El Panteón del Tepeyac (2ª y Última Parte)

Walter Schaefer.- En nuestro recorrido encontramos el suntuoso sepulcro de Sebastián Mier, Ministro olvidado hoy. Lo comisionó en vida, poniendo como condición a la entrega de un generoso donativo al predio, su ubicación en el centro geográfico del mismo, habiendo necesidad de reubicar algunas tumbas a fin de cumplimentar su petición.

Alfredo Chavero mereció en su inhumación la presencia del presidente Porfirio Díaz y la despedida fúnebre de Juan de Dios Peza, cuyo texto la historia ha perdido.

Totalmente inusual es el sepulcro de Ignacio Trigueros, fundador de la primera escuela para invidentes del país, ya que su estatua lo representa carente de la vista, cuando no lo era en realidad. En tanto recorríamos el sagrado enclave, mi asistente María Luisa, sensible desde siempre a energías de otros planos, nos indicaba los puntos de actividad energética ora fuerte, ora maligna.

El héroe Nicolás de Régules, informado por el enemigo que su familia sería ubicada en la primera línea de batalla enemiga a fin de ser los primeros en caer, decidió atacar. “La Patria es Primero”, pronunció, refiriéndose a México. Lo sublime del caso es que él era nativo de España.

La primera al ingreso por el acceso principal corresponde al Ingeniero Manuel María Contreras, matemático y funcionario de la entonces mediana Ciudad de México y responsable del trazo de sus calles principales.

El célebre Filomeno Mata, periodista y partidario de Porfirio Díaz, quien al final de su vida cambió en favor de Francisco I. Madero.

Lorenzo de la Hidalga es el ejemplo del arquitecto favorecido por los gobiernos, con el mal fario que prácticamente la totalidad de sus obras han desaparecido, excepto la cúpula de la Iglesia de Santa Teresa. Su propia residencia de descanso por Puente de Alvarado ya no existe, ni el Teatro de Santa Anna donde se estrenó nuestro Himno Nacional, así como el retablo del ciprés, el cual se incendió en Catedral, ni la Plaza del Volador -llamada así porque allí se representaba el ritual de los Voladores de Papantla-, la cual se quemó en varias ocasiones y finalmente fue demolida a fin de construir la suntuosa Suprema Corte de Justicia de la Nación. Ni tan siquiera sobrevivió el Zócalo con su diseño, el cual incluía una columna a la Independencia de México.

Impresionante fue la lectura del epitafio del poeta Xavier Villaurrutia, presumiblemente en suicidio por su orientación sexual sin propia aceptación: “Dicen que he muerto, no moriré jamás. Estoy despierto”.

El sepulcro de Ángel María de Iturbide, primogénito de Agustín de Iturbide y por tanto heredero al trono de nuestro país, mora en un sitio olvidado al igual que lo fue su vida. Es imposible llegar a él, ya que maleza y monumentos en trozos impiden ni tan siquiera vislumbrarlo.

Muy interesante es la historia de Luis Segura Vilchis, autor intelectual del fallido intento de asesinato de Álvaro Obregón. El artefacto explosivo no causó el efecto deseado y el hombre, cercano al sitio, llegó a conversar con el presidente, ya que eran conocidos cercanos.

Obregón, en contubernio con Plutarco Elías Calles, aprovechó la ocasión para culpar a los hermanos Pro, incluso al notable eclesiástico Miguel Agustín, y maniobró de tal forma que dos de ellos fueron condenados a muerte.

Segura Vilchis, en un intento por evitar el sacrificio de inocentes, confesó su culpa, ante el asombro de Obregón que recordaba haber incluso conversado con él en el lugar. El ingeniero confirmó ser el autor, fue fusilado y aun así no salvó a los hermanos, ya que había consigna en la cúpula política de deshacerse de ellos.

Y finalmente otro sepulcro anecdótico, el de Miguel López, el militar que traicionó a Maximiliano en la batalla final en Querétaro. Bien sabido es que aún en la actualidad los queretanos aprecian al emperador, considerándolo lo que en realidad fue: una víctima de todos y de las circunstancias.

Pues bien, en aquel entonces el aprecio era aún mayor, por lo que el traidor vivió el resto de su vida entre insultos y humillaciones. Al morir se temía con justa razón que su sepulcro fuese vandalizado, por lo que su sitio de inhumación fue secreto y solo se grabaron en monograma las iniciales LM sobrepuestas, de tal forma que ni tan siquiera fuera evidente cuál correspondía al primer nombre.

Walter Schaefer. Ciudad Juárez, México 1967. Integrante del Colectivo Lorca. Abogado y coleccionista de arte. Columnista Periódico HOY. Colaborador revista de circulación internacional Archipiélago. Autor de los libros “Puente sobre el Abismo”, “Dante, una Mirada a Otro Mundo”, “La fuerza de la Unión” y “El Sacerdote del Silencio.