotros y, por lo mismo, podemos salir a buscar ese amor en ambientes insanos.

Aprender a querer y a demostrar nuestros afectos de forma inteligente y prudente es todo un tema del que deben ocuparse los padres de familia. Desafortunadamente no hay programas que enseñen esta ciencia del amor, pero contamos con infinidad de ejemplos vivos de los que podemos aprender si estamos dispuestos.

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