A la ofensa la penitencia es perdón

Antonio Fernández.- Adoctrinando a la humanidad de todos los siglos la Cátedra del Divino Maestro legisló: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen, rogad por los que os calumnian”…

Al instante el impulso soberbio del ser humano en su interior insulta: ¿Cómo he de hacer el bien al que me abomina? ¿Cómo he de bendecir al que blasfema contra mí? ¿Cómo he de rogar por aquel que me incrimina falsedades? ¿Quién es capaz de tolerar semejantes desviaciones anormales?

Para el carente de fe todo ello es imposible, para el cristiano católico es comprender la palabra de Jesús Hijo de Dios que para la salvación del alma es perdonar y ayudar con amor al enemigo tanto en palabra como en obra y pensamiento.

Amor, es unir la caridad, bondad y toda acción de bien al prójimo, esté o no desvalido, porque se acepta de corazón la legislación de renunciar a la venganza, al desquite o la represalia.

Es esforzarse a vencer el instante en que como chispazo salta del “Yo” la agresión a frenarla aunque repugne la molestia de ser agredido y sea el perdón, que predomine la comprensión y tolerancia por amor a Dios, por ese prójimo exasperado por la soberbia y la cólera, el cristiano católico debe obrar como el Señor desea se conquiste la salvación de su alma.

Leer o escuchar esta disposición del Señor que viene del quinto mandamiento: “No matarás”, es fácil, sacude el corazón que se dice: ¡Yo perdonaré al que me ofende! Pero nunca se dice: ¡Lucharé conmigo mismo para dominar mis exaltaciones por amor a Dios!

Cuando se actúa por propias fuerzas nada se va a obtener, se va a lograr cuando por la fe se llega a la firme determinación de que la forma de vivir en este mundo es grabar en el alma y corazón la enseñanza de Cristo Nuestro Señor cuando en agonía dijo: “Señor, perdónales porque no saben lo que hacen”…

Oración que debiera estar pronta en el corazón del cristiano católico cuando la avalancha del ofensor viene en contra de él por un prójimo encolerizado e irritado.

Muy difícil llevarlo a los hechos cuando se carece del estado de gracia, porque la pasión es violenta, arrebata de la calma y pasividad a una posición de ira, coraje y desprecio olvidando en ese instante todo orden y respeto a la esposa, hijos, amistades…

En la calle, al ir en automóvil, motocicleta, en el autobús de pasajeros, en fin la explosión no tiene lugar especial, el mundo es su campo de acción, porque para el agresor y el agredido no hay respeto ni orden, si este último responde al odio con odio y no con perdón.

Cayendo en la problemática donde la soberbia, la cólera y el furor del arrebato en ningún momento aparece a sacar del problema. ¡Claro!, la maldad calla porque es incitación del diablo que estimula y calla a que el pecador no se detenga en su caída envuelto en la angustia, coraje y dolor, desconsuelo e incertidumbre.

El deber del cristiano católico para con sus hermanos es el perdón por amor a Dios, aprendiendo de Él que no cesa de perdonarnos para que nosotros hagamos lo mismo con nuestro prójimo, ahondando la oportunidad a recapacitar en el bien al prójimo.

Entonces surge la pregunta: ¿En las ocasiones en que se ha sido ofendido, injuriado, maldecido o ultrajado, insultado o ser objeto de mentira, denigrado o despreciado, escarnecido del hermano, has perdonado?

De haberlo hecho, has sido causa del agradado a Dios por tu humilde proceder, has sido causa de gozo en el Señor, puesto que has convertido en realidad su promesa, cuando dijo en su agonía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”…

Has justificado ante Dios la conducta de quien te ha agraviado y maltratado, atesorado bienes de salvación, cuyo valor es incalculable, pero sino has perdonado y has encendido en tu corazón la excitación de la ira, del deseo de venganza, del rencor y el resentimiento que se arraiga en el corazón como el odio a una creciente hostilidad al menospreciar la dignidad buena o mala del prójimo.

Todo conduce, quiérase o no, a la venganza contra el hermano, intrigar a que pierda su trabajo, bienes o desintegrar la familia, agredirle físicamente o causar la muerte.

A esto y más puede llevar al rencoroso, el asunto no termina con la maquinación del perverso al realizar el desquite, sino que el agresor ya no tendrá tranquilidad, ni paz en su alma, solo hasta que se arrepienta sinceramente, no puede vivir en concordia con los demás, se siente acechado y endurecido su corazón.

Se burla de la compasión y misericordia del mandamiento: “Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo”… Para el perverso es nada, resentido encuentra satisfacción en vengarse, por lo que no razona, alerta a pisotear al que sigue, lo hará continuamente porque ha hecho de ello un mal hábito, arraigando en su interior la venganza latente.

Por lo anterior, queda al cristiano católico confiar con fe firme en la enseñanza de San Pablo recibida de su divino Maestro: “No os venguéis por vuestra cuenta, amados míos, sino dad lugar a la ira (de Dios), puesto que está escrito: Mía es la venganza: Yo haré justicia, dice el Señor”…

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