La Crítica

Candelario González Villa.- Desde el pasado 1 de diciembre inició el nuevo gobierno con la toma de posesión de la primera magistratura de la nación, pero también se inició el ataque frontal y sistemático contra el presidente de la República y el nuevo proyecto de nación, llamado también de la Cuarta Transformación.

Se trata de un ataque constante por parte de los partidos políticos, de las organizaciones empresariales, de un amplio sector religioso católico y de algunos medios de comunicación.

Pero también es necesario hacer mención de supuestos analistas aplaudidores de los personajes empoderados en los gobiernos anteriores. Analistas que no tienen valor civil para aceptar su protagonismo zalamero para beneficiar a la élite político empresarial, desviando y manipulando la información sobre el saqueo y despojo que se estaba cometiendo en contra de la nación.

Para fortuna del país, estos mal llamados analistas no representan al noble oficio del periodismo y mucho menos el conocimiento y método para ejercer el análisis sociopolítico y económico, pues su desempeño se reduce a ser voceros y cajas de resonancia de los poderes fácticos y de la clase política. No gozan de crédito ético moral en la sociedad, pero por fin, para beneplácito de los mexicanos, día a día pierden audiencia, así como credibilidad.

Con respecto a los “partidos políticos”, algunos de ellos en vías de extinción, sus programas hoy se reducen a la política contestataria, a la calumnia, al rumor y la simulación. El Partido Acción Nacional (PAN), más exactamente su cúpula nacional, representa en la actualidad el papel de ariete de la ultraderecha profascista y la de los magnates oligarcas del poder económico de la nación.

Es el PAN un partido perdido en su fundamentalismo doctrinario y en el coma inducido para evadir la realidad y no dar la cara para asumir su responsabilidad ante la debacle nacional, en contubernio con el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Con relación a los grupos empresariales, no será tarea fácil el integrarlos a la propuesta y programas del nuevo gobierno, pues están mal acostumbrados a ver al Estado-Gobierno como empleados suyos, pues si alguien se ha beneficiado con las políticas públicas implementadas han sido ellos.

Para muestra, podemos citar beneficios que los empresarios reciben por la vía gubernamental, tales como la condonación de impuestos, subrogación de servicios en áreas como educación, salud y servicios que son exclusivos del Estado-Gobierno. Además, su inclusión en los primeros círculos del poder estatal.

A partir del gobierno neoliberal de Carlos Salinas de Gortari, la rectoría del Estado pasó a manos de la iniciativa privada, pues en su sexenio se inició la cesión concesión de la actividad económica, además de las privatizaciones de la industria paraestatal.

¿Acaso no es ese suficiente pretexto para denostar al gobierno de Andrés Manuel López Obrador? No tienen un punto de partida para ofrecer a la sociedad una vida de justicia, un presente de bienestar. El nuevo gobierno no intenta despojarlos de sus negocios, solamente exige que cumplan con lo que marca la ley.

Para conocer sus verdaderas intenciones es necesario recurrir permanentemente a la ética y a la historia, al papel que los empresarios han jugado en el pasado y que nos debería obligar a no olvidar lo sucedido con el Fobaproa, a no pasar por alto las millonarias condonaciones de impuestos que han recibido y a no dejar de lado que han adquirido los bienes de la nación a precio de bazar.

¿Será el temor a la pérdida de privilegios o tal vez someterse al imperio de la ley?