Imprimir esta página

La inútil palabra del infiel a Cristo

Antonio Fernández.- Dios Nuestro Señor, Padre amoroso, compasivo y misericordioso; Padre que inspira e infunde en sus hijos a acrecentar su amor por Él; Padre siempre atento a conceder los medios de salvación, es el Hijo que en su agonía rogó a Dios su Padre: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”…

Estos y más bienes, gracias y dones están para sus hijos amados en su favor. ¿Y qué pide a cambio de su infinito amor por las almas? Pide una sola cosa: ser amado y servido con sinceridad.

Nos quedamos sorprendidos, Dios que nos ha creado, sin importar que lo ofendemos con pecados, actos e intenciones mostramos nuestra infidelidad, porque no podemos sostener la gracia que de Él recibimos, al que con nuestras faltas queremos justificar hipócritamente a Él que ve todo en nuestro corazón.

Cuando se engaña al prójimo que nos pide amarlo sinceramente como a Él, es insólito, que siendo como somos, mezquinos, cicateros, mentirosos y malos, infieles a Dios, Él muestra su misericordia conformándose con lo que para nosotros es una nada.

Así lo consideramos porque no somos capaces de dar ese amor sincero que nos pide, porque como no lo tenemos no se lo entregamos. ¡Basta de hipocresías, de maldades, de actos que inutilizan la palabra de Cristo en nuestro corazón!

¡Qué complicada hacemos nuestra salvación! Hoy siendo tiempo de salvación, nos hacemos que no vemos, y mañana al morir será tiempo de justicia, entonces veremos y no podremos hacer nada.

Da a Conocer Jesús a los siglos la majestad de su palabra y el poder de salvación, que para el falso profeta debiera ser motivo a tener en su mente los alcances de perdición y salvación que puede salvarlo o perderlo.

Entender que uno y otro será por toda la eternidad, y que la caridad y misericordia de Cristo Nuestro Señor es promesa eterna: “El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras mías no pasarán ciertamente”…

Así que el falso profeta pregonará falsedades, disfrutará de las masas humanas a su alrededor ovacionándolo, pero como su palabrería es errónea, pasará a su muerte y será olvidado.

Por ello el cristiano católico debe atender la sentencia de Cristo Nuestro Señor: “Guardaos de los falsos profetas, los cuales vienen a vosotros disfrazados de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces”…

El cristiano católico en su inmensa mayoría va por el mundo pensando en los éxitos económicos y materiales, entre más logros más se aferra a ellos, pero de los bienes de su salvación está árido.

El amor que nos pide Cristo Nuestro Señor le es complicado, porque significa cambiar la vida pecaminosa que lleva, a la que muchos están encadenados, cadenas que no las pueden romper.

Y aunque quisieran hacerlo por sí mismos no será posible, sus fuerzas son inútiles, solo con la ayuda de Dios se podrá liberar de esas cadenas, siendo de gran ayuda la oración y penitencia; en otros la apatía frena toda acción.

El padre de familia se alegra y agradece las muestras de cariño y respeto del hijo; Dios Nuestro Señor se goza cuando el pecador vuelve como oveja perdida, se goza cuando reconoce el pecador su error y se arrepiente. El amor de Dios se agiganta aún más, porque el alma que antes fue mala, hoy ve en su corazón el deseo de ser buena.

Esta conducta en todo Padre es gozo sin fin, en Dios lo es más, pues si ese hijo fue infiel que ofendió su divinidad pero contrito se humilla suplicando ser admitido en Cristo Nuestro Señor, el gozo no solamente es del Padre, sino del Cielo en pleno.

 

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

La inútil palabra del infiel a Cristo
Logo
Imprimir esta página

La inútil palabra del infiel a Cristo

La inútil palabra del infiel a Cristo

Antonio Fernández.- Dios Nuestro Señor, Padre amoroso, compasivo y misericordioso; Padre que inspira e infunde en sus hijos a acrecentar su amor por Él; Padre siempre atento a conceder los medios de salvación, es el Hijo que en su agonía rogó a Dios su Padre: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”…

Estos y más bienes, gracias y dones están para sus hijos amados en su favor. ¿Y qué pide a cambio de su infinito amor por las almas? Pide una sola cosa: ser amado y servido con sinceridad.

Nos quedamos sorprendidos, Dios que nos ha creado, sin importar que lo ofendemos con pecados, actos e intenciones mostramos nuestra infidelidad, porque no podemos sostener la gracia que de Él recibimos, al que con nuestras faltas queremos justificar hipócritamente a Él que ve todo en nuestro corazón.

Cuando se engaña al prójimo que nos pide amarlo sinceramente como a Él, es insólito, que siendo como somos, mezquinos, cicateros, mentirosos y malos, infieles a Dios, Él muestra su misericordia conformándose con lo que para nosotros es una nada.

Así lo consideramos porque no somos capaces de dar ese amor sincero que nos pide, porque como no lo tenemos no se lo entregamos. ¡Basta de hipocresías, de maldades, de actos que inutilizan la palabra de Cristo en nuestro corazón!

¡Qué complicada hacemos nuestra salvación! Hoy siendo tiempo de salvación, nos hacemos que no vemos, y mañana al morir será tiempo de justicia, entonces veremos y no podremos hacer nada.

Da a Conocer Jesús a los siglos la majestad de su palabra y el poder de salvación, que para el falso profeta debiera ser motivo a tener en su mente los alcances de perdición y salvación que puede salvarlo o perderlo.

Entender que uno y otro será por toda la eternidad, y que la caridad y misericordia de Cristo Nuestro Señor es promesa eterna: “El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras mías no pasarán ciertamente”…

Así que el falso profeta pregonará falsedades, disfrutará de las masas humanas a su alrededor ovacionándolo, pero como su palabrería es errónea, pasará a su muerte y será olvidado.

Por ello el cristiano católico debe atender la sentencia de Cristo Nuestro Señor: “Guardaos de los falsos profetas, los cuales vienen a vosotros disfrazados de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces”…

El cristiano católico en su inmensa mayoría va por el mundo pensando en los éxitos económicos y materiales, entre más logros más se aferra a ellos, pero de los bienes de su salvación está árido.

El amor que nos pide Cristo Nuestro Señor le es complicado, porque significa cambiar la vida pecaminosa que lleva, a la que muchos están encadenados, cadenas que no las pueden romper.

Y aunque quisieran hacerlo por sí mismos no será posible, sus fuerzas son inútiles, solo con la ayuda de Dios se podrá liberar de esas cadenas, siendo de gran ayuda la oración y penitencia; en otros la apatía frena toda acción.

El padre de familia se alegra y agradece las muestras de cariño y respeto del hijo; Dios Nuestro Señor se goza cuando el pecador vuelve como oveja perdida, se goza cuando reconoce el pecador su error y se arrepiente. El amor de Dios se agiganta aún más, porque el alma que antes fue mala, hoy ve en su corazón el deseo de ser buena.

Esta conducta en todo Padre es gozo sin fin, en Dios lo es más, pues si ese hijo fue infiel que ofendió su divinidad pero contrito se humilla suplicando ser admitido en Cristo Nuestro Señor, el gozo no solamente es del Padre, sino del Cielo en pleno.

 

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicaciones Graficas Rafime S. de R. L. (JMB)