Viajar por España

Padre Eduardo Hayen.- Es tiempo de vacaciones para muchas personas. Los aeropuertos y carreteras tienen más tránsito, así como los miles de destinos que la gente visita durante el verano. Acabo de regresar de España, tierra hermosa y bendecida por Dios, Madre Patria que tanto ha dado a los mexicanos.

Lejos de pedir perdón a los españoles por hechos de otras épocas, mi gratitud sube a Dios por ellos y por el inmenso legado cultural y religioso que nos heredaron. De alguna manera siento a España como mi tierra porque por ella nos hablaron Dios y la Virgen.

Trotar por el mundo se disfruta más cuando tienes a alguien con quien compartir tus experiencias. Dios me puso como compañero de viaje al padre Juan Manuel Orona, con quien tengo una bella amistad desde 1997. Juanito –como me gusta llamarlo, por ser pequeño de cuerpo– es hombre de Dios y de disciplina, de alegría, de ideales de santidad sacerdotal, de entusiasmo y vitalidad, de caridad inmensa.

Agradezco siempre al buen Dios por haber encontrado en su amistad un tesoro y, en este viaje, un amigo con quien compartir la Eucaristía y la oración diaria, además de las aventuras propias del itinerario.

Disfruto más las tierras lejanas cuando descubro la presencia de Dios que camina en ellas. Así como un día el Señor llamó a Moisés en el Horeb para implicarse en los planes de un pueblo y hacer camino con él, Dios se sigue involucrando en la vida de las culturas. Sigue llamando a hombres concretos para hacer, junto con ellos, historia.

En España llamó a San Isidro Labrador, patrono de Madrid; a Santa Teresa de Ávila, la gran reformadora del Carmelo; a San Juan de la Cruz, poeta y maestro espiritual de la mística española del XVI; a San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía como respuesta divina al desorden luterano.

Ellos y muchos otros nacidos en España fueron los verdaderos líderes de la Iglesia en aquel país, demostrando que la santidad es siempre el camino de la reforma.

“El lugar que pisas –dijo Dios a Moisés en el Horeb– es tierra sagrada”. Visitar otros lugares, como peregrino o como turista, con la conciencia de que ahí hay que descubrir las huellas de lo divino, hace que los viajes dejen perfume sobrenatural.

Por ello hay que viajar con los ojos y el alma abiertos, no solo para admirar paisajes naturales como el Parque Nacional Picos de Europa en Cantabria, u obras arquitectónicas como la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena en Madrid o la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona, sino también para escuchar los dolores, las heridas, las alegrías y las esperanza de los pueblos.

Todavía España no ha cerrado por completo las llagas de la guerra civil y aún siguen latiendo las fuerzas separatistas de Euskadi y Cataluña.

Visitar España fue pisar tierra sagrada gracias a la hospitalidad de nuestro amigo el padre Francisco Gabaldón y de las hermanas Clarisas capuchinas de la Inmaculada y de San Pascual; al reencuentro con el padre Juan Manuel García, quien sirvió a nuestra diócesis como rector del Seminario y párroco de Todos los Santos, y quien ahora vive en una casa de reposo para adultos mayores en Madrid; a la acogida en la Casa Sacerdotal diocesana en Oviedo donde se cuida a los sacerdotes enfermos y ancianos que han gastado su vida al servicio de la Iglesia.

Nos sentimos en casa gracias al calor humano y el trato exquisito de Belén Noval, de Pepe y Nico en la Fresneda. Nunca olvidaremos haber compartido las fiestas de San Fermín con Lety Lugo y Mariano, su marido filósofo, ni tampoco la noche en que tuvimos una espléndida conversación con los vascos Marta Vidal y Jaime Urcola, degustando buenas tapas y vino en Laguardia, pueblo de la ruta del vino en La Rioja Alavesa.

El mejor turismo lo podemos hacer cuando sabemos que Dios está esperándonos en cualquier parte de la geografía mundial porque toda tierra pertenece a Él. En todo lugar Dios se manifiesta. Basta tener el corazón abierto para percibir sus huellas.

Cuando, por el contrario, nos sentimos señores y dueños del mundo, perdemos la capacidad de contemplar, admirar y orar agradecidos. Dios nos dice que lo sagrado existe, y que la tierra no es unívocamente nuestra.

Así que, ya vayamos a descansar a la Sierra Tarahumara de Chihuahua o al otro lado del planeta, todo se vuelve nuestro si nosotros somos de Dios.