Los toros y el maltrato animal

Padre Eduardo Hayen.- Como sacerdote aficionado a los toros, la sensibilidad actual de la sociedad sobre las corridas me ha hecho cuestionarme sobre si es ético que continúe con mi afición taurina o tenga que abandonarla en tiempos de creciente repulsión por esta expresión cultural de España, México y otros países de América.

Justamente antes de empezar la Feria del Toro de Pamplona, con sus encierros, me llega la pésima noticia de que el gobernador de Chihuahua ha metido en la cocina legislativa una ley para prohibir las corridas de toros en el estado. Entiendo que haya gente cuya sensibilidad no le permite entrar a un festejo taurino pero, ¿por qué prohibir algo que pertenece a nuestro patrimonio cultural durante siglos?

Hace algunas décadas eran pocas las personas que pedían prohibir las corridas de toros. Sin embargo, en los últimos años ha crecido este reclamo debido, fundamentalmente, a dos factores. El primero es el trato inadecuado y las pésimas condiciones de crianza para muchas especies de animales que sirven para la producción de comida, pieles o artículos de lujo.

Ejemplo de ellos son los cerdos que tienen que vivir hacinados, privados de luz y mutilados en espacios muy pequeños, o los pollos criados en batería, los gansos a los que se les alimenta forzadamente para producir paté o los casi extintos tigres de bengala que son presa de algunos cazadores que los utilizan como trofeo. Es legítimo, sin duda, que la sociedad pida mejor trato para ciertas especies del reino animal.

El segundo factor proviene del mundo anglosajón que ha creado el concepto jurídico de “derechos” de los animales, en donde el animal pasa a ser el nuevo sujeto de derechos. Al Animal, genéricamente hablando, se le mira como la víctima que hay que proteger del Hombre, que ha sido su explotador en el transcurso de la historia.

Entonces todo lo que maltrate a los animales y viole sus derechos acaba por meterse en el mismo cajón: pesca deportiva, cacería, corridas de toros, peleas de gallos, carreras de caballos, ganadería industrial, disección para experimentos en laboratorios y, ¿por qué no?, a la larga serán las carnicerías y los restaurantes. Todo termina por ser una violación del hombre explotador al reino animal.

Creamos un laberinto sin salida cuando catalogamos a cada especie del reino animal como simplemente “Animal” que hay que defender del hombre. Entonces habría que proteger la vida de los mosquitos, las cucarachas, los leones africanos, los osos polares, los toros de lidia y los gusanos. Acabar con una plaga de langostas en un campo sería un genocidio. El sentido común nos dice que esto no puede ser así. Tratar a todos los animales con el mismo respeto es ilógico, irracional.

El “Animal” no existe como tal. Existen las especies animales y cada una tiene un trato diverso con los hombres. Francis Wolff enseña que hay una gran variedad de formas de trato con ellos: a los que son dañinos se les aniquila, de los peligrosos nos apartamos, contra los temibles luchamos, a los apetitosos los pescamos, a los protectores los mantenemos, a los colaboradores los estimamos, al compañero lo queremos. Es absurdo admitir una única norma moral de trato para todos.

Es interesante que en donde han habido toros bravos en la historia los hombres admiren su poderío y hagan juegos y combates con ellos. Es una constante antropológica de todos los tiempos. Desde los rodeos en Estados Unidos, las corridas en España y los forcados de Portugal, las charreadas en México, y otras formas de combate en Japón, Francia, la India. Enfrentarse al toro, símbolo de poder, es un sueño vivo del hombre en las más diversas culturas.

Cada vez estoy más convencido de que no solo me gusta la fiesta brava sino que he de defenderla. Asistir a ellas y apoyar la fiesta no es ningún pecado como hoy los animalistas nos lo quieren hacer creer.

Suprimir las corridas de toros es, a mi juicio, perder un rito, una fiesta, un espectáculo, un arte, un deporte que, por los valores que transmite, debería ser considerado patrimonio cultural de la humanidad. Es, además, condenar a su extinción inmediata al toro bravo, y privar a los hombres de aprender a establecer relaciones adecuadas y diversas con las especies animales.

Queda la pregunta: ¿por qué el toro bravo es una especie animal del todo singular a la cual se le puede lidiar y matar públicamente, en la plaza? El espacio no alcanza para dar una respuesta. Lo dejaremos para otra ocasión. Mientras tanto me dispongo a disfrutar de la pamplonesa Feria del Toro.