Se hace camino al andar

Cruz Pérez Cuéllar.- Es una administración que cualquiera que conozca el pasado la llamaría sui géneris, con altibajos como cualquier gobierno, pero sin menoscabo de la dignidad de los mexicanos; para otros la concebimos diferente porque es diametralmente opuesta a la forma en que se ejercían los recursos en los sexenios anteriores, a la manera en que se tomaban las decisiones.

Los siete meses que lleva en el cargo el presidente Andrés Manuel López Obrador, son escasos para hacer una evaluación completa del gobierno que representa, hacerlo daría un resultado a medias, las dimensiones del sistema son enormes para el tamaño de la muestra.

Aunque eso no impide, para nada, que se puedan realizar ejercicios en rubros específicos, en materias notables para la administración pública, en las cuales estoy seguro que el mandatario federal sale bien calificado, sobradamente.

Este periodo sí es suficiente para definir el rumbo que lleva nuestro país, es lo bastante claro para decirnos hacia dónde vamos y también, no menos importante, hacia dónde no vamos. Las decisiones tomadas en materia económica, política y social ilustran el camino de un periplo largo y complicado, repleto de retos, pero al final, colmado de resultados tangibles, de transformaciones sustanciales, principalmente en aquellas áreas que se consideran sensibles para toda administración.

Es necesario observar los hechos sin velos ideológicos, sin fobias partidistas, a fin de obtener una deducción objetiva que nos sirva en nuestro propósito. Por ejemplo, en el tema de economía internacional, relacionado al Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN), ahora renombrado Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, mejor conocido como el T-MEC, hay que decir que la crisis suscitada en el marco de la ratificación de este acuerdo comercial, era vista por los inconformes como una oportunidad para demostrar una incapacidad diplomática, que no tuvo lugar por la designación de un canciller que en breve generó los acuerdos que parecían imposibles, ante una postura aparentemente rígida, auspiciada por un interés electorero del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

La amenaza de incrementar indiscriminadamente los aranceles a las importaciones mexicanas, tras un ultimátum absurdo por el asunto migratorio, generó una incertidumbre que redundó en paranoia y que fue aprovechada por grupos opositores para señalar al presidente de México como un adepto de las políticas venezolanas de Nicolás Maduro y su antecesor, Hugo Chávez.

Luego de lanzar el fantasma al aire y estimular la idea de una simbiosis con aquel país sudamericano, llegó el acuerdo, que echó por tierra todos esos argumentos infundados.

El presidente López Obrador actuó con responsabilidad y con visión de estado, ratificando el tratado de libre comercio, y buscando mantener una relación comercial con el socio más poderoso de nuestro país en este asunto. Como en todo acuerdo, no hay ganadores absolutos, ninguno de los tres países en cuestión lo fue; en este punto se pusieron las condiciones para ratificar el pacto, pero sin subordinación y menos sometimiento al vecino país.

El asunto de la Guardia Nacional también ha generado suspicacias, rebelión de pequeños grupos, pero es natural, porque se trata de replantear el asunto de la seguridad nacional, y esto genera necesariamente cambios sustanciales a las corporaciones, a la manera de reclutar elementos, a la conformación de nuevos grupos, a la forma en que se ejercía el gasto en este rubro, sobre todo a nivel estatal donde los gobernadores estaban acostumbrados a recibir cientos de millones por este concepto de la federación, pero los resultados seguían siendo los mismos. Estos cambios produjeron reacciones, a favor y en contra.

La histórica votación que dio vida en febrero pasado en el Senado a la conformación de la Guardia Nacional, habla de la aceptación política de este nuevo modelo, que no por ello dejó de ser criticada e incluso rechazada por algunos gobernantes obtusos, que tienen sumidos en caos a sus municipios o estados y aun así no quieren cambiar la forma de hacer las cosas.

Este fue el primer paso, junto con la reestructura que se está dando en las corporaciones policiacas y militares del país, así como la reorientación del gasto de seguridad pública. Pero hay que decir que el proyecto de la Guardia Nacional en sí no está en funcionamiento todavía, ya que en la primera etapa se contempla la participación de corporaciones militares, que se irán retirando paulatinamente conforme se desarrollen los reclutamientos y adiestramiento de cuadros nuevos.

Por lo anterior resultan imprecisas las críticas al gobierno federal por el clima de violencia en el país, que entendemos es enorme pero no mayor al de sexenios anteriores, y sobre todo, se está produciendo una estrategia que garantizará la paz en un mediano plazo; se hicieron estudios con expertos en la materia, se efectuaron foros de análisis con sectores de la sociedad en todo el país para atender el problema; se realizaron y se estarán trabajando varias reformas que ayuden a mejorar las condiciones del sistema judicial.

En pocas palabras, el gobierno de López Obrador está trabajando durísimo y es cuestión de tiempo para que comience a dar resultados contundentes. Seguramente nadie pensaba que un problema tan añejo, tan arraigado, iba ser borrado de la noche a la mañana.

Junto con lo anterior está la estrategia para erradicar de raíz la corrupción del sistema gubernamental, que ha calado hondo en todos los sectores públicos y hasta privados del país, situación que le han valido muchas críticas al presidente por quienes formaban parte del sistema político anterior, pero a la vez, un reconocimiento efectivo por parte de la sociedad que en otro tiempo se vio aplastada por los excesos producidos por dicha corrupción; un respaldo completo por parte del pueblo que ahora vislumbra una luz en el gobierno, que le tiende la mano, que crea condiciones de empleo, posibilidades de educación a sus hijos de manera gratuita, a través de varios programas sociales que les ayudan a resolver sus necesidades primarias.

Claro que tampoco el asunto de la corrupción iba a ser borrado por decreto, es un mal que tiene décadas anidando en todo el aparato gubernamental, en las estructuras estatales y en los municipios, por lo que llevará tiempo eliminarlo. Pero las acciones realizadas en estos primeros meses del sexenio son de tal nivel que a tan temprano momento ya los mexicanos pueden percibir que nuestro presidente hablaba de veras y que está haciendo lo necesario para desaparecer la corrupción.

A la par está el asunto de la austeridad. Recientemente aprobamos la iniciativa de Ley de Austeridad Republicana enviada por el presidente al Congreso de la Unión, misma que garantiza que los recursos públicos serán utilizados para mejorar los servicios, para eficientar las tareas gubernamentales y que los impuestos serán traducidos en obras que sirvan a la gente, que nadie en el gobierno se enriquecerá de ellas como en los sexenios anteriores.

La austeridad en el gobierno es muestra de respeto al ciudadano de a pie, al empresario que paga sus impuestos, a todos los productores del país, a nuestros jóvenes que se preparan para asumir las riendas de México en un futuro no muy lejano, a nuestros adultos mayores que han visto transitar tantas administraciones que hacen y deshacen con el dinero que pagan por servicios o impuestos. La austeridad no es una moda, es una obligación de todo sistema que se dice democrático.

Está claro el camino que sigue nuestro gobierno, y aunque escasos estos primeros siete meses bastan para darnos una idea de que se están haciendo las cosas bien, con voluntad y firmeza pero con respeto, con paciencia pero sin dejar de apretar el paso, con confianza y convencido de que se va alcanzar el objetivo.

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