A Dios no se tienta, se confía en Él

Antonio Fernández.- ¿Acaso nos damos por enterados de cuántas veces nos controla con sutileza la tentación en un día? Creo que no nos enteramos, porque a esta tentación del diablo, se le ha permitido que con sutileza introduzca sus intenciones al interior de nuestros sentidos.

Y como no se le hace frente para rechazarle, sigue adelante sin tener obstáculo, percibe que tampoco se busca la manera de detenerle, pareciera fuera parte en la rutina de la vida diaria en la persona, así conviene al tentador, que no se sienta ni se vea el mal que causa su penetración.

Ahora bien, no vayamos a buscar lo que la tentación obra un día en la persona, vamos a pensar en las inclinaciones que ésta maneja en los sentidos corporales durante una hora, de donde podremos comprender lo que sucede en el tiempo de un día.

La persona despierta, no se levanta inmediatamente, se queda acostada, es cuando la tentación aparece en el pensamiento, se sabe lo que sucede, atraído por la pereza que tolera en ese tiempo en cama entre si me levanto o no, trabaja la mente no en ideas buenas sino en los malos pensamientos y acciones que ahí ocurren dañinos para el alma y el cuerpo.

Ya puesto en pie, la mente continúa la tentación en todo lo que hace; no saluda a sus padres y hermanos, esposa e hijos lo ven molesto sin entender la causa, nada dulce y confortante sale a la calle dispuesto a gritar, a maldecir y a blasfemar por cualquier cosa.

Todo es un pretexto para quedar su “yo” satisfecho, y decimos: “la tentación ha obrado en esa persona”, pasa la vista por el Crucifijo de casa o imagen de un Santo sintiendo el peso de su mirada en la conciencia, se retrae en hacer la señal de la cruz o dirigir una oración o palabra.

La tentación ordena no hacerlo, y no lo hace, entonces no hay oración, no hay gracias, no hay el pedir un buen día, menos ofrecer las actividades a Dios justificándose en el “se me hace tarde para eso”…

Salió de su casa perturbado, así quiere la tentación tenerle para que el diablo le ponga en su camino mayor incitación y oportunidad de hacer lo que en su mente guarda; molesto porque ya es tarde va contra todas las personas que encuentra, sea porque caminan despacio o estorban su paso, las ofende de palabra y pensamiento.

Si va manejando su auto lanza diatribas, retos y maldiciones contra los demás porque se le atraviesan sin precaución, acelera echando el auto a otros y cuando lo detiene el tráfico por alguna causa toca persistente el claxon, no le importa molestar a los demás, gozándose en ello; lo que se da a conocer no es ninguna exageración, es la realidad diaria.

¿Cuántas tentaciones se convirtieron en hechos en tan solo unos minutos de salir de casa, más los que en ella se hicieron? Mejor no pongamos número a las tentaciones de una hora

Bien es tener presente, Dios permite que todo ser humano sea tentado, pero nunca por encima de su capacidad de resistencia, lo da a conocer San Pablo: “Dios es fiel y no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que aun junto a la tentación prepara la salida, para que podáis sobrellevarla”…

En ello muchos justificándose de sus actos no admiten la realidad de las palabras del Apóstol de los gentiles y malamente se atreven a decir: Si Dios nos ama tanto, ¿por qué permite que seamos tentados? ¿Entonces quiere que me pierda?…

Incrédulos piensan sin conocimiento de la doctrina de Cristo Nuestro Señor y de los Santos Evangelios, por eso se invita a recapacitar de su error valorando el bien que muestra el Apóstol Santiago: “Nadie cuando es tentado diga: Es Dios quien me tienta. Porque Dios, no pudiendo ser tentado al mal, no tienta Él tampoco a nadie”…

¿Y por qué lo tienta al mal? Porque Dios tienta el bien del alma, dijo Cristo Nuestro Señor: “Mi yugo es excelente; y mi carga liviana”… El bien positivo que ofrece el Señor, el pecador no quiere recibirlo, el mal le atrae más.

Jesucristo Nuestro Señor nunca cesará de buscar con tenacidad divina la salvación de las almas, entre ellas la del incrédulo que expresa sus perversas desviaciones, porque Dios es la fuente infinita de todo bien.

San Agustín pide meditar en la misericordia del Señor: “Por tanto, cuando tú soportas las incomodidades de este mundo, sea por medio de los hombres, o de forma oculta por sí mismo como hizo con Job, sé fuerte y sé sufrido; habitarás bajo el amparo del Altísimo como dice este salmo. Pues si te apartas de la ayuda del Altísimo, no pudiendo valerte por ti mismo, caerás”…

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Más en esta categoría: « En la Hoguera Pederastia »