Almacén de almas

Luis Ángel Muñoz Zúñiga.- En su libro “Almacén de almas” (1993), Alberto Cortez, anticipó su propio epitafio: “Cuando suceda… por favor, busquen a mi alma y díganle que he muerto”.

Él concebía que el alma de poeta, es como un canario, cuando la aprisionan no desespera, sigue cantando porque sabe que así tarde o temprano romperá los barrotes.

Alberto reunió en su almacén, entre otras, las almas de Jesús, Gandhi, Buñuel, Neruda, García Márquez, Vallejo, Cabral y Atahualpa. Cuando le preguntaban por la de Hitler, él respondía que era en vano buscarla porque Adolfo fue un desalmado.

“Callejero” era una de las canciones que más le pedíamos y resulta que nos la dejó escrita en su libro “Equipaje” (1986), pero transformada en un hermoso cuento que hace llorar a todo aquel que añore a su mascota.

En su libro “Soy un ser humano” (1985) está “La vejez”, entre otros poemas, donde anuncia que más que viejos seremos ancianos honorables, tranquilos y lo más probable, grandes decidores de consejos o si ocurre lo peor, nos apartarán de la sociedad, cortando nuestra últimas rosas.

En “Desde un rincón del alma” (1997), su libro de memorias, narra todos los avatares que afrontó desde que abandonó la universidad y salió de Argentina para cumplir su sueño.

Además del legado musical, nos dejó estos cuatro libros con su riqueza filosófica, evocadora, narrativa y poética, su otro gran talento, la literatura.

A los cantantes los apreciamos en conciertos o en las grabaciones. Pocos nos cuentan desde el escenario sus inspiraciones o reflexionan sobre los temas.

A Alberto Cortez siempre lo recordaremos como ese buen conversador.