Primera andanada

Jorge Faljo.- Cuando una de las antiguas fragatas, o buque de guerra, disparaba en preparación para un combate, esa primera andanada era con balas de salva y servía para calentar sus cañones. Era también una demostración de su potencia.

El cambio de perspectiva de estable a negativa que hizo Standard & Poor’s sobre la calificación crediticia del gobierno de México, de Pemex y de otras 89 empresas constituye el mayor desafío en el horizonte de la 4T, la cuarta transformación. Tanto que obligará a una reorientación que puede darse hacia la moderación o, por el contrario, hacia la profundización del cambio.

Standard & Poor’s -S&P- es, con Fitch y Moody’s, una de las tres principales agencias calificadoras de crédito en el mundo. Prestan un servicio fundamental a los grandes capitales financieros al evaluar el riesgo que representa la inversión en países, entidades financieras o empresas y emisiones de deuda específicas.

Sus incapacidades y sesgos han sido evidentes en el pasado. Fallaron en predecir algunas catástrofes financieras de grandes corporativos o, por ejemplo, la Gran Recesión del 2008 – 2010. No obstante, siguen siendo la principal guía en materia de inversiones.

Lo más importante para un inversionista, además de cobrar un interés, es tener la seguridad de que recobrará el capital invertido. Un cambio en la calificación de riesgo modifica la disposición a prestar de los inversionistas; si la calificación baja implica que el riesgo es mayor y exigirán un mayor pago; es decir una tasa de interés más alta.

Cuando S&P coloca en perspectiva negativa al gobierno, a Pemex y a otras casi 90 entidades, no alude a problemas puntuales de cada una, sino a un riesgo que podría verse como sistémico; todos serán afectados por los mismos factores.

A todos pegará un menor ritmo de crecimiento económico que ahora se calcula entre 1.5 y 2 por ciento. La perspectiva de un menor crecimiento global y norteamericano; más el riesgo de guerras comerciales inducen al pesimismo.

En México la transición parece crear dudas que desalientan la inversión y por otro lado la política de austeridad en el gasto corriente estaría impactando el consumo de los despedidos, también de los que ganan menos y de los que se sienten en riesgo.

Un menor crecimiento afectará la captación de impuestos y reducirá el papel dinamizador de la economía del gasto público.

Si a lo anterior se suma una baja de calificación crediticia el resultado será que vamos a tener que pagar un mayor interés sobre la deuda acumulada; lo que reducirá aún más el gasto público; el social, el de inversión y el corriente (salarios).

El incremento del riesgo en el gobierno y en Pemex es también visto como riesgo para sus acreedores y para las empresas cuya existencia depende de contratos públicos. Por eso la advertencia es sistémica.

Aquí conviene hacer algunas consideraciones sobre la 4T. El eje de esta propuesta es el combate a la corrupción y sus mecanismos más evidentes: el aeropuerto faraónico, las grandes compras amañadas, los contratos leoninos, las licitaciones petroleras.

Abatir la corrupción permitiría contar con recursos para pagar el otro gran eje de la 4T: elevar las transferencias sociales a grupos vulnerables: tercera edad, mujeres, jóvenes, niños, campesinos. Al mismo tiempo permitiría realizar inversiones sustanciales.

Sin embargo, está en duda que sea sencillo abatir la corrupción y que de ahí vayan a surgir recursos suficientes. Tal vez por ello la insistencia en una austeridad centrada en la disminución de salarios y personal público. Sin embargo, esto impacta a la clase media y hay señales, anecdóticas aún, de que se puede traducir en trabajo a desgano.

Lo que de momento no planteó la 4T fue la alteración de los grandes ejes del modelo anterior: No se propone que el Banco de México incluya entre sus objetivos los de crecimiento y empleo, como en los Estados Unidos, o el de una paridad competitiva, como en China.

Se hace un compromiso virtual con la defensa del peso fuerte y la atracción de capitales; se da el espaldarazo a un nuevo tratado de libre comercio similar al anterior sin salvaguardas para el desarrollo rural o una política industrial; no habrá nuevos impuestos durante tres años.

No se podría hacer todo a la vez y hay que empezar por la demanda popular más sentida. Pero esta estrategia sufre ahora una andanada en su calificación crediticia que, de hacerse efectiva, elevará el costo del endeudamiento acumulado y dará al traste con la estrategia social y de inversión. Frente a ello solo hay dos opciones.

Una es recuperar la confianza de los grandes inversionistas mexicanos y extranjeros. Volver a confiar en el mercado como el mecanismo que nos sacará adelante con inversiones, crecimiento y, tal vez, alguito de empleo. Atender las inquietudes del sector privado, entre ellas moderar el gasto público, desalentar las huelgas y contener los salarios. Es decir, regresar al modelo de los últimos 36 años. Esto sería inaceptable para los que votaron por el cambio.

La segunda opción es avanzar más rápido en la cuarta transformación. El eje del problema es la debilidad financiera y el riesgo de insolvencia del sector público. Aquí es necesario romper la cuerda que nos atrapa por lo más delgado. Hay que solucionar esa debilidad incumpliendo una promesa: hay que elevar los impuestos sin debilitar la demanda.

México es un paraíso fiscal con una captación impositiva inferior al 17 por ciento, menos de la mitad que el promedio de los países de la OCDE. Las grandes empresas y el sector de muy altos ingresos no están aportando lo que debieran. Los ingresos de Pemex permitían no cobrar impuestos a los grandotes; pero eso ya se acabó.

Hay otras medidas salvadoras. Contamos con un gran potencial productivo disperso que ha sido inutilizado por una modernización mal entendida. Debemos crear las condiciones para reactivar estas capacidades dormidas, pero no destruidas.

Requerimos estrategias de producción alimentaria e industrial que aborden explícitamente la sustitución de importaciones. Lo requiere el bienestar popular y la seguridad nacional.

La respuesta a las calificadoras es avanzar en la transformación.

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