Jesús revela su muerte y resurrección

Antonio Fernández.- Cuando se acerca la hora en que el Señor habrá de entregarse a sus enemigos para cumplir la obra de redención encomendada por Dios su Padre, habló con sus discípulos de su partida. No debían estar sorprendidos de que vuelva a referirse a ello, pues en tres ocasiones la conocieron de sus divinos labios.

Busca Jesús consolarlos, confortarlos y animarles, pero como veremos era más su dolor que escuchar su palabra profética, decimos esto porque los discípulos eran conscientes de que cuando su Señor hablaba, su palabra se convertía en verdad, lo cual conocían de su divino Maestro, pero en ese momento estaba borrado de su mente y corazón.

Jesucristo Nuestro Señor nos presenta en este pasaje, cómo la tribulación es una tentación que pone una cortina negra en los sentidos de la persona, la lleva a un punto de confusión, de no reaccionar a la explicación en este caso de su Maestro que los orienta, cuida y protege.

Son muchas las cosas que ha velado por ellos, por eso cuando el Señor se dispone a continuar su obra redentora, se presenta esta situación confusa en sus discípulos.

No nos alarmemos, así es la conducta humana, cuando un hijo muere o alguno de sus padres, o pariente o amistad muy cercana, se desborda el natural sentimiento de dolor, desesperación por su partida, la pregunta es ¿Qué será de mí sin él?

La madre casi muere por la muerte del hijo (a) o esposo, en fin, conocemos las reacciones de dolor, pena y angustia, mas hay una cosa común a todos los que sufren, a todos los que viven este cuadro de agobio como los que están presentes, todos son contagiados de ese desconsuelo.

Es la misma situación que conoceremos de los discípulos a la comunicación del Señor sobre su muerte y resurrección en la que no creen, pues volviendo al cuadro anterior, hablar en ese momento de que murió pero resucitará el difunto en cuestión, será recibir insultos y hasta golpes de los presentes.

Los discípulos perdidos en tristeza, dice el Evangelio: “Se contristaron”… Esto es, su tristeza era inimaginable, no creen en la palabra de su Maestro como lo veremos, eso mismo pasa con los familiares y parientes del que ha fallecido.

No se cree, y por lo tanto sea en el velatorio o en casa, nadie reza; hay velorios que se convierten en charla de café, en momento de negocios, en comentarios de viajes, de fiestas o compra de autos, ropa, próximos viajes, en fin de todo, menos de la necesidad de oración que en ese momento es urgente para quien ha fallecido.

Necesita mucha oración, celebrar la Santa Misa, pero los suyos y los cercanos están tristes, no saben qué hacer, esto tiene semejanza a los discípulos creyendo que su Maestro siempre dice verdad, no la quieren escuchar.

Así los que asisten al velorio saben la necesidad de rezar por el alma, pero negligentes prefieren gozar el momento de reunión en la funeraria o en la casa del difunto, se cree por encimita.

Dijo Jesucristo Nuestro Señor a sus discípulos: “Un poco de tiempo y ya no me veréis: y de nuevo un poco, y me volveréis a ver, porque me voy al Padre”… La claridad de sus palabras de ninguna manera esconden duda, entendamos, en ellas el Señor muestra su infinita misericordia.

A nosotros, miserables pecadores, es un recordatorio en el que nos profetiza las ausencias que habremos de experimentar cuando obramos contra su doctrina y mandamientos, ese alejamiento se suscitará muchas ocasiones en nuestra alma, que San Pablo refiere: “peregrinación fuera de Dios”…

Que parecen de esas noches sumamente oscuras en las que no se distingue nada, sí, pero para nuestro espíritu: “Entonces algunos de sus discípulos se dijeron unos a otros: ¿Qué es esto que nos dice: Un poco, y ya no me veréis: y de nuevo un poco, y me volveréis a ver y Me voy al Padre”…

Olvidaron que en tres ocasiones muy claras les habló de su muerte y resurrección, así nos pasa cuando escuchamos la palabra de Dios en la Santa Misa, no la escuchamos porque el pensamiento está en cosas triviales, distraídos en cosas banales.

Y fuera de la enseñanza del Divino Maestro: “Y decían: ¿Qué es este poco del que habla? No sabemos lo que quiere decir”… Por sí mismos en la Iglesia sacrílegamente hacemos de lado la voluntad de Dios, para que no se abran nuestros corazones a la esperanza que se nos da a conocer, o si concentrados en la explicación ponemos dudas se critica como imposible hacer lo que se pide. Al interior se critica: en eso el Sacerdote está mal, mejor me quedo como estoy.

Valoremos. A la Santa Misa vamos a aprender, vamos a escuchar lo que Dios pide y desea de nosotros; no hay mucha diferencia entre la duda de los discípulos y los que asisten a la Santa Misa a ponerse a ver si conviene o no la palabra de Dios.

Así es de inconcebible el seguidor del Señor, sus discípulos tenían una razón: el Señor anuncia su muerte y resurrección, pero como su fe era incipiente no entendían de su resurrección a pesar de escuchar decirlo de sus divinos labios.

Continuando: “Mas Jesús conoció que tenían deseo de interrogarlo, y les dijo: Os preguntáis entre vosotros qué significa lo que acabo de decir: Un poco, ya no me veréis, y de nuevo un poco, y me volveréis a ver. En verdad, en verdad os digo vosotros vais a llorar y gemir, mientras que el mundo se va a regocijar. Estaréis contristados, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo”…

Expone el Padre Alcuino de este pasaje: “Moralmente pueden estas palabras aplicarse a todos los cristianos (católicos) porque ellos reciben esta vida como un tiempo de prueba durante el cual se disponen para una eternidad gozosa; al contrario de los mundanos, ajenos del todo al pensamiento de la eternidad, no piensan sino en holgarse durante los días de la vida mortal”…

Educador y teólogo conocedor de la conducta humana, nos muestra en su lustración que así como en su tiempo (735-804) es la misma conducta del siglo XXI lo que puede ponernos a pensar que la humanidad sigue el mismo parámetro de conducta. Aunque realice extraordinarios progresos materiales, en lo espiritual está estancado, bueno será revisar nuestra vida y buscar mantenerse en el camino a Cristo Nuestro Señor.

Para mostrarnos que conoce el Señor el agobio que padecen sus discípulos, y a la posteridad de los tiempos en sus momentos de dolor, lo compara al instante en que la mujer da a luz un ser humano.

“La mujer, en el momento de dar a luz, tiene tristeza, porque su hora ha llegado, pero cuando su hijo ha nacido, no se acuerda más de su dolor, por el gozo de que ha nacido un hombre al mundo. Así también vosotros, tenéis ahora tristeza, pero Yo volveré a veros y entonces vuestro corazón se alegrará y nadie os podrá quitar vuestro gozo”…

Buena es la afirmación de la esperanza que su palabra Jesús nos entrega. Nadie va a poder quitar del alma y corazón en nuestro paso por el mundo, menos el gozo de vivir según Dios, como en la vida otra vivir con Dios.

Haciéndonos a la realidad que aspira el cristiano católico donde todo gozo que no sea gozo en Dios es fragilidad humana, gozo que se convierte en falso y pérfido que trastorna el alma: “En aquel día no me preguntaréis más sobre nada. En verdad, en verdad, os digo, lo que pidiereis al Padre, Él os lo dará en mi nombre”…

 

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